9 may 2010

"A pesar del vértigo, seguimos soñando"


Esta entrada no pretende describir una noche especial. Esta entrada no pretende sólo hablar bien de alguien que es conocido y admirado por varias generaciones en un país. Esta entrada es más que eso, es una historia. Esta entrada es el reencuentro con alguien a quien, sin verle, siempre guardé dentro de mí.

No tenía ni diez años la primera vez que dejé de lado el juego para dejarme llevar por su voz. A mi padre siempre le gustó escuchar a sus cantautores favoritos cuando íbamos de viaje rumbo a Andalucía. Era pequeña y, aunque no me había enfrentado todavía al amor y a sus trampas -ni tampoco a la nostalgia o a la melancolía-, me sentía extrañamente atraída por esas canciones que, según creía, me llegaban de parte de unos hombres especiales pero muy tristes. Sí, aquellos cantautores dejaron huella en mi memoria y sus notas regresaron a mí, inmensas y plenas, cuando llegó el momento de dotar mi día a día adolescente de sentido. Aute, Pedro Guerra, Serrat, Sabina... Eran todos grandes genios, todos reyes de la música y su arte. Sin embargo, hubo una voz que tal vez por su profundidad, por su cadencia o por su color azul poesía, llamó a la puerta de mi corazón para quedarse dentro de por vida. Era él, Ismael Serrano, el dueño de una poesía que empezó a formar parte cada vez con más intensidad de mis noches y mis días.

Mi mundo -ese mundo que creía ideal y pequeño- comenzó a desangrarse y a expandirse entre los golpes y las victorias de la vida. El amor, la política y la rebeldía hicieron de mí una soñadora con bellos ideales que la música de Ismael, en cada viaje en tren, me repetía. Empecé la facultad y me creí en medio de aquel mayo del 68 , o escapando de la guerra y el fascismo. Otras veces, acompañaba en Buenos Aires a las Abuelas de pañuelo blanco y vivía encuentros con Ernesto Che Guevara y otros luchadores vencidos. El metro dejó de ser un sinsabor para convertirse en ese escenario idealizado de mis mañanas, cuando antes de ir a clase de sociología escuchaba a Ismael susurrando en mi oído su tema "Recuerdo". Y así me sentía, como la protagonista de su canción... la chica más triste de la ciudad que escapaba de la lluvia cobijada en una cazadora de cuero.
El amor imposible dejó de ser para mí una utopía; Ismael me recordaba que, entre un diputado y una niña, la historia más enigmática podía ser posible entre sus acordes. La tristeza, la soledad, la rutina, un amante perdido... Cerrara mi puerta o abriera mi ventana, en secreto y con voz baja Ismael me abrazaba y, con lágrimas bailando entre sus letras, yo me perdía con los ojos cerrados.
Así han pasado los años, los meses, mi vida. Así, y de muchas otras formas, Ismael ha sido testigo de mis hallazgos, de mis pasiones y heridas: tardes lluviosas dentro de un coche negro junto a un príncipe, besos y vuelos que traspasan las paredes y las camas... Ismael estaba allí, espiándome como un silencioso testigo tras los secretos que se esconden bajo las aceras y las sábanas. Ismael conocía mi ánimo y compartía conmigo cada etapa -alegre o triste-, cada caricia, cada recuerdo, cada mirada nostálgica o enamorada...

Mi corazón bombeaba intentado contenerse. La suerte es costosa y efímera porque la esperas por mucho tiempo y, al final, cuando aparece se escapa rápido... Sin embargo sucede que, a veces, sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio. Se abrió una puerta oculta y, ante mis ojos, aquella parte de mi vida preservada tanto tiempo como un tesoro cobraba forma e inundaba mis pupilas.
Unos ojos castaños y profundos me conmovieron hasta estremecerme. Una sonrisa tímida, teñida de calor y humildad, me hablaba con esa voz inconfundible de tantos años: "Azahara, a pesar del vértigo, seguimos soñando". Mis brazos intentaron congelar el maldito tiempo cuando los suyos me abrazaban. Unos años reducidos a ese instante; una historia que, al fin, ponía cara a cara a dos cómplices que sin necesidad de presentaciones ya se conocían. Y, en aquel primer abrazo, mi corazón le daba la gracias.
No necesitamos más palabras que una lista de frases simples y sencillas, cargadas sin embargo de luz y de esperanza. Eran más que canciones, más que música o poesía. La noche debilita los corazones, pero con una mirada brindamos por nuestros sueños y nuestras derrotas. La tinta de un rotulador que, educadamente, pidió: "Alguien tiene un boli?". Sentía mil pájaros anidando en mi cabeza cuando, mientras se derramaba mi miedo a la despedida, su mirada volvió enigmática y tranquila. Volví a sentirle cerca, muy cerca, mientras volvía a deshacerme en aquel abrazo. Soñando con mundos mejores y luces de faros que nunca se apagan, mis ojos retuvieron la última imagen de ese hombre triste (no me equivocaba de pequeña) antes de volver a emprender mi camino.

Juntos, entre aplausos y lágrimas, nos acordamos de vivir. Vino a recordarme que no es tan malo crecer, aunque puede doler vivir, porque cada día el mundo amanece en él y por tanto también en mí. Vendrá el futuro a vernos, alguien escribirá un saludo de paz y los pájaros volarán con las alas más abiertas que nunca. Nos miramos y supimos que, cuando sintamos miedo al futuro, alguien nos estará buscando para que el mañana incierto sea más real, más igual, más limpio y justo. La cita terminó como empezaba, entre el sabor de la emoción y la alegría desatada. El vértigo nos recordó que nuestros sueños son ese alimento de vida cuando el mundo sólo es ruido y la injusticia una amenaza.

No tenía ni diez años la primera vez que dejé de lado el juego en el que estaba inmersa para dejarme llevar por su voz. Sucede que, a veces, sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio. Se abrió una puerta oculta y, ante mis ojos, aquella parte de mi vida preservada tanto tiempo como un tesoro, cobraba forma e inundaba mis pupilas. Unos ojos castaños y profundos me conmovieron hasta estremecerme. Una sonrisa tímida teñida de calor y humildad me hablaba con esa estrella inconfundible de tantos años: "Azahara, a pesar del vértigo, seguimos soñando".
Mi corazón te dio las gracias.


1 comentario:

  1. No tenía ni diez años la primera vez que dejé de lado el juego en el que estaba inmersa para dejarme llevar por su voz. A mi padre siempre le gustó escuchar a sus cantautores favoritos cuando íbamos de viaje rumbo a Andalucía. Era pequeña y, aunque no me había enfrentado todavía al amor y a sus trampas, ni tampoco a la nostalgia o a la melancolía, me sentía extrañamente atraída por esas canciones que, según creía, me llegaban de parte de unos hombres especiales pero muy tristes. Sí, aquellos cantautores dejaron huella en mi memoria y sus notas regresaron a mí, inmensas y plenas, cuando llegó el momento de dotar mi día a día adolescente de sentido.

    http://www.youtube.com/watch?v=FY7ANbF4o9E&feature=related

    ResponderEliminar