24 abr. 2018

La vida imposible


Hay noches que duran años.

Aunque tengan cuatro horas,

dos minutos,

o un segundo,

en un vaso de ginebra

me he bebido el mes de abril.


Amarnos sin amarrarnos,

besarnos sin escondernos,

leernos sin acabarnos,

mirarnos para escribir.


Qué primavera sin flores.

No te rías si hoy te digo

que he cambiado mi destino

para no escapar de ti.


Secretos, dinero, piernas.

No sé qué tendrán las otras,

pero esta broma macabra

no me deja ni dormir.


Mi cama, esa sala de espera

por donde la sombra de tus ecos

pasa a tientas y mi boca

mastica dibujos de ti.


Esta ha sido nuestra historia.




29 mar. 2018

Donde todo empieza


Creo que los bares 
se deben abrir
para cerrar las heridas.

(Fito)



Hoy volveré al lugar donde todo empieza.

Mi mente se ha despertado con un enredo de pájaros.

Solo trato de sobrevivir a esta locura que es la vida.

Quiero dejarme llevar.


Hoy volveré al lugar donde todo empieza.

Aparecerás, imprevisible, por cualquier calle.

Llevarás en las manos unas redes de pescar

para sortear este mar contaminado de recuerdos.


Sentada en la barra del bar donde soñamos

mientras me aguanten los huesos y el alcohol

te quiero seguir mirando.


Acabaré buscando versos

en el fondo de mi vaso.

¿Qué más da si estoy así?

Déjame sangrar despacio.


Cojo una servilleta para intentar escribir, pero el papel es débil.

Todas las palabras que te quiero decir se me rompen enseguida.







17 ene. 2017

La maravilla de tu cuerpo


Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo
sin el alma de tu cuerpo,
sin tu latido.

(Aute)




No guardo recuerdos más claros que tu cuerpo.
Cuidadosamente lo dibujo, con los ojos llenos de lágrimas,
con una maraña de cristales en mis ojos.

De ti no sé nada. ¿Dónde estará ese templo perfecto?

No es una persona ni una cara lo que amo.
Es la imagen de un cuerpo (tu cuerpo) en la que entre sueños me veo arder.

Recorro el parque de la música. Rebusco en los rincones.
Vuelvo a leer nuestras mil y una noches.
Rozo las viejas paredes de cal, tan frías, tan familiares.
Dos iniciales con pintalabios granate. Dos idénticas iniciales.

Como un niño en día de feria, entre gitanas y luces,
como quien descubre la teoría heliocéntrica,
subías con prisa hasta la plaza.

La piel blanca, las marcas del acné pueril.
La carne temblorosa como un aleteo de esperanza.

Muchos años después te invoco joven y enigmático sobre tus piernas.
Sonaban los ecos de los ladridos nocturnos.
Nos sorprendía la brisa de la madrugada de agosto.
Se enfriaba el agua en la piscina.
El césped se convertía en el colchón más blando.

No lloro recuerdos más exactos que tu cuerpo.
Venías sigiloso por la esquina, desde la carretera.
Bailábamos felices en mitad de la verbena.

Inútilmente llenaría mil hojas describiendo la belleza de tus manos.
¡Ay, aquellos dedos creados por la locura! ¡Oh, la solemnidad del mármol en tu estómago tallado!
¡Oh, la exactitud de tu perfil de estatua griega!

Por los jardines y solares adivinaba tu olor.
Los gatos nos miraban salir a tientas del garaje.
Las cajas de botellines en la puerta del bar.
Millones de estrellitas chocando en la lluvia estival.

¡Ay, la fugacidad de aquellos encuentros torpes!
¡Oh, la sal de tu cuerpo adorable sobre mi boca suave!

No sufro recuerdos más vivos que tu cuerpo.
Trato de enterrar su cadáver, pero regresa a paso lento.

Etrusco de piedra y sin vello. Brazos donde quedarse a dormir.
En las raíces de tus venas toda la sangre de mi corazón adolescente.

Pero yo te necesitaba así, te quería así:
fui allí para encontrarte, para recuperarme en tu mirada.
Escondidos todavía nos observo y nos escucho reír.

Hay personas que se aferran a un nombre (Fernando, Eduardo, Manuel).
Yo recuerdo un pajarillo inquieto en tus rodilas al que también quería.
Tú nunca supiste (o eso decías) conocerme.

Hay quien se enamora de palabras.
Nuestras promesas sólo fueron carne de papel.

Yo vivo encadenada a un cuerpo sin dueño, sin cara, sin él.
Es la imagen de un desnudo digno, venerable, exquisito.
Un recuerdo precioso, intocable y, por qué no, cruel.

Cada noche a altas horas se despiertan mis labios.
Cada mañana se rasgan y se queman por la misma sed.
Entonces me levanto de la cama.
Me persigue todo el día un enfado insoportable.


12 ene. 2017

So long, Leonard


Like a bird on the wire,
Like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free.



Esta noche hay una fiesta sorpresa en la azotea del Chelsea Hotel.
Una larga mesa en la que cuelgan manteles bohemios se extiende entre cojines bordados, ceniceros, botellas de vino tinto y guitarras.
A un lado, Suzzane con su famoso chubasquero azul. Al otro, la cautivadora y siempre rubia Marianne. La electricidad es cada vez más tensa en su duelo de miradas.

El horno emite un chillido y el reloj de cuerda marca las nueve. Llaman a la puerta. El melancólico señor del sombrero negro y aire gipsy está a punto de entrar. Algo le dice que le estaban esperando.

Bowie, Prince, Lorca, Joplin, Michael y otros enigmáticos invitados se frotan las manos ante la emoción de tal esperado reencuentro. Quedaron muchas preguntas por responder.

Los dos ángeles que hace décadas protagonizaban aquella polémica portada vuelan desnudos sobre la terraza y, mientras levantan sus trompetas con alegría, pasean sus sexos con entusiasmo y sin pudor.

En el cielo no hay censura.





13 abr. 2016

Ítaca

Emprendió su viaje (llevaba años preparando su maleta, aunque yo aún no lo sabía) una noche de abril. La cena se quedó fría en la fiambrera que dejó en la cocina. Su smartphone fue testigo de aquella larga, traicionera (y quizás definitiva) conversación. Tras los cristales, en el aire de Barcelona se respiraba la tragedia. La una, las dos, las tres. Con aquel salto al vacío la mañana nos despertó como un temblor.

La partida fue tan impredecible como ella. No pudimos despedirnos. No dejó notas, no puso un trocito de papel en la nevera, nada. Siempre fue un pajarillo impulsivo y volátil. Por eso y, pese a todo, la perdoné.

Cuando salió el sol a mí con la noticia se me apagaron las estrellas. Pero ella, aparentemente tan fría y tan quieta tras el cristal, ya había llegado. Sabía que en su isla alguien la estaba esperando. Partió con una margarita blanca en el pelo, con Neferititi tatuada y un ramo de violetas en las manos. Cuando la vieron llegar, ante su faro las sirenas la recibieron con su canto.

En su casa, Ulises, Homero, Martina, Nerón, Maya y sus princesas lloraron huérfanos. Yo me quedé en blanco y negro al colgar aquel teléfono.

Desde el día en que nació su destino estaba claro. Era la calma disfrazada de tormenta, era el invierno y el verano. Todavía la busco y creo que la veo con los ojos cerrados.

Sonríe en la pista, baila y mueve el negro pelo. La miro con nostalgia y una palabra resuena sempiterna en sus labios. Ella me seca las lágrimas y la repite una y otra vez: Ítaca, Ítaca, Ítaca.

Yo, para cerrar esta herida, le pido que me devuelva aquellas canciones felices.

Aora escribo poco y casi siempre letras tristes.


Futuro presente


Me da pena pensar que algún día querré ver
de nuevo este espacio, tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden
que pueda volver a encontrarme.

(José Hierro)


Ahora que el presente es difuso y el futuro me aterra,
busco la vida que al dejarte perdí y contradigo al poeta.

¡Ay de mi niñez! Ya no es fábula de fuentes.
Las noches son oscuras y escucho crujir mis dientes.

Ahora que mis pasos se tropiezan con la niebla
busco tu risa en su boca, busco tu calor en su piedra.

La alegría la pensé en un recuerdo que se aleja.
El destino lo advertí en otros ojos y en tus tierras.

Serás la mujer de la casa y los hijos te quitarán la pena.
Lo importante ─decían─ es la estabilidad, ganar dinero.

Serás una mujer resignada, madura, serena.
Cierro las ventanas de mi día y aún me creo que te espero.

¡Ay de mi niñez! Ya no es fábula de fuentes.

¡Ay de mi verano! Hoy te busco entre estas gentes.



1 dic. 2015

A un billete de ti


La sonrisa ancha, 
la lluvia en el pelo.
No importaba nada,
ibas a encontrarte con él.
Con él, con él, con él.
Son cinco minutos.
La vida es eterna 
en cinco minutos.

(Víctor Jara)



Ya no somos los mismos. Hemos tratado de convencernos, de reencarnarnos, de copiar vagamente lo que fuimos. Pero, aunque ciegos, las cosas ya no las vemos igual. Han pasado nueve años y el cuerpo no es lo único que cambia. 

Mi corazón era un volcán a punto de estallar con furia. Pasaban unos minutos de las cinco de la tarde. Oh, las cinco de la tarde. La hora de mi muerte en vida. El momento de la embestida. Un reencuentro. La pasión. Me temblaban las piernas y me escondí tras la pared. ¿Estaba preparada para volver a verle?

Llegó con una chaqueta de pana negra, con un jersey mostaza, con una cartera y el ardor en la piel. El rostro que tantas veces había besado sentía los estragos de los años, y eso lo embellecía. El chico tenía menos pelo y muchas más canas. Sin embargo, conservaba el atractivo de entonces: sus labios finos, sus dedos largos, su perfecta nariz, No pude evitar mi sonrisa de niña. Volví a aquel tiempo en que todo era posible y, casi siempre, amargamente feliz. 

Nuestro abrazo duró más que nuestra historia. Más que un milenio, más. Más que todas las promesas. Me emborraché de aquel olor que tanto había echado de menos. Aquel olor que me arrastraba y en el que me sentía arder. Los ojos se reencontraron. Nos sentimos piel a piel. Regresamos al infierno del dolor y del placer.

Ya no somos los mismos. Hemos tratado de escondernos en los rincones de un Madrid que se estremece, que nos acoge y sabe a metros, jardines, restaurantes y hotel. Un Madrid testigo de recuerdos. Un Madrid de silencios, de besos prohibidos y sueños robados. Un Madrid de noviembre que huele a Navidad anticipada. Un Madrid a veces claro y a veces gris. Un Madrid que se enternece y que recoge los trozos del futuro que perdimos.

Hay días en que no necesitamos más de cinco minutos para volver a vivir. A menudo la muerte se instala en nuestros huesos en forma de insípida rutina. Allí, entre luces, gentes y calles, el tiempo se detiene y, con sudor y sangre, los amores pelean por volver a nacer. Las personas se aferran al paisaje, a las hojas caídas, a los monumentos, a los escaparates. Sus deseos se visten de gala y salen en busca de suerte por última vez. Aunque lo pierdan todo.

El niño de campo ahora es un hombre. La niña de ciudad ahora es mujer. La memoria puede ser una amiga pero también una amante cruel. El sexo ya no sabe a castañas con chocolate. Los celos son pistolas cargadas para matar. El pasado pone las balas, y ahora el rencor las dispara.

Había una vez un parque con un lago y unos patos salvajes. Había también unas manos que heladas se entrelazaban. Él se declaró con ansiedad y de rodillas. Ella tenía que subir a un tren. La vida a menudo es amarga. Pero en su noria de sentimientos lo efímero puede ser maravilloso también.