30 abr 2013

Pensión compleja








Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo, que hoy nos vamos a poner moraos.



Y hablando de ponerse, vete acomodando, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para que no quieras mudarte ya más.

Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores; los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez.

El espacio es tan acogedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse incómodo, ni demasiado grande como para meter mentiras.

Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso.

El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón.

No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú.

Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve a entrar pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican ni los recambios.

Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitarán más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mías lo aguantan todo.

Para acabar, te he dejado todo lo que necesites. Para que disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión.

Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirte a mí. Y lo de dar explicaciones, déjalo para otros.

El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar, y que echas de menos, sobre todo al principio, alguna reforma en fachada y estructura.

Dime que tienes toda la vida, y voy pidiendo presupuestos. Dime que intentaremos toda una vida e iré encofrando mis nunca más. 

Pensión complejaRisto Mejide.



6 feb 2013

¿Dónde está mi héroe?







Mírame sin disfraces.
Mírame bien y con calma.
El maquillaje ya no oculta
las cicatrices de mi alma.

Yo no necesito fingir.
Nunca seré la mejor.
Déjame llorar, gritar, reír.
¿Podré confiar en el amor?

Viví el ansia de los encuentros.
Mordí los labios desconocidos.
Bésame fuerte, ámame lento.
No quiero bodas, no quiero ruidos.

Quiero un abrazo que me dé abrigo.

Probé las prisas en un portal.
Rocé con miedo la eternidad.
Rompí promesas, cual un cristal.
Sentí el deseo en su fugacidad.

Se me tragó el huracán
y ahora busco a mi héroe.

¿Dónde estará?

Conóceme como un amigo.
Desnúdame como un amante.
Quiero subir y caer contigo.
Quiero sentir tu voz de padre.

Sin más cuerdas que me aten.
Sin rutinas que me maten.





28 dic 2012

La residencia del olvido




Era la primera vez que entraba en una residencia de ancianos. Nunca tuve familiares en una. Me habían invitado a un concierto del coro de la localidad y no pensé que cuando saliera de aquel lugar algo escondido en un entresijo de mi ser habría cambiado para siempre. Y es que ya no regresé siendo la misma. Algo de mí murió en ese lugar y algo nació y se vino conmigo cuando salí por la puerta.

Eran las siete de la tarde y el viento soplaba con tanta rabia y tanta fuerza que los cristales de la residencia se estremecían. El concierto de Navidad estaba a punto de empezar y llegué con prisas. Intenté abrir la puerta, pero desde dentro me dijeron que tenía que esperar. Allí estaban. Dos ancianos altos y fuertes golpeaban el cristal de la puerta de entrada con sus manos grandes. Gritaban, pedían ayuda. Querían escapar. Una enfermera vino a llevárselos, pero ellos se oponían. Al fin me dejaron entrar y todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Sentía que me mareaba. No podía dejar de mirar a esos hombres. "No cerréis la puerta, que no la cierren", decían. Me quedé quieta unos segundos hasta que pude dejar esa visión atrás y preguntar dónde se celebraba el concierto. 

Entre voces y ecos, recorrí un pasillo largo parecido al de un hospital, pero también al de un hotel. Pasé por delante de muchas puertas y muchas ventanas. Todo brillaba nuevo y limpio. Llegué a una amplia sala donde habían colocado en varias filas a los ancianos, sentados en sus silla de ruedas. También había dos filas de asientos con algunos ancianos que aún se valían por sí mismos y familiares que venían a ver el concierto. Aunque tenían edades, pasados, enfermedades y nombres distintos, la mayoría de los ancianos compartía una misma cosa: su mirada. Era una mirada opaca, vacía, perdida, cristalina y cristalizada. Lejana. Vulnerable. Fría. Era una mirada que a mí me hizo llorar. 

El piano sonaba y el coro llenaba la estancia de luz y de vida, al menos por una tarde. Unos niños participaban con el coro y bailaban, cosa que hacía sonreír a algunos ancianos. A algunas ancianas las notas rescatadas del pasado les hicieron sonreír y batir palmas unos minutos. No recordaban su nombre, pero sí el estribillo de una canción. Otras intentaban cantar o simplemente gritaban. Un anciano trataba de salir de allí con su silla para luego volver enfadado. Era difícil que estuviesen todos atentos, todos quietos, todos juntos.

La vida es un soplo y en ese soplo viajan nuestros recuerdos, nuestros conocimientos, nuestros sentimientos, nuestro pasado, nuestra historia. Creemos guardarlo todo en esa cajita que todos tenemos en algún rincón de nuestra mente, pero tristemente hay ladrones que una noche llegan y nos dejan sin recuerdos. Para algunos el ladrón se llama Alzheimer, para otros simplemente es el vacío; es la nada. Mirando a esas personas tan pequeñas pero tan mayores a la vez, tan indefensas, sentí un terrible miedo al futuro y pánico a envejecer. ¿De qué sirve todo lo que he vivido, si un día, de repente, se borra? ¿Por qué luchar, leer o estudiar tanto si un día no sabré ni quién soy ni quién fui? Quise salir corriendo, pero no pude. Aquellas miradas, tristes pero serenas, me eclipsaron. Entonces pensé cómo habrían sido de jóvenes estos hombres y estas mujeres, qué habrían hecho, cuántos hijos tendrían... A algunos les acompañaba algún hijo, algún sobrino u otro familiar. Otros estaban solos. Muy solos. 

La Navidad se había instalado en el lugar y por una vez, con aquellas voces y aquellas canciones, la muerte y el olvido eran silenciadas. Un anciano simpático nos invitó a mi abuelo y a mí a ver su dormitorio. Parecía una habitación de hotel. Su cama y la de su mujer, ambas separadas por una mesita, estaban acompañadas por las fotos de sus hijos y nietos. Había fotos por todas partes. Recorrí la habitación y me di cuenta de que el aire desprendía olor a soledad: una soledad inevitable a pesar de esos rostros plasmados en las fotos. Allí habían juntado los dos sus objetos más queridos, sus fotos, su ropa, un resumen de su vida. Una vida larga que ahora cabe toda dentro de una habitación. Me sentí triste. Tuve lástima de mi abuelo, y de mi abuela, aunque aún estén fuertes y no hayan cumplido los setenta. Tuve miedo de mí misma y me vi allí perdida, mayor y sola, y quise llorar.

En la sala del concierto me reencontré con una conocida. Su madre, que cambió su bicicleta por una silla de ruedas, envejece y se oxida a una velocidad de vértigo. Sin embargo, mientras disfrutaba de la música nos confesó que estaba llena de vida. A pesar de su enfermedad. A pesar de la nieve de su pelo. A pesar de ese sabor a muerte que recorría los pasillos de aquel lugar.

Estamos llenos de vida. La vida misma con su fuerza nos empuja a continuar. Pero nuestra vida, sea larga o sea corta, algún día cabrá en una habitación, o en una urna de cristal. Por eso es importante vivirla bien, saborearla, digerirla. Aprender de lo malo y retener lo bueno. Vivirlo todo con ganas, en definitiva. Eso será lo que nos quede, aunque nuestros huesos se quiebren con el paso de los años y en nuestra mirada perdida sólo quede el olvido. 


3 nov 2012

Daiquiri blues





Fue la última noche.
La sala estaba repleta
y dormimos en tu coche.

Las paredes del Daiquiri
se derritieron con tu voz.
Aquella voz tan rota,
aquel sabor a ron.

Apretado a mi cintura
tarareabas nuestra canción.
Acaricié tus rizos negros
y me resbalé en el cuero
de tu ceñido pantalón.

Terciopelo en las cortinas
y en tu flor de la pasión.
La sonrisa de aquel barman
y el calor tras el rincón.

Eras el mito y la leyenda,
eras el ángel del rock n' roll.
Eras mi sangre, eras la tierra
donde planté mi roja flor.

Pero todo se acabó
una noche fría y sucia
cuando a lo lejos se oyó
aquel tiro seco y firme
que destrozó mi corazón.

Era la droga una muerte segura.
No volverías. Nadie te vio. 

Tenías celos de Jimi Hendrix,
de Jim Morrison, mi trovador.
Pero yo jamás sería de ellos,
yo me abrasaré con tu calor.

Aunque el hielo arda en tus labios
en el silencio de tu muerto corazón,
te esperaré en la barra del Daiquiri
hasta que regreses del abismo 
y con aquellos labios sabor a ron.

Hoy hay una foto en el Daiquiri Blues.
En blanco y negro somos eternos.
Hay sólo borrachos en el Daiquiri Blues.
Nadie canta y nadie sueña si no vuelves tú.






1 nov 2012

Pero estamos juntos



Regreso a casa con las manos vacías.
La mesa puesta, nuestra cena fría.
Siento la vergüenza, la precariedad.
¿La crisis de mi alma quién la pagará?

Son cenizas los sueños que dibujamos.
La ilusión se desvanece, ¿adónde vamos?
Podría trabajar de jardinero en la Luna
para darles a mis hijos la mejor de las fortunas.

Pero no sucederá.
Somos presos del sistema.
"La Casta" se enriquece
y a nosotros nos condena.
¿Qué nos queda?

Aún soy dueño de mi sino
tengo un sueño y lo persigo.
Su castigo me hace fuerte.
Lucharé hasta la muerte.

Por mis hijos, todo puedo.
Sin trabajo y sin dinero.
Sin mi coche, sin mi casa.
La desgracia es corta y pasa.

No me quitarán la belleza de mi novia
ni a mis hijos la inocencia y la victoria.
Mi famillia, el mayor de todos mis tesoros
es lo único que tengo, y hoy lo es todo.

Miramos al cielo, cogemos un avión.
Late como nunca nuestro pobre corazón.
Nos esperan, tras las gruesas nubes negras
al fin nuevos tiempos, nuevas promesas.
Quizás también nuevas guerras.

Pero estamos juntos.






25 oct 2012

En busca del hada






Un día llegará en que el dolor termine y la angustia se aleje para siempre de nuestros huesos. Habrá llovido y habré sufrido mucho. Pero habrá merecido la pena. Entonces, cuando todo termine, te tomaré en brazos y te estrecharé muy fuerte contra mi pecho. Acariciaré tu piel y admiraré tu pequeño y dulce rostro. Te miraré, y daré gracias llena de asombro. Disfrutaré de cada uno de tus gestos y tus sonidos. Te veré reír. Estaré contigo. Estarás conmigo. Y nadie podrá arrebatarme ese momento. Pase lo que pase, pequeña Ailée, estarás aquí, con tu falda de tul y tus zapatos adornados con campanitas. Llegará ese día de color naranja en que al tenerte entre mis brazos seré feliz. Me devolverás la vida que yo te regalaré a ti. 


Dime dónde y a quién iré
cuando me sienta triste,
solo.

Dime si te encontraré
en la luz del meteoro.

Todo es muerte, frío, aire.
Todo corta, amarga, arde.

¿Dónde estás y quién te esconde?

No sé bailar sin que me aten.
No sé reír sin que me odien.
No sé nadar sin que me ahoguen.

¿Estarás bajo aquel sauce?

Oigo pasos en el cajón
mientras te esfuerzas en brillar,
mi pequeña luciérnaga.

Déjame tocar tu falda de tul
y saltar con tus zapatos
adornados con campanitas.

Llévame hasta el final
de ese bosque en el que habitas.
Sueño con abrazarte, Ailée,
un día de lluvia limpia.

Pero sin descanso te busco
y sé que no puedo llegar
si no me ayudas.

¿Estarás bajo aquel sauce?

Acércame a ti, Ailée.
Dame tu pequeña mano.
No permitas que me rinda.






14 oct 2012

El árbol de la vida


Hay dos caminos que podemos seguir en la vida: el de la naturaleza, y el divino. Debemos elegir cuál vamos a seguir. Algún día caeremos, lloraremos y entenderemos todas las cosas. Guíanos, hasta el fin de los tiempos. Si no sabemos amar, nuestra vida pasará como un destello...







Existe un lugar en lo más profundo de nuestro ser donde todos, independientemente de nuestro origen, cultura y educación podemos vernos identificados con los demás. Es ahí, en ese pequeño espacio tan vulnerable como resistente, donde todos los seres humanos nos hacemos preguntas comunes. Desde que nos alcanza con sutileza el primer haz de luz después de nacer, un sinfín de sensaciones y sentimientos inexplicables nos atacan, nos conmueven, nos desconciertan. 

¿Por qué llegamos a este mundo, si no lo elegimos? ¿Por qué tuvimos que sufrir? ¿Por qué nuestro padre (u otra persona) nunca entendió cuánto daño nos hacía con su frialdad? ¿Por qué nuestra madre (u otra persona amada) no podrá quedarse eternamente a nuestro lado? ¿Por qué morimos? ¿Por qué la educación que recibimos puede hacernos tan esclavos como libres? ¿Por qué hay cosas que están mal? ¿Quién lo ha determinado todo? Estas preguntas son sólo una parte de esa incertidumbre que acampa a nuestro alrededor cada día de nuestras vidas. Entonces, pregunta a pregunta, nuestros pensamientos comienzan a enraizarse unos con otros. Algo nace y crece en nuestro interior mientras esbozamos a base de experiencias la silueta de un árbol. Algo nos mueve a tomar nuestro camino.

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Estabas entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las alabanzas de todos los hijos de Dios? 

Muchos nos hemos preguntado si existe un ser omnipotente y omnipresente capaz de adivinar nuestros pensamientos, capaz de evitar todas las desgracias y miserias humanas. Algunos hemos descubierto que la respuesta puede ser afirmativa, aunque las miserias que vivimos nos las hemos ganado a pulso nosotros mismos con nuestro egoísmo y nuestra extraña y a veces detestable naturaleza "humana". Otros han descubierto que quizás no hay ningún ser creador y que los propios elementos de la naturaleza son nuestros particulares dioses. Otros han afirmado que la naturaleza, sus procesos y sus maravillosas imágenes reafirman más si cabe la belleza de ese ser omnisciente. Sea como sea, si hubiese alguien capaz de mirar la humanidad con ojos llenos de humildad y misericordia, si hubiese alguien capaz de calmar o transformar nuestro dolor, ¿dónde estaría?

¿De dónde venimos? ¿Quién cuida de nosotros? ¿Por qué a veces nos sentimos tan solos y tan incomprendidos? ¿Qué podemos hacer para aprovechar el tiempo que tenemos en la Tierra y saborearlo al máximo junto a las personas que queremos? ¿Cómo curaremos las heridas del pasado? ¿Cuál es el camino correcto a seguir? ¿Por qué cuesta tanto perdonar?

En realidad, no se trata de elegir un camino correcto para dejar otro incorrecto: se trata de amar. El amor, en todas sus expresiones, es al fin el único remedio, la única medicina y la mayor enfermedad. Sólo amando encontraremos el sentido que quizás nadie nos puede dar, y el bálsamo que cure nuestras heridas más profundas. Sea cual sea nuestro origen. Sea cual sea nuestro presente. Sea cual sea nuestro futuro. Cada persona es libre de elegir con qué tipo de raíces afirmará al suelo el árbol de su vida. Pueden ser raíces de odio, pueden ser raíces de tristeza o de alegría. Sólo mediante el amor nuestro árbol será un árbol sano y sin prejuicios... un árbol capaz de perdonar, capaz de comprender, capaz de descansar el día que todo termine. Sea natural o divino nuestro suelo. Y entonces, sólo si hemos elegido el camino del amor, tendremos paz con nosotros mismos. Y tocaremos el Sol. 

De todo esto nos invita a reflexionar la película de Terrence Malik, El árbol de la vida. Se trata de un filme no apto para impacientes con pocas ganas de hacerse preguntas. Y es que esta película nos sorprende lentamente mientras saboreamos sus imágenes, sus sonidos, su drama y sus preguntas. En un viaje por la vida de un niño que crece planteándose las mismas cosas que cualquier ser humano. En mitad de una familia estadounidense de los cincuenta, nos encontramos con nosotros mismos. La película actúa a veces como un espejo que nos golpea con nuestra propia imagen, con nuestra propia infancia, con nuestro propio pasado y nuestro dolor. Entonces la mente se nos llena de dudas, de preguntas, de imágenes que parecían borrosas unos segundos atrás. Hacemos un recorrido por la existencia humana, por la vida de los tan distintos personajes, por su alma. Sin duda se trata de una película difícil de olvidar. Con su magia reímos, lloramos, nos estremecemos. Vemos a nuestra madre, a nuestro padre. Nos tropezamos con nuestras propias experiencias. Y es que es una de esas pocas películas que nos llenan hoy en día, que nos hacen disfrutar segundo a segundo, que nos conmueven mientras nos adentramos en ese extraño y profundo hueco que forma nuestra alma, la savia que riega el árbol de nuestra vida.