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29 ago 2014

Dolor





El ser humano, oxidado hierro
es a veces un lamento de huesos.
Los años vuelan densos, espesos
en mitad del horror y del destierro.

Sólo las palabras, y el recuerdo,
pueden llenar estas horas vacías
cuando mata el dolor, lluvia fría,
y los días de alegría quedan lejos.

Escribiré para poder ayudar
a la triste figura que ahora veo.
Se fue el calor, se fue el deseo
y el tiempo más bello vi marchar.

Los minutos muertos bailan tristes
mientras la cama es hoy el puerto
donde un atormentado cuerpo
batalla por volver a volar libre.

Dejad a esta tinta a mí venir
porque si no escribo, duermo.
No quiero ser como ese enfermo
que resignado se ve morir.



20 ago 2014

Volar



A veces no es necesario perder el tiempo intentando contener entre nuestras manos la complicada madeja de la vida controlándola, protegiéndola. A veces simplemente es mejor cerrar los ojos y sentir con los pies descalzos el contacto de la tierra. Escuchar el reloj que nos late en el pecho. Oler el jersey de esa persona que nos hace sentir bien. Encontrarse lejos pero en casa. Encontrarse en casa pero distinto. Volver a esos lugares conocidos, pisar de nuevo las calles y ver que todo sigue, que nada es diferente menos tú mismo. El vértigo es tan natural como puro. Los atardeceres más bellos sólo se observan a tres metros sobre el cielo, por encima de las nubes desde la ventanilla de un avión.

Las mismas caras, pero un nuevo sentido. Te miran y algo de ti ha cambiado para siempre. No volverás a ser la misma persona. Todo cambio te engrandece y toda muerte te renueva. Te abrazas a esa fuerza, al valor para marcharse y al miedo a llegar. Sientes las cosquillas recorrer tu cuerpo. Sonríes sin motivo y no te avergüenza llorar. Ya no es necesario comprenderlo todo. La belleza de la vida también se encuentra en esos instantes inciertos, en el impredecible azar.

A veces no es necesario buscar razones. Sólo debemos abrazarnos a lo nuevo, al sueño y al despertar. Siempre hay algo bueno en lo malo, y a veces lo bueno no quiere decir lo mejor. Todo depende del vidrio con que lo mires. El camino está lleno de sombras, porque allá donde vamos encontramos espejismos. Tú eliges la imagen que mejor define cada uno de tus pasos. Ya no importan los porqués, ahora todo lo entiendes. Y te das cuenta de que has cambiado cuando comprendes que ya no es necesario buscar respuestas a lo que jamás las tuvo. Ya no buscas comprender lo incomprensible, porque sabes sentirte lleno reconociendo estar vacío. Ahí está: la sabiduría se esconde tras cada piedra. Los tropiezos son necesarios para perder el miedo al camino. Sólo sigues esa luz interna que te hace avanzar. Eres firme como una montaña, delicado como una rosa, fuerte como las raíces, libre como las corrientes del mar. 

Uno sabe que le pertenece todo cuando no se aferra a nada. Uno aprende a valorar lo que tiene cuando se desprende de sus cosas, cuando parte hacia lo incierto y se va. Todo cuanto amamos tiene que sentirse libre: si regresa, es nuestro; si no, nunca lo será. Todo hombre anhela ser como un pájaro: elegir el momento de partir y el instante para llegar. Pero la libertad es el tesoro más precioso, la fruta prohibida y la piedra filosofal. No se consigue fácilmente. Es una meta por la que luchar. La libertad, tan hermosa como necesaria, tiene un precio muy alto. Algunos por ella dan la vida. Otros simplemente se contentan con aprender, a base de golpes, a volar. Todos llevamos dentro un pequeño pájaro. Más aún, uno puede ser libre aunque esté en una celda rodeado de cadenas si conoce la grandeza de su mente. La mente no tiene límites, su límite siempre tiende al infinito. Y entonces sucede la magia: cuando el hombre comprende que es libre para pensar, entonces se da cuenta de que siempre ha tenido el precioso derecho a volar. De hecho, siempre supo hacerlo. 



Para mi sirena, un ave melancólica que dio su vida por volar libre.






15 may 2013

Todo cambió





De repente, era una noche de mayo del año 2003. Eran ellos. Eran sus caras. Eran sus risas. Era ese aire. Movidos por una extraña fuerza, habían vuelto a reunirse. Allí estaban, girando sin parar a tu alrededor. Aquel amor de instituto. Aquella mejor amiga. Aquel amigo de tu amigo. Aquel chico raro. Aquellos compañeros de otro tiempo. Un tiempo que ya no volvió, pero esta noche lo sientes. Recuerdas.

¿Una década prodigiosa? Al menos, la más intensa de tu corta existencia. Esta noche hay un concierto de rap y algo -o alguien- os ha vuelto a reunir. Maldita casualidad. Inoportuna causalidad. Cruzas miradas. Algunos se acercan, te tocan, te saludan, te besan. Otros te ofrecen un sorbo de su bebida. Todo te da vueltas. Ya nadie es quien era. Ya nada es lo que ayer fue. Siguen intactos los ojos, siguen intactos los secretos que nunca volaron libres. Lo demás, se terminó. Fijas tu mirada en esos rostros tan conocidos. Serías capaz de dibujarlos con los ojos cerrados al detalle. Alguien te sonríe. Alguien te saluda prometiendo un café que nunca llegará. Prometiendo falsos reencuentros que uno promete por educación. Y es que uno puede prometer mucho cuando no sabe bien qué decir.

Algunos encuentros son incómodos. Se confunden los derechos y las libertades. Algunas manos buscan lo que nunca tuvieron. Algunas bocas suspiran sedientas. Los años cambian tanto a las personas... Pero algunas parecen no haber crecido. Siempre serán manzanas a punto de madurar. Quizás manzanas podridas. Y aquellos amigos que un día lo fueron todo hoy son ya nada. Meros recuerdos. Sólo humo. Los abrazos ahora te resultan tan fríos, tan vacíos, tan plastificados. Muchos se apartan cuando pasas por su lado. Otros, que alguna vez te odiaron, hoy te sonríen y te toman de la mano. Tanta educación repentina te provoca náuseas. No entiendes nada. Sólo observas la escena y, de golpe, empiezas a recordar. La noche huele a flores, a porros y a tierra mojada. Te dejas caer en la hierba. No quieres que nadie te pueda encontrar.

Pero ahí está él. Apenas le conoces, pero permanece a tu lado quieto y en silencio cual ángel. Le debes tanto... Aprietas su mano y, con la poca cordura que te queda, ves cómo todo lo que conocías y lo que aún no conoces cobra sentido. Todos han venido esta noche, pero sientes que ya no les conoces. Sientes que todos se van. Sientes que una noria te hace subir y bajar mientras tu estómago se estremece. De él no sabes nada, pero no te hace falta. Ha venido a rescatarte. Ha venido a acompañarte para que, cuando sientas que todo lo que fuiste y lo que todos fueron ha muerto, no te tiemblen las piernas y caigas.

Mira cómo han pasado los días. Mira cómo han desaparecido los años. Todo es confuso y falso. Todos fue una mentira. El tiempo se detiene y revives una década. Ya no hay nadie. Sólo sombras. Todos han cambiado. Llega la madrugada. Todos se han ido. ¿Y Amélie? De la pequeña Amélie, sólo el rojo de sus labios ha quedado.

14 oct 2012

El árbol de la vida


Hay dos caminos que podemos seguir en la vida: el de la naturaleza, y el divino. Debemos elegir cuál vamos a seguir. Algún día caeremos, lloraremos y entenderemos todas las cosas. Guíanos, hasta el fin de los tiempos. Si no sabemos amar, nuestra vida pasará como un destello...







Existe un lugar en lo más profundo de nuestro ser donde todos, independientemente de nuestro origen, cultura y educación podemos vernos identificados con los demás. Es ahí, en ese pequeño espacio tan vulnerable como resistente, donde todos los seres humanos nos hacemos preguntas comunes. Desde que nos alcanza con sutileza el primer haz de luz después de nacer, un sinfín de sensaciones y sentimientos inexplicables nos atacan, nos conmueven, nos desconciertan. 

¿Por qué llegamos a este mundo, si no lo elegimos? ¿Por qué tuvimos que sufrir? ¿Por qué nuestro padre (u otra persona) nunca entendió cuánto daño nos hacía con su frialdad? ¿Por qué nuestra madre (u otra persona amada) no podrá quedarse eternamente a nuestro lado? ¿Por qué morimos? ¿Por qué la educación que recibimos puede hacernos tan esclavos como libres? ¿Por qué hay cosas que están mal? ¿Quién lo ha determinado todo? Estas preguntas son sólo una parte de esa incertidumbre que acampa a nuestro alrededor cada día de nuestras vidas. Entonces, pregunta a pregunta, nuestros pensamientos comienzan a enraizarse unos con otros. Algo nace y crece en nuestro interior mientras esbozamos a base de experiencias la silueta de un árbol. Algo nos mueve a tomar nuestro camino.

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Estabas entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las alabanzas de todos los hijos de Dios? 

Muchos nos hemos preguntado si existe un ser omnipotente y omnipresente capaz de adivinar nuestros pensamientos, capaz de evitar todas las desgracias y miserias humanas. Algunos hemos descubierto que la respuesta puede ser afirmativa, aunque las miserias que vivimos nos las hemos ganado a pulso nosotros mismos con nuestro egoísmo y nuestra extraña y a veces detestable naturaleza "humana". Otros han descubierto que quizás no hay ningún ser creador y que los propios elementos de la naturaleza son nuestros particulares dioses. Otros han afirmado que la naturaleza, sus procesos y sus maravillosas imágenes reafirman más si cabe la belleza de ese ser omnisciente. Sea como sea, si hubiese alguien capaz de mirar la humanidad con ojos llenos de humildad y misericordia, si hubiese alguien capaz de calmar o transformar nuestro dolor, ¿dónde estaría?

¿De dónde venimos? ¿Quién cuida de nosotros? ¿Por qué a veces nos sentimos tan solos y tan incomprendidos? ¿Qué podemos hacer para aprovechar el tiempo que tenemos en la Tierra y saborearlo al máximo junto a las personas que queremos? ¿Cómo curaremos las heridas del pasado? ¿Cuál es el camino correcto a seguir? ¿Por qué cuesta tanto perdonar?

En realidad, no se trata de elegir un camino correcto para dejar otro incorrecto: se trata de amar. El amor, en todas sus expresiones, es al fin el único remedio, la única medicina y la mayor enfermedad. Sólo amando encontraremos el sentido que quizás nadie nos puede dar, y el bálsamo que cure nuestras heridas más profundas. Sea cual sea nuestro origen. Sea cual sea nuestro presente. Sea cual sea nuestro futuro. Cada persona es libre de elegir con qué tipo de raíces afirmará al suelo el árbol de su vida. Pueden ser raíces de odio, pueden ser raíces de tristeza o de alegría. Sólo mediante el amor nuestro árbol será un árbol sano y sin prejuicios... un árbol capaz de perdonar, capaz de comprender, capaz de descansar el día que todo termine. Sea natural o divino nuestro suelo. Y entonces, sólo si hemos elegido el camino del amor, tendremos paz con nosotros mismos. Y tocaremos el Sol. 

De todo esto nos invita a reflexionar la película de Terrence Malik, El árbol de la vida. Se trata de un filme no apto para impacientes con pocas ganas de hacerse preguntas. Y es que esta película nos sorprende lentamente mientras saboreamos sus imágenes, sus sonidos, su drama y sus preguntas. En un viaje por la vida de un niño que crece planteándose las mismas cosas que cualquier ser humano. En mitad de una familia estadounidense de los cincuenta, nos encontramos con nosotros mismos. La película actúa a veces como un espejo que nos golpea con nuestra propia imagen, con nuestra propia infancia, con nuestro propio pasado y nuestro dolor. Entonces la mente se nos llena de dudas, de preguntas, de imágenes que parecían borrosas unos segundos atrás. Hacemos un recorrido por la existencia humana, por la vida de los tan distintos personajes, por su alma. Sin duda se trata de una película difícil de olvidar. Con su magia reímos, lloramos, nos estremecemos. Vemos a nuestra madre, a nuestro padre. Nos tropezamos con nuestras propias experiencias. Y es que es una de esas pocas películas que nos llenan hoy en día, que nos hacen disfrutar segundo a segundo, que nos conmueven mientras nos adentramos en ese extraño y profundo hueco que forma nuestra alma, la savia que riega el árbol de nuestra vida. 










8 mar 2010

Yo, mujer

Vuelve el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Parece que esta anonadada sociedad necesita tener en el calendario una especie de recordatorio para no olvidarse de que la mujer, ese ser débil e inferior aún para muchos -por desgracia-, necesita un reconocimiento. Sí. Vuelve ese día que intentamos entre todos pintar de sabrosos derechos equitativos y de un color rosa idealizado. Nos manifestamos, paseamos con globos de la mano... Qué estampa más bonita. Sin embargo, los mismos que celebramos este día somos testigos de una realidad que sigue dando dolores de cabeza y, por qué no, dolores de corazón. El corazón duele, al menos a mí me duele y no porque yo también sea mujer, cuando los medios anuncian como si se tratase de una cínica moda que "muere otra mujer a manos de su pareja, ex-pareja..." o lo que le toque. El corazón duele, digo, cuando la cifra de muertes por violencia machista se eleva con saciedad y sin piedad año tras año (y eso que avanzamos tecnológicamente, industrialmente y, por qué no, imbécilmente). Duele el corazón cuando los salarios, quién sabe por qué inexplicable y misteriosa razón, son mucho más bajos si se trata de mujeres. Paradógicamente, ellas son la mayoría en las universidades y en los centros de educación superior. Ellas son, según las encuestas, más responsables y mejores emprendedoras en sus trabajos. Sí, las mujeres también trabajan... No sólo valen para quitar mierda y parir hijos, pero parece que algunos aún no pueden -o no quieren- darse cuenta. La verdad es que sí, el 8 de marzo es especial. Vuelve un día que debería hacer reflexionar y transformar tanto mentes como corazones. Pero seguimos igual de ciegos, en el mismo lugar de siempre... Al menos a mí me lo parece.
En fin, en mi condición de mujer, de mujer que habla mucho y se resigna poco... La entrada de hoy más que de protesta o de repulsa será de gratitud. Sí, a pesar de vivir en una sociedad que me desagrada y me provoca con demasiada frecuencia una intensa animadversión, hoy tengo más razones para agradecer que para patalear. Será porque hace una semana mi propio eje temporal se detuvo en las dos décadas. Veinte años, veinte primaveras, veinte películas llenas de sonrisas y lágrimas.
Cuando tengo entre mis manos un disco nuevo, siempre me detengo en la parte del libreto que lleva los agradecimientos del cantante, los músicos o quien sea. Me gusta, sinceramente, leer con detenimiento esas líneas, cargadas de gratitud y emotividad. Es ahí donde uno reconoce que, sin el apoyo o la fuerza de sus compañeros, del productor o de cualquier otra persona, ese trabajo nunca hubiese sido posible. Cuánta razón tienen. Personalmente, yo no he grabado ningún disco, pero mis veinte años han sido hasta ahora eso: un trabajo arduo e intenso lleno de notas y acordes emocionales; lleno de sacrificios, metas y buenas y malas letras. Lleno de subidas y bajadas, de poesía y de música. Y mi música, la música que describen los latidos de ese corazón que retumba entre mi pecho, nunca podría sonar sin la fuerza de los que están ahí, de mi particular pentagrama que es mi vida, de los que conforman las cinco líneas de mi pentagrama y de mi vida. Y es por eso que, si en este momento suena algo -más o menos armónico- dentro de mí, es gracias a que vosotros formáis parte de mi particular partitura. Y es por eso que las notas que suenan hoy, desde mi alma y a mis veinte años, son de alegría y de gratitud, a pesar de todo.

¿A quién debería dar las gracias por tensar y mantener el pentagrama de mi vida? ¿A quién, o a quiénes dirijo hoy esta inconmensurable gratitud?

En primer lugar, a mi familia. En primer lugar a mis padres, a mis abuelos y a mis tíos. A mis primos. También a todos aquellos que sin tener mi sangre son mi familia y forman parte de ella. A mi gran familia. Sí, a mi familia... porque siempre apostaron por mí, porque llorar y ríen conmigo. Porque me dan la fuerza. Porque sé que están aquí, bien cerca y porque me consideran perfecta cuando nunca podré conseguirlo. Gracias. Y es que sin vosotros no sabría ser, ni sería. Porque la mayor parte de mí sois también vosotros. Especialmente, gracias a Samu y a Gersón.
En segundo lugar, doy gracias a mis amigos. Reconozco que, uno de los logros más difíciles de la vida es encontrar verdaderos amigos. Sí, amigos que se cuentan con los dedos de una mano y quizás con menos. Gracias a vosotros y vosotras, por lo que me dais, lo que sois y habéis sido. Porque formáis parte de mi identidad, de mis alegrías y mis lloros. Gracias porque me aceptáis tal como soy, porque me dais la mano y sigo adelante y sonriendo. Gracias, por supuesto, a ese grupo de "periodistas" o periodistas y ahora también "histórico-artísticos" que apareció en mi camino hace casi dos años. Gracias a vosotros: Lu, Lau, Pau S, Pau F, Llum, Nuria, Carlos, Gala, Eugenio, Silvia, Ángela... Porque decir que "os quiero" se me queda corto e insuficiente. Por lo que compartimos, hemos compartido y aún compartiremos. Por los días de clase, risas, aventuras y aburrimiento. Por las celebraciones y los exámenes. Gracias también a vosotros.

Gracias, cómo no, a la vida. Sí, a la vida. Gracias a ella y a su caprichosa cuerda que tan pronto te eleva como te estrella contra el suelo. Gracias a la tristeza, gracias a la alegría. Gracias a ambas porque sin una, apreciar la otra sería imposible. Gracias a la nostalgia y también a la melancolía, porque de ellas nace la mayor parte de mi poesía

Doy también las gracias a aquellos que un día me enseñaron y me inculcaron ese amor por la música, por mi musa literatura y por muchas cosas más. Gracias, Iso. Gracias Ximo, Albert e Inma. Gracias, Pailar; gracias, Domènech; gracias también a Josep Lluís, Pepelu y Pilar S. Ahora me doy cuenta de que, como decía el refrán, "la educación es lo único que queda cuando todo lo aprendido se ha olvidado".


Mi gratitud no puede pasar por alto, cueste lo que cueste, a aquellos que me hicieron un día caer. Gracias a los que me dejaron, intentaron pisarme y me abandonaron. Gracias a los que me odiaron sin motivo y sin justificación. Gracias a los que jugaron conmigo e intentaron hacerme daño, gracias a todos. Os doy las gracias porque, sin vosotros, no sería quien soy. Gracias a vosotros y a vuestras heridas, mis cicatrices hoy me hacen fuerte, me hacen más valiente y decidida. Gracias a esta estúpida sociedad por hacerme entender que, a diferencia de lo que la mayoría y las absurdas modas proclaman, no por tener más a la vista los huesos se llega más lejos. Gracias a vosotros sé lo que quiero, pero sobre todo estoy segura de lo que NO quiero. Encontrarme con vosotros me hizo reaccionar, abrir los ojos y convertirme con más o menos trabajo... en esta mujer. Y es que una rosa nunca será auténtica sin sus espinas.


Pero claro, no todo son espinas en una rosa. Como dicen los dueños del lenguaje popular "una mujer, como una flor, sin amor se marchita". El amor, sea cual sea su forma o estado, la embellece y la mantiene viva. El amor, como el sol o la tierra o el agua, la nutren y vivifican. Porque una rosa no crece ni florece sin amor. Una rosa sin amor es como una carta no escrita. De este modo, también le doy las gracias al AMOR, porque como al Fénix, hace renacer a esa mujer y la dignifica. Gracias al amor, desde sus diferentes muestras y maneras. Gracias a todos los que me dais y me abrazáis con vuestro amor... y, de una manera especial gracias a ti, amor, por querer descubrir y compartir conmigo esta espiral de intensidades que es mi vida. Gracias por encontrarme, gracias por dejarte encontrar, gracias por esa tarde donde de la mano empezamos a caminar.

Dejo las últimas líneas para darte las gracias a ti, a mi Dios, por ser de mi gratitud el motivo principal. Gracias a ti, Señor, por dejarme ser, crecer y embellecer. Gracias a ti por mi familia. Gracias también por mis amigos, por la vida, por los que me enseñaron y también por los que me causaron alguna herida. Gracias, sobre todo, por el amor que recibo y encuentro en esta espiral de la vida. Gracias por el amor, gracias por tu amor, gracias por hacer latir un corazón que sin tu fuerza y tu aliento nunca latiría. Gracias, en definitiva, por darme esta vida... por ser mi vida. Gracias, porque desde ese lugar donde quiera que se encuentra el cielo... Tú me mantienes siempre en paz y con los pies en la tierra.

En el Día Internacional de la Mujer y, rozando ya los primeros días de mi segunda década de vida... Os doy las gracias por ser parte de mí, por querer conmigo vivirla.

Vuestra Azahara, vuestra Azy, vuestra "nena" y, también ahora... tu Marianne.

5 feb 2010

Horas contadas






Por primera vez en mi vida, sé adónde quiero llegar. La soledad es una ventana que puedes abrir y puedes cerrar.

Quedan tras las aceras unos cuantos rescoldos de la noche. La luna gira, gira sin sentido entre anhelos y reproches. La vida se vuelve simple, fría, cómoda, apacible. La taberna sigue abierta y, a mi paso, se detienen los coches.

Beben los que engañaron su alma con vino, perfumes baratos y amores. La música suena y resuena a través de los viejos altavoces. Luces de neón, luces amarillas, verdes y eternas. Mujeres mal maquilladas, mujeres solitarias enseñando sin gracia las piernas.

No sé dónde me he metido. No me importa, parece divertido. No necesito beber más de una cerveza esta noche, me digo. No necesito pedirle nada a nadie, tengo lo suficiente, no tengo complejo de mendigo.

Ahí llega. Una chaqueta marrón, una sonrisa ardiente y una camisa de paño. Se presenta, me levanto y, vehemente, con una mueca le regaño (he tenido que esperar cinco minutos). Disfruto. No sabe bailar, ni se empeña, le gusta dejarse llevar mientras la loca de mí, entre risas, le enseña.

Bailaremos, bailaremos hasta el amanecer. No esperamos a nadie, no pertenecemos al mundo, no necesitamos volver. Sólo unas cuantas sonrisas más, cuatro canciones y nos vamos. Me hacen daño los zapatos, salimos fuera y, mientras me calzo, sostienes mi bolso entre tus manos.

Qué utópica parece la calle mientras nos perdemos, qué lejos y qué cerca el día en que nos reencontraremos. Apagamos las farolas mientras, mirando al cielo, los transeúntes solitarios derraman su aliento. Nos metemos en un cine y, con las luces apagadas buscamos un par de asientos.

No necesito más. No hay que completar lo incompleto. Tu chaqueta como abrigo, entre tú y yo no hay secretos. Hemos dejado el club de las horas contadas. Lo perdimos y lo olvidaremos. Hemos dejado los cuentos de hadas, ya no nos los creemos. Nos tenemos los dos y, sin palabras, siempre nos entenderemos.

Por primera vez en mi vida, sé adónde quiero llegar.






(A David)