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17 ene 2017

La maravilla de tu cuerpo


Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo
sin el alma de tu cuerpo,
sin tu latido.

(Aute)




No guardo recuerdos más claros que tu cuerpo.
Cuidadosamente lo dibujo, con los ojos llenos de lágrimas,
con una maraña de cristales en mis ojos.

De ti no sé nada. ¿Dónde estará ese templo perfecto?

No es una persona ni una cara lo que amo.
Es la imagen de un cuerpo (tu cuerpo) en la que entre sueños me veo arder.

Recorro el parque de la música. Rebusco en los rincones.
Vuelvo a leer nuestras mil y una noches.
Rozo las viejas paredes de cal, tan frías, tan familiares.
Dos iniciales con pintalabios granate. Dos idénticas iniciales.

Como un niño en día de feria, entre gitanas y luces,
como quien descubre la teoría heliocéntrica,
subías con prisa hasta la plaza.

La piel blanca, las marcas del acné pueril.
La carne temblorosa como un aleteo de esperanza.

Muchos años después te invoco joven y enigmático sobre tus piernas.
Sonaban los ecos de los ladridos nocturnos.
Nos sorprendía la brisa de la madrugada de agosto.
Se enfriaba el agua en la piscina.
El césped se convertía en el colchón más blando.

No lloro recuerdos más exactos que tu cuerpo.
Venías sigiloso por la esquina, desde la carretera.
Bailábamos felices en mitad de la verbena.

Inútilmente llenaría mil hojas describiendo la belleza de tus manos.
¡Ay, aquellos dedos creados por la locura! ¡Oh, la solemnidad del mármol en tu estómago tallado!
¡Oh, la exactitud de tu perfil de estatua griega!

Por los jardines y solares adivinaba tu olor.
Los gatos nos miraban salir a tientas del garaje.
Las cajas de botellines en la puerta del bar.
Millones de estrellitas chocando en la lluvia estival.

¡Ay, la fugacidad de aquellos encuentros torpes!
¡Oh, la sal de tu cuerpo adorable sobre mi boca suave!

No sufro recuerdos más vivos que tu cuerpo.
Trato de enterrar su cadáver, pero regresa a paso lento.

Etrusco de piedra y sin vello. Brazos donde quedarse a dormir.
En las raíces de tus venas toda la sangre de mi corazón adolescente.

Pero yo te necesitaba así, te quería así:
fui allí para encontrarte, para recuperarme en tu mirada.
Escondidos todavía nos observo y nos escucho reír.

Hay personas que se aferran a un nombre (Fernando, Eduardo, Manuel).
Yo recuerdo un pajarillo inquieto en tus rodillas al que también quería.
Tú nunca supiste (o eso decías) conocerme.

Hay quien se enamora de palabras.
Nuestras promesas sólo fueron carne de papel.

Yo vivo encadenada a un cuerpo sin dueño, sin cara, sin él.
Es la imagen de un desnudo digno, venerable, exquisito.
Un recuerdo precioso, intocable y, por qué no, cruel.

Cada noche a altas horas se despiertan mis labios.
Cada mañana se rasgan y se queman por la misma sed.
Entonces me levanto de la cama.
Me persigue todo el día un enfado insoportable.


26 ago 2014

Aquel amor





Y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor...
(G. G. Márquez)



Los años han pasado como las páginas de un libro que no pudo terminar de escribir. Ya no encuentra un motivo, no logra el modo de empezar un nuevo capítulo. Sus días son grises y opacos, han perdido su color y hoy nada la inspira. Ha buscado esa pequeña luz en cada rincón de su mundo, ha viajado y ha tratado de congelar en su retina cualquier imagen bella y llena de vida. Ha coleccionado atardeceres, sonrisas, paisajes, sonidos, miradas, momentos... pero no es suficiente. Sentada frente al espejo de la cómoda de su dormitorio de matrimonio no se reconoce. Aún conserva la belleza de entonces, aunque en sus ojos se ha instalado una mirada nueva. Es una  mujer más pacífica, más serena. En su mano izquierda brilla delicado un anillo de diamantes. Lleva puesto un camisón rosa que contrasta con su negro pelo. Todo en ella ha madurado, pero en su corazón hay una herida que sangra y que ya ni quiere ni sabe ocultar. Una inexplicable tristeza (que dicen que se irá si tiene hijos) se ha detenido en sus ojos y en su corazón. Sólo el olor de las castañas asadas y la luz triste del faro, cada doce segundos, parecen aliviarla. 

Hubo un tiempo en que su irónica vida no era mejor, pero sí más fácil. Nada la preocupaba, nada la detenía y cada segundo merecía ser saboreado como el último. Los días tenían un brillo especial. Estaba viva, bailaba y sonreía. En aquella intensidad era feliz. Cerraba los ojos y se dejaba llevar por el cuerpo de su amante mientras la voz de Billie Holiday llenaba la habitación. Bailaban durante horas y sus noches se alargaban entre secretos y besos. Aquel dolor era el más intenso y agradable que había experimentado. Sangraba orgullosa y soñaba despierta disfrutando del sabor más dulce, el cual se había detenido para siempre en sus labios desde que lo conoció. Lo veía en el cielo de la mañana, en la brisa de la noche, en todas las caras de la Luna. Como una pareja eclipsada por su propia tragedia, disfrutaban de aquella enfermedad dichosamente compartida. No pensaban en las consecuencias de su extraña locura porque les embriagaba la pasión, el deseo y melancolía. Los tres elementos se necesitaban, se entrelazaban como sus labios y sus dedos hambrientos de amor. 

Entonces no le molestaba arrugarse el vestido, ni acostarse en la hierba. Era una joven guapa, divertida y despreocupada. Era la dueña de su vida y su día a día estaba teñido de éxito y sonrisas. Coleccionaba escondites y las paredes se convertían en testigos de lo que a nadie contó. Todo le iba bien, era una buena estudiante y sólo perdía la cabeza por los hombres. En especial por uno, por su gran amor. Eran jóvenes y la inexperiencia les mantenía siempre vivos, deseando agradar, sorprender, imaginar. Eran dos almas libres y opuestas pero no sabían separarse y cualquier excusa era buena para volverse a encontrar. Ni el paso de los años ha evitado que tiemblen cuando se escuchan, que le tengan pánico al teléfono, que se deseen cuando se miran, que se acaricien sin llegarse a tocar. 

Pero todo lo que empieza, le dijeron, tiene que terminar. ¿Terminó algún día? Nunca lo creyó. Conoció a otras personas, viajó por muchos países y vivió aventuras tan grandes como peligrosas. Se vistió de novia, creyó haberlo encontrado todo pero se dirigía al abismo más oscuro. Por las noches una roca pesada amenaza con destrozarle el pecho. El dolor regresa y no puede dormir. Un fantasma la persigue, salta de la cama y solloza a escondidas porque se siente sola, desdichada y vacía. Dicen de ella que lo tiene todo, al menos lo que cualquier mujer que conserve un poco de cordura podría desear: una casa grande, un marido trabajador y atento, un armario lleno, una agitada vida social. Por las madrugadas abre su cajita y vuelve a rozar con cariño un mechón de pelo castaño. Observa las fotos en sepia, las abraza y rompe a llorar.

Sucedió de repente. Una noche, mientras su marido dormía, sentada en la cama lo comenzó a observar. El hombre, que respiraba tranquilo tras el acto sexual, descansaba plácidamente ajeno a la terrible batalla que se estaba librando en el corazón de su mujer. Para ella la convivencia se había vuelto insatisfactoria e insípida. El sexo, soso y aburrido. Las noches, amargas y destructivas. Ya no lo ama. Tal vez nunca lo amó. Se había entregado a él hambrienta de unos brazos que le diesen, por una vez en su vida, seguridad. Toda mujer ansía en algún momento compartir la cama con un hombre que la proteja, que le dé estabilidad. Para ella, no obstante, la estabilidad tiene un coste demasiado grande y encontrar el equilibrio es imposible. Su compañero huele bien, le transmite calma y la complementa con su racionalidad. Pero su día a día es frío y repetitivo. La rutina se ha convertido en una losa que no la deja respirar.

Hay noches que se tiñen de rojo, de cuchillos y silencios. Ella recuerda aquellos días en los que se sentía volar. Su vida era agridulce, pero la intensidad de su locura la mantenía despierta. Lloraba y reía con el mismo placer. Se sentía deseada y poderosa. Era una guerrera radiante, dueña de su caminar. 

Sucedió de repente. Se apagó una voz. Su sonrisa se borró y las manos se separaron. No recuerda las razones, no hay responsables ni hay culpa. Sólo hay un deseo que se reaviva, noche tras noche, como las cenizas de su amor. Sigue cayendo, tropezando e intentando salir de su absurdo laberinto. Hay amores que se vuelven resistentes a los años. Parece que se acaban y florecen, pero en las noches del otoño reverdecen acompañados por una magia y una tristeza necesarias.

Dicen que a los muertos sólo los mata el olvido. Si algo es recordado es que nunca terminó.


(Para Fermina y Florentino)






22 abr 2014

Mr. Aguirre






Son las dos de la madrugada en un motel perdido. En un punto indeterminado de la Ruta 66, oculta en una antigua habitación, ella lo espera. Huele a cerrado y las cortinas están descoloridas por el humo del tabaco y los años. La decoración es extravagante y sobre el escritorio hay una jarra de cristal con un ramo de rosas rojas. Son sus flores favoritas. Pasan pocos camiones por esta carretera solitaria. La luz de una farola entra por el cristal en mitad del silencio nocturno. Se esconden tras los rincones algunas sonámbulas cucarachas. 

Mia se ha puesto su mejor vestido y ha logrado, por primera vez, llevar la ropa y los zapatos a juego. Ha apostado por el rojo de sus rosas, el color de las heridas de su pasión, y se ha pintado los labios. En el motel hace frío y Mia se ha puesto una bata de seda propia de las amantes de los años cincuenta. De hecho, se siente como una amante culpable y no entiende el porqué. Hoy se ha rizado el pelo y frente al espejo del baño trata de estar perfecta. El teléfono arde esperando una llamada que no llega. Se suceden los minutos en el reloj acompañados por una lenta y profunda agonía. Mr. Aguirre no vendrá. Mia se siente abatida, abandonada. Se deja caer sobre la cama y llora.

Aguirre es un hombre taciturno, reservado y romántico. No quiere visitas cuando está enfermo y en su tiempo libre se recrea tocando la guitarra eléctrica y leyendo poemas de Pablo Neruda. En otra vida habría querido parecerse a Mikel Erentxun, un cantante español al que adora. Tiene una obsesión enfermiza por su país, los Estados Unidos, y también por Los Dodgers. Le gusta verlos en el estadio y le gusta la cerveza. También disfruta saboreando el whisky con hielo cuando llega a casa, y en su reproductor suena siempre algún tema de Wilco. Suele llevar boina, como los vascos, y también sudaderas con capucha. Aguirre trabaja para el ejército del aire en una base militar perdida en el desierto de Las Vegas. Su vida es sencilla y, a pesar de su aparente fortaleza, Aguirre es un animal profundamente melancólico. Lo que nadie sabe es que tiene miedo a envejecer. Pensar en ello le hace sudar por las noches. A veces se muestra triste; otras contagia esperanza y entusiasmo. Se trata, sin duda, de un tipo muy extraño.

Se conocieron viajando. Entre aviones, puertas y multitudes se vieron por primera vez. Ambos compartían las mismas inquietudes, los mismos deseos. Eran dos almas solitarias abandonadas a una pasión entregada sin motivo y sin perdón. Las mismas canciones, los mismos otoños, el faro del Norte. Era un día lluvioso del mes de noviembre. No quedaban galletitas de la suerte en el bar del aeropuerto y, como un viento repentino, aquella mirada casual fue la culpable de un cataclismo de amor. 

Han pasado algunos años, se han sucedido varios otoños y pensar en él siempre le devuelve una extraña nostalgia. Sus vidas paralelas se han estrechado y ambos han cambiado mucho. El destino, o la mala suerte, ha decidido que esta vez tengan una nueva oportunidad. Mia ha encontrado una razón para viajar al estado de Nevada y Aguirre no debe estar a demasiadas millas de distancia. A veces la felicidad llega para quedarse. Otras, se esfuma sin avisar. Pasas años esperándola y, cuando crees que la has cazado, se escapa. Le había prometido lo imposible. Iba a ser suya al menos por un día. Iban a tatuar en sus pieles promesas más allá de la muerte. Iban a tenerse de nuevo. Todo parecía de color naranja, ese color difícil de encontrar en sus vidas habitualmente oscuras y tristes. Ella se había puesto su mejor vestido. Aunque parezca cruel, Mr. Aguirre nunca apareció. Algo mucho más fuerte que su amor lo había atado de manos y pies, haciendo imposible aquel reencuentro. Mia no lo sabía, ¿o sí? Prefería continuar con los ojos vendados. No se resignaba a perderle y no pensaba abandonar su destrozado sueño americano.

Empieza a amanecer y abre los ojos. Mia se descubre a sí misma en el suelo, sangrando y con cristales esparcidos por el cuerpo. Nadie ha venido. Presa del silencio, Aguirre parece haber muerto.

Nacen muchas historias inolvidables en los aeropuertos.


                                    



17 may 2013

Al fons de l'escaleta







Entre abraços i arraps, envoltats per la foscor.
Al fons d'una escaleta tu, jo i aquell silenci.
M'aclame a tu, ocell de goig, de sang, d'amor
amb les mans tan tendres i els llavis tebis.

Tombats en terra, vestits d'estels i de nits.

En aquest encontre ens hem vist reviure. 
Són els nostres besos el millor abric.
Recuperem els somnis i tornem a riure.

Dóna'm la mà si la por em fa plorar.

Plena els meus dies de carrers i de places.
Dóna'm la mà quan comencem a caminar
tan plens de vida i alhora tan buits de frases.

Entre abraços i arraps, al fons de l'escaleta

ha aparegut un àngel i m'ha tornat les ales.
Serà la llibertat la nostra inestimable meta.
Volarem molt alt, més enllà de les paraules.


(Per a R)







30 abr 2013

Pensión compleja








Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo, que hoy nos vamos a poner moraos.



Y hablando de ponerse, vete acomodando, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para que no quieras mudarte ya más.

Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores; los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez.

El espacio es tan acogedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse incómodo, ni demasiado grande como para meter mentiras.

Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso.

El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón.

No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú.

Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve a entrar pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican ni los recambios.

Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitarán más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mías lo aguantan todo.

Para acabar, te he dejado todo lo que necesites. Para que disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión.

Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirte a mí. Y lo de dar explicaciones, déjalo para otros.

El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar, y que echas de menos, sobre todo al principio, alguna reforma en fachada y estructura.

Dime que tienes toda la vida, y voy pidiendo presupuestos. Dime que intentaremos toda una vida e iré encofrando mis nunca más. 

Pensión complejaRisto Mejide.



6 feb 2013

¿Dónde está mi héroe?







Mírame sin disfraces.
Mírame bien y con calma.
El maquillaje ya no oculta
las cicatrices de mi alma.

Yo no necesito fingir.
Nunca seré la mejor.
Déjame llorar, gritar, reír.
¿Podré confiar en el amor?

Viví el ansia de los encuentros.
Mordí los labios desconocidos.
Bésame fuerte, ámame lento.
No quiero bodas, no quiero ruidos.

Quiero un abrazo que me dé abrigo.

Probé las prisas en un portal.
Rocé con miedo la eternidad.
Rompí promesas, cual un cristal.
Sentí el deseo en su fugacidad.

Se me tragó el huracán
y ahora busco a mi héroe.

¿Dónde estará?

Conóceme como un amigo.
Desnúdame como un amante.
Quiero subir y caer contigo.
Quiero sentir tu voz de padre.

Sin más cuerdas que me aten.
Sin rutinas que me maten.





3 nov 2012

Daiquiri blues





Fue la última noche.
La sala estaba repleta
y dormimos en tu coche.

Las paredes del Daiquiri
se derritieron con tu voz.
Aquella voz tan rota,
aquel sabor a ron.

Apretado a mi cintura
tarareabas nuestra canción.
Acaricié tus rizos negros
y me resbalé en el cuero
de tu ceñido pantalón.

Terciopelo en las cortinas
y en tu flor de la pasión.
La sonrisa de aquel barman
y el calor tras el rincón.

Eras el mito y la leyenda,
eras el ángel del rock n' roll.
Eras mi sangre, eras la tierra
donde planté mi roja flor.

Pero todo se acabó
una noche fría y sucia
cuando a lo lejos se oyó
aquel tiro seco y firme
que destrozó mi corazón.

Era la droga una muerte segura.
No volverías. Nadie te vio. 

Tenías celos de Jimi Hendrix,
de Jim Morrison, mi trovador.
Pero yo jamás sería de ellos,
yo me abrasaré con tu calor.

Aunque el hielo arda en tus labios
en el silencio de tu muerto corazón,
te esperaré en la barra del Daiquiri
hasta que regreses del abismo 
y con aquellos labios sabor a ron.

Hoy hay una foto en el Daiquiri Blues.
En blanco y negro somos eternos.
Hay sólo borrachos en el Daiquiri Blues.
Nadie canta y nadie sueña si no vuelves tú.






6 abr 2012

No tengas miedo





Luego Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De repente, se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo.

—¡Señor —gritaron—, sálvanos, que nos vamos a ahogar!

—Hombres de poca fe —les contestó—, ¿por qué tenéis tanto miedo?
Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. Los discípulos no salían de su asombro, y decían: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y las olas le obedecen?»


Un barco naufraga, tiembla
y se hunde en la tempestad.
Un corazón inquieto, muerto,
se ahoga en mitad del mar.

"No tengas miedo", me dices.
Yo sé que me vas a ayudar
pero las olas son tan altas
que ya me van a tragar.

Se tambalea la barquita
con mis sueños de papel.
Una mujer llora y tirita
con el frío pegado en su piel.

Puse mis ilusiones en una cajita
y al fondo del mar la tiré.
Hoy el infierno mi sangra habita
y siento que navego sin timón,
sin timonel.

Sé que no he sido perfecta
y mis errores me hicieron caer.
Pero tú abriste la puerta,
me enseñaste que con fe
todo se puede vencer.

Es la noche oscura y tiemblo
en una nave a la deriva.
Llegan mis gritos al cielo
mientras sangran mis heridas.

Te pisotearon como a una flor,
te dejaron solo y te olvidaron.
Te engañó quien más te amó
y a en la cruz te condenaron.

Vuelve a mí, tú que venciste
y de tu mano llévame.
Pues mi barco no resiste
y sin tu ayuda me ahogaré.

"No tengas miedo", me dice
quien camina sobre el mar.
¿Qué hombre es éste, al
que el viento y el agua
obedecerán?

Soy tu mano, soy tu fuerza,
soy la luz que hace de faro
cuando en mitad de la tormenta
siempre viajas de mi mano.



7 ene 2010

Perfecta



Es sencillo recordar aquellas interminables y poderosas tardes en el patio del colegio. Él, con la camiseta sucia después de jugar a fútbol con los demás, te ofrecía un pedacito de su merienda a cambio de un tímido beso en su mejilla. Otras veces, venía corriendo y, satisfecho, te entregaba un dibujo lleno de barcos y piratas o un póster de su equipo de fútbol preferido, acompañado también de algún caramelo. Tú te creías la niña más afortunada, le dabas la mano y le mirabas con alegría mientras corría como un loco con los otros niños por la pista. Alguna vez, una de tus amigas le dijo al profesor que tú y aquel niño erais novios. A ti te daba igual lo que los demás pensaran entonces, te encantaba compartir tu bocadillo con él y, sobre todo, te encantaba elegirle siempre como pareja en carnaval o en el autobús durante las excursiones. En sus dibujos, él siempre te hacia una dedicatoria en la que decía: "Eres perfecta".
Crecer. Transformarse. Estrellarse contra los primeros juegos, tan crueles, del amor. La fiesta de fin de curso del instituto, sí, aquella noche en la que te fijaste por primera vez en él. Los bailes para los que, con poca destreza, intentabas maquillarte. Los largos días de verano asomada al balcón, cuando quedabas con él para verle en el parque después de cenar. Los pendientes de aro, el pelo liso, las camisetitas de tirantes que debajan tus hombros y media espalda al aire. El perfume de vainilla y el pegajoso brillo de labios. Intentabas que sus ojos se detuvieran en ti, porque en definitiva, antes de salir te habías empeñado en estar perfecta.


El tiempo se esfuma, se exprime tras el reloj que, sin compasión alguna, se alimenta de tu vida, de tus horas y tus minutos. Convertida en una mujer o en el ensayo de la mujer que algún día serás, asistes a la tragicomedia de tus encuentros y desencuentros. Muchas personas se deciden a caminar contigo en la desequilibrada cuerda que es la juventud. Algunas llegan y, sin razón aparente, se marchan. Otras, en cambio, se quedan por mucho tiempo dando vueltas y vueltas como una parte más de tus días. El resto pasa, durante más o menos tiempo, para dejar una huella imborrable en las paredes de tu triste y conmovido corazón iluso. No bastan las lunas, no basta el negro cielo de la noche. Con prisa, desesperadamente, buscas un rincón sin luz en el que poder estar con él. Entonces, las horas corren con velocidad acompañadas de latidos frenéticos, suspiros, secretos inocentes, risas cómplices, vecinos inoportunos y mares de besos. Te vuelves, con él, la reina de la calle y hasta del mundo. Las edades no importan, ni los nombres. Os gusta la misma música y lleváis las mismas zapatillas, eso es lo importante. El portal de tu edificio se queda pequeño ante tantas emociones que albergas. Las madrugadas se convierten en el escenario improvisado de unas historias agridulces, posibles e imposibles, efímeras o largas, pero siempre inolvidables. Con su pelo revuelto, sus ojos fijos, sus manos temblorosas y su barba desordenada, recuerdas como sostenía tu cintura en aquel rincón que era un refugio ante la lluvia y, antes de volver a besarte, repetía: "aunque estés despeinada y con la ropa empapada por culpa de la tormenta, sabes que para mí eres perfecta".

El miedo no te da miedo. En el fondo, te gustan las emociones fuertes. La amistad, cual mariposa, abre sus alas convertida en un amor inesperado, en una historia de dos que callan un secreto compartido pero que mueren en silencio cada vez que están juntos. Entonces, él roza tu mano aprovechando cualquier momento de juego, te quita tu anillo para hacerte enfadar mientras, con dulzura, acaricia tu dedo con el suyo. Luego, pasa sus cinco dedos con ternura por tu pelo y te dice que le gusta porque es salvaje y huele bien. Te protege, mientras tú, intentando hacerle ver que no te das cuenta de nada, dejas que coja tu mano para cruzar rápidamente la calle llena de charcos y mojada por la lluvia. El correr con él bajo los edificios te encanta, te divierte verle sufrir cada vez que gritas porque el paraguas no es suficiente ante tanta cantidad de agua. Con inocencia, bebes de su mismo vaso dentro de la primera cafetería que encontrais en vuestro paseo. Descansas tu mirada en el puerto de sus labios aprovechando que, en ese instante, él mira por la ventana. La gente os observa, divertida y curiosa. Algunos se giran cuando sacas la cámara y, con emoción, le pides que haga él la foto mientras le abrazas por la espalda. La plaza se vuelve otra, los árboles se hacen más altos y tu sonrisa se hace más y más intensa. Quieres que el tiempo se pare. Entre alegría, sabor a miel e intensidades, te despides en la puerta de tu casa y le dices que, para ti, la tarde ha sido perfecta.

Ya sola, te detienes ante la imagen que de ti te devuelve el espejo y miles de dudas y preguntas sin respuesta asaltan tu existencia. No entiendes ni puedes descubrir el enigma que guardan tantos límites tan frágiles y quebradizos. La amistad, el amor, el deseo, la atracción, la fidelidad y la angustia... Todos se desordenan en el mar enfurecido de tu cabeza. Tu respiración se contiene al pensar en su último beso, en esos labios cálidos y acogedores. Las lágrimas asoman ya en tus ojos y ahora descienden por tu cara. Te gustaría no tener que elegir. Deseas con toda tu alma encontrarte, encontrarle y escuchar cada respuesta. Nada tiene sentido, lo que eras unos minutos atrás ya no existe, como esos momentos tan dulces ahora marchitos. Te sientas, derrotada, en el filo de la cama. No puedes ver nada con claridad, sólo la imagen que de ti y tus lágrimas el cristal del espejo refleja. Lo único nítido tiene forma de frase, es su voz que regresa y te dice eres perfecta.


P.D.

Lu, esta entrada va dedicada a ti, mi perfecta.