23 abr 2010

La poesía sí es futuro



Han pasado tres décadas desde que se instaló la Democracia en España, pero la poesía se ha convertido en un vehículo capaz de expresar un mundo inexpresable que crece y se transforma a un ritmo vertiginoso. Treinta años dan para mucha poesía, pero los poetas de la nueva generación, nacidos entre 1979 y 1990, coinciden en que son un colectivo que ha perdido el miedo a hacer lo que les gusta.

Muchos de ellos acaban de publicar su primer poemario y afirman que escriben porque leen, para pensar, para conocerse y relacionarse consigo mismos. Pablo López, Erika Martínez, Alba González, Cristian Alcaraz y Laura Rosal, entre otros, han participado estos días en diversos talleres del festival Cosmopoética de Córdoba. Deudores de los poetas nacidos en la década de los setenta y reinventores de la generación del 27, se preocupan por los problemas sociales de hoy, por las nuevas tecnologías y por ofrecer una visión crítica del mundo, pero no desde una militancia poética. Quieren conocer la historia y expresarla desde una perspectiva íntima: "Son problemas que nos interesan, pero desde el individuo", afirma Pablo. Son jóvenes, sinceros y a la hora de escribir tratan temas como el consumismo, la violencia de género o la homosexualidad.

Estigmatizados por ser la primera generación nacida en la democracia, creen en la necesidad de cambiar la sociedad y sus poemas se tiñen de pesimismo y cinismo: "Creo que no va a haber grandes transformaciones. Y no creo para nada en el progreso", dice Erika.

Fueron los primeros en poder utilizar un ordenador para escribir, pero prefrieren hacerlo a mano. Asombrados ante la emergencia de los cibermedios y las redes sociales, se unen para reivindicar la necesidad de que en España la poesía se valore más y se fomente más sin olvidar a los clásicos, pero confiando en las nuevas corrientes.


Esta generación de nuevos poetas no son los únicos en reinventar la poesía. Desde la calle y recordando a los genios de la lírica española, poemas de Lorca, Lope de Vega o Machado se dan a conocer mediante el rap y el hip-hop. Ignorada por la mayoría, la relación entre música y poesía se está consolidando asimismo a través de nuevos caminos, los cuales tratan de recordar que, ahora más que nunca, la poesía es el futuro.

19 abr 2010

Otra primavera?


Un azul imperante parece atacar desde el cielo. La estrella de fuego, lanzando rayos que aterrizan con violencia y como balas, asalta y desconcierta a los transeúntes. Calles, voces, pasos y flores se rinden ante la eclosión de otra primavera. El ciclo se repite. Vuelven a llenar el calendario días más largos y parques llenos de niños y mayores, todos recién nacidos, despiertan y renacen del letargo.

Gira el muro. Nada se detiene. Gira otra vez, gira apresurado. Sin hacer pausa alguna, a nuestro alrededor una amalgama de sensaciones sobrepasa la poderosa rutina y la alegría enmascarada parece impregnar cada rescoldo de nuestro caminar diario. El bullicio se expande, sin miedo, y se apodera de una urbe entregada con los ojos cerrados a la nueva estación.

Sin embargo, el mágico ciclo que completa el giro de una rueda anual no es lo único repetitivo hoy. La historia, ajena a la utópica creencia de que los errores nos hacen mejores y lo pasado, pasado está, no pasa página y nos devuelve horrores de antaño. Regresan situaciones y otros ritos propios del cinismo elevado a su máxima potencia. Individuos sin un ápice de humanidad destrozan hogares y vidas de quienes creen su propiedad a un ritmo vertiginoso. La justicia se tambalea amenazada por el hambre de los verdugos de nuestro ayer y, el juez, camina por una cuerda cada vez más débil acusado por los orgullosos que prolongan los estadios más temibles de nuestra memoria; una memoria a la que entierran viva e impiden salir a luz. Un cuchillo sanguinario en forma de desigualdad asesina cada noche a las víctimas de un sistema desequilibrado lleno de mentiras y de ilusiones rotas. Los ideales más puros se confunden entre la indiferencia de un pueblo que no escucha, que asiente y se deja llevar arrastrado por la marea de la pasividad y el individualismo


Regresa la época más esperada, se abre nuevamente la ventana y las noches de invierno pasan a formar parte del olvido. Las personas, bajo una sobredosis de café y ajenas a las guerras y a las lágrimas del otro mundo, se dirigen como máquinas autómatas en medio de un ruido que no deja escuchar el latido de esa vida que palpita bajo la tierra para resurgir de sus cenizas. El ruido se adueña de lo que somos y hacemos mediante un estruendo que oprime, que no deja hablar ni ser escuchada a la voz que nos llama. El ruido no calla y deja abiertas las heridas que, hoy más que nunca, impiden que esta nueva primavera pueda despertar con ella a la voz de la esperanza.

1 abr 2010

El Maestro


No durante la fiesta, para que no se altere demasiado el orden del pueblo...

Con esta frase empezó todo. Sólo faltaban dos días para la Pascua. Él sabía que tenía que irse. La misión más difícil que podían encargarle en su profesión le esperaba. Nadie conocía la angustia que empezaba a oprimir su corazón. No importaba nada. Aún tenía que compartir una última noche con sus amigos y cenar juntos era una buena idea. Quería estar con ellos y despedirse, pensaba salir pronto. Ellos, quienes habían estado a su lado y habían recorrido con él tantos lugares, eran incapaces de entender lo que él sentía. Habían vivido juntos tantos momentos inolvidables...
No había demasiadas cosas sobre la mesa. Se trataba de gente muy humilde y la situación económica no daba para más. Un poco de pan y una jarra de vino fueron suficientes. Quizás comieron algo más, quizás había alguna otra cosa en la despensa. Él estaba tranquilo, partió con ternura el pan en pequeños trozos y le dio uno a cada hombre. Luego les invitó a tomar el vino. No fue un brindis normal... Aunque ellos no lo entendían, esa copa albergaba toda la sangre capaz de contenerse en una promesa de amor. Fue el amor la razón de esa promesa. Fue por amor que, aquella noche especial cogió un poco de agua y lavó con cuidado los pies de sus compañeros, llenos de polvo y cansados de caminar.

Después de cenar, decidieron salir a dar un paseo por el campo. Los olivos abundaban en aquel huerto, conocido como Getsemaní, y parecían más antiguos e imponentes que nunca esa noche. Sobre ellos, las estrellas latían intermitentes en el mar de un cielo tranquilo. Los amigos, que empezaban a estar cansados, se sentaron en el suelo. Sin embargo, él parecía estar muy inquieto y algo en su pecho se rompía en mil pedazos. Se trizaba su alma, oprimida por la angustia y la tristeza. Llegaba la hora y, aunque no le agradaba la idea de dejarles, debía irse. Se alejó unos metros del grupo y llamó un momento a su padre. Necesitaba decirle algunas cosas antes de levantarse y emprender el viaje. Entonces, se puso en pie y despertó a sus amigos. Todos se miraron, iban a despedirse.

Mientras todavía hablaban, uno de ellos le besó en la mejilla. Sin embargo, lo que empezó como una despedida íntima y cariñosa, se transformó en una pesadilla. Antiguos alumnos del misterioso viajero se acercaron al lugar, en un principio para verle. Todo cambió cuando con rabia sacaron diversas armas y ataron las manos de su maestro con una cuerda. No le iban a dejar marchar aquella madrugada. Él no entendía su actitud. Había dedicado tantas horas de su vida a enseñarles y había hecho tanto por ellos...
Lo llevaron, con prisa, ante las autoridades para juzgarle. Él, su maestro, callaba y observaba su incapacidad para acusarle. No había cometido ningún delito, pero llegaron dos testigos falsos y le preguntaron quién era. Al escuchar su respuesta, se lanzaron contra él, rompieron su fino traje y le golpearon mientras pedían su muerte sin razón alguna.

Llegó la mañana y sus amigos cada vez estaban más lejos. Se sentía solo y engañado, pero cerraba su boca y únicamente se limitaba a contestar con sinceridad las preguntas que le hicieron durante el interrogatorio. Era un hombre sabio y prudente y eso incrementaba el odio y los celos de todos.
Mientras el gobernador y la multitud llegaban a un acuerdo tras las múltiples acusaciones que aquel hombre había recibido por parte de los altos cargos, él seguía en silencio. Sólo quedaba esperar... ¿Cuál era la razón por la que los alumnos querían ahora acabar con la vida de su maestro?

En medio de una red tejida por el engaño, la envidia, la avaricia y la maldad llegó la respuesta: entre todos habían decidido condenarle a muerte... ¿A muerte?
Un golpe, otro más, treinta ya, cien. Otro golpe hasta hacerlo caer. Encerrado y atado de manos con una fuerte cadena, soportó las burlas y los gritos de sus torturadores. Ellos parecían divertirse con aquella diversidad de prácticas atroces que causaban el mayor de los dolores. Disfrutaban viendo estremecerse a su víctima. Disfrutaban dibujando en su piel mil heridas y derramando gota a gota la sangre de un inocente.
Gólgota nunca fue un escenario agradable. El "lugar de la calavera", como así se le conocía, estaba lejos y el acceso no era fácil. Las escarpadas rocas y la elevación del terreno complicaban aún más el ascenso hasta allí. Llegar hasta el final nunca fue sencillo. Subir era costoso, y más si llevabas a tu espalda decenas de quilogramos de peso.

Entre los gritos de los acusadores y las lágrimas de sus compañeros, el maestro contuvo la respiración y sintió como la palma de sus manos se partía, se fragmentaba, se deshacía. El dolor fue peor en los pies. A su lado, otros dos condenados por la multitud miraban hacia el frente con la mirada perdida mientras él, en el centro de la escena, sentía que moría y llamaba de nuevo a su padre en busca de una respuesta: "Elí, Elí, ¿lama sabactani?". Abandonado, pisoteado y arrastrado hasta la muerte en medio de la soledad, el odio y la incomprensión, el viajero cerró finalmente los ojos. Mientras los guardias se entretenían repartiéndose a suertes la ropa que le habían robado, el maestro permanecía inmóvil y su cabeza estaba inclinada hacia abajo, vencida.

Para la sorpresa de todos, la tierra empezó a temblar, los edificios se quebraron y el cielo se estremeció teñido de un gris ceniza que daría paso a una intensa y poderosa lluvia. Con miedo, las mujeres que más apreciaban al maestro se lo llevaron lejos de allí y pusieron su cuerpo en un lugar secreto para protegerlo.
Tres días tuvo que esperar el viajero para partir y empezar, finalmente, su viaje. La primera estación fue Galilea, donde todos pudieron verle por última vez. Sus amigos, sorprendidos, le abrazaron y le escucharon hablar maravillándose. Él, con su característica sonrisa y la ternura que siempre le había caracterizado, les tranquilizó: Me iré, no me veréis pero estaré con vosotros todos los días, estaré con vosotros hasta el fin del mundo.

Y ellos, de nuevo, eran incapaces de entender lo que él sentía. Habían vivido juntos tantos momentos inolvidables que las lágrimas brotaban de nuevo en sus ojos cuando vieron sonreír por última vez al hombre que fue su maestro, al Maestro.

8 mar 2010

Yo, mujer

Vuelve el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Parece que esta anonadada sociedad necesita tener en el calendario una especie de recordatorio para no olvidarse de que la mujer, ese ser débil e inferior aún para muchos -por desgracia-, necesita un reconocimiento. Sí. Vuelve ese día que intentamos entre todos pintar de sabrosos derechos equitativos y de un color rosa idealizado. Nos manifestamos, paseamos con globos de la mano... Qué estampa más bonita. Sin embargo, los mismos que celebramos este día somos testigos de una realidad que sigue dando dolores de cabeza y, por qué no, dolores de corazón. El corazón duele, al menos a mí me duele y no porque yo también sea mujer, cuando los medios anuncian como si se tratase de una cínica moda que "muere otra mujer a manos de su pareja, ex-pareja..." o lo que le toque. El corazón duele, digo, cuando la cifra de muertes por violencia machista se eleva con saciedad y sin piedad año tras año (y eso que avanzamos tecnológicamente, industrialmente y, por qué no, imbécilmente). Duele el corazón cuando los salarios, quién sabe por qué inexplicable y misteriosa razón, son mucho más bajos si se trata de mujeres. Paradógicamente, ellas son la mayoría en las universidades y en los centros de educación superior. Ellas son, según las encuestas, más responsables y mejores emprendedoras en sus trabajos. Sí, las mujeres también trabajan... No sólo valen para quitar mierda y parir hijos, pero parece que algunos aún no pueden -o no quieren- darse cuenta. La verdad es que sí, el 8 de marzo es especial. Vuelve un día que debería hacer reflexionar y transformar tanto mentes como corazones. Pero seguimos igual de ciegos, en el mismo lugar de siempre... Al menos a mí me lo parece.
En fin, en mi condición de mujer, de mujer que habla mucho y se resigna poco... La entrada de hoy más que de protesta o de repulsa será de gratitud. Sí, a pesar de vivir en una sociedad que me desagrada y me provoca con demasiada frecuencia una intensa animadversión, hoy tengo más razones para agradecer que para patalear. Será porque hace una semana mi propio eje temporal se detuvo en las dos décadas. Veinte años, veinte primaveras, veinte películas llenas de sonrisas y lágrimas.
Cuando tengo entre mis manos un disco nuevo, siempre me detengo en la parte del libreto que lleva los agradecimientos del cantante, los músicos o quien sea. Me gusta, sinceramente, leer con detenimiento esas líneas, cargadas de gratitud y emotividad. Es ahí donde uno reconoce que, sin el apoyo o la fuerza de sus compañeros, del productor o de cualquier otra persona, ese trabajo nunca hubiese sido posible. Cuánta razón tienen. Personalmente, yo no he grabado ningún disco, pero mis veinte años han sido hasta ahora eso: un trabajo arduo e intenso lleno de notas y acordes emocionales; lleno de sacrificios, metas y buenas y malas letras. Lleno de subidas y bajadas, de poesía y de música. Y mi música, la música que describen los latidos de ese corazón que retumba entre mi pecho, nunca podría sonar sin la fuerza de los que están ahí, de mi particular pentagrama que es mi vida, de los que conforman las cinco líneas de mi pentagrama y de mi vida. Y es por eso que, si en este momento suena algo -más o menos armónico- dentro de mí, es gracias a que vosotros formáis parte de mi particular partitura. Y es por eso que las notas que suenan hoy, desde mi alma y a mis veinte años, son de alegría y de gratitud, a pesar de todo.

¿A quién debería dar las gracias por tensar y mantener el pentagrama de mi vida? ¿A quién, o a quiénes dirijo hoy esta inconmensurable gratitud?

En primer lugar, a mi familia. En primer lugar a mis padres, a mis abuelos y a mis tíos. A mis primos. También a todos aquellos que sin tener mi sangre son mi familia y forman parte de ella. A mi gran familia. Sí, a mi familia... porque siempre apostaron por mí, porque llorar y ríen conmigo. Porque me dan la fuerza. Porque sé que están aquí, bien cerca y porque me consideran perfecta cuando nunca podré conseguirlo. Gracias. Y es que sin vosotros no sabría ser, ni sería. Porque la mayor parte de mí sois también vosotros. Especialmente, gracias a Samu y a Gersón.
En segundo lugar, doy gracias a mis amigos. Reconozco que, uno de los logros más difíciles de la vida es encontrar verdaderos amigos. Sí, amigos que se cuentan con los dedos de una mano y quizás con menos. Gracias a vosotros y vosotras, por lo que me dais, lo que sois y habéis sido. Porque formáis parte de mi identidad, de mis alegrías y mis lloros. Gracias porque me aceptáis tal como soy, porque me dais la mano y sigo adelante y sonriendo. Gracias, por supuesto, a ese grupo de "periodistas" o periodistas y ahora también "histórico-artísticos" que apareció en mi camino hace casi dos años. Gracias a vosotros: Lu, Lau, Pau S, Pau F, Llum, Nuria, Carlos, Gala, Eugenio, Silvia, Ángela... Porque decir que "os quiero" se me queda corto e insuficiente. Por lo que compartimos, hemos compartido y aún compartiremos. Por los días de clase, risas, aventuras y aburrimiento. Por las celebraciones y los exámenes. Gracias también a vosotros.

Gracias, cómo no, a la vida. Sí, a la vida. Gracias a ella y a su caprichosa cuerda que tan pronto te eleva como te estrella contra el suelo. Gracias a la tristeza, gracias a la alegría. Gracias a ambas porque sin una, apreciar la otra sería imposible. Gracias a la nostalgia y también a la melancolía, porque de ellas nace la mayor parte de mi poesía

Doy también las gracias a aquellos que un día me enseñaron y me inculcaron ese amor por la música, por mi musa literatura y por muchas cosas más. Gracias, Iso. Gracias Ximo, Albert e Inma. Gracias, Pailar; gracias, Domènech; gracias también a Josep Lluís, Pepelu y Pilar S. Ahora me doy cuenta de que, como decía el refrán, "la educación es lo único que queda cuando todo lo aprendido se ha olvidado".


Mi gratitud no puede pasar por alto, cueste lo que cueste, a aquellos que me hicieron un día caer. Gracias a los que me dejaron, intentaron pisarme y me abandonaron. Gracias a los que me odiaron sin motivo y sin justificación. Gracias a los que jugaron conmigo e intentaron hacerme daño, gracias a todos. Os doy las gracias porque, sin vosotros, no sería quien soy. Gracias a vosotros y a vuestras heridas, mis cicatrices hoy me hacen fuerte, me hacen más valiente y decidida. Gracias a esta estúpida sociedad por hacerme entender que, a diferencia de lo que la mayoría y las absurdas modas proclaman, no por tener más a la vista los huesos se llega más lejos. Gracias a vosotros sé lo que quiero, pero sobre todo estoy segura de lo que NO quiero. Encontrarme con vosotros me hizo reaccionar, abrir los ojos y convertirme con más o menos trabajo... en esta mujer. Y es que una rosa nunca será auténtica sin sus espinas.


Pero claro, no todo son espinas en una rosa. Como dicen los dueños del lenguaje popular "una mujer, como una flor, sin amor se marchita". El amor, sea cual sea su forma o estado, la embellece y la mantiene viva. El amor, como el sol o la tierra o el agua, la nutren y vivifican. Porque una rosa no crece ni florece sin amor. Una rosa sin amor es como una carta no escrita. De este modo, también le doy las gracias al AMOR, porque como al Fénix, hace renacer a esa mujer y la dignifica. Gracias al amor, desde sus diferentes muestras y maneras. Gracias a todos los que me dais y me abrazáis con vuestro amor... y, de una manera especial gracias a ti, amor, por querer descubrir y compartir conmigo esta espiral de intensidades que es mi vida. Gracias por encontrarme, gracias por dejarte encontrar, gracias por esa tarde donde de la mano empezamos a caminar.

Dejo las últimas líneas para darte las gracias a ti, a mi Dios, por ser de mi gratitud el motivo principal. Gracias a ti, Señor, por dejarme ser, crecer y embellecer. Gracias a ti por mi familia. Gracias también por mis amigos, por la vida, por los que me enseñaron y también por los que me causaron alguna herida. Gracias, sobre todo, por el amor que recibo y encuentro en esta espiral de la vida. Gracias por el amor, gracias por tu amor, gracias por hacer latir un corazón que sin tu fuerza y tu aliento nunca latiría. Gracias, en definitiva, por darme esta vida... por ser mi vida. Gracias, porque desde ese lugar donde quiera que se encuentra el cielo... Tú me mantienes siempre en paz y con los pies en la tierra.

En el Día Internacional de la Mujer y, rozando ya los primeros días de mi segunda década de vida... Os doy las gracias por ser parte de mí, por querer conmigo vivirla.

Vuestra Azahara, vuestra Azy, vuestra "nena" y, también ahora... tu Marianne.

15 feb 2010

¿Invierno?


Su risa. Blancos, perfectos, inquietos y dulces los dientes. Profundos océanos de miel los ojos y, la piel, un manto teñido de violentos atardeceres. Abrir una puerta, cerrarla. Encontrarle, adivinarle, observarle, contemplarle... Volver a caer ante su risa. Reír, gritar, empezar un baile sin final, girar y girar... mientras los ojos se cierran y no hay nada más. Nadie más. El dos se convierte en el número perfecto. Deshacer el espacio, detener el tiempo.


Viento. Invierno transformado, escenario idealizado, tempestades de besos huracanados, latidos, suspiros, sabores prohibidos. Sobre un manto morado y tranquilo, abrazarse dormidos. Del silencio más hermoso al fin descubierto, dos bocas que comparten más allá de lo cierto y lo incierto...


El momento. La efímera existencia de la luna. Labios que se desatan, corazones que se derrumban. Viento. Invierno transformado, escenario idealizado, luces y motores apagados, dedos entrelazados. Tapados.


Flores, un atardecer y un techo poblado de estrellas. Volar, deshacerse, perderse, derretirse bajo ellas. Palabras, frases, abrazos, caricias. Susurros, intensidades sin pausa y sin prisa. La noche. Volver. Ver al sol desaparecer. Bailar otra vez. Esconderse bajo el abrigo, encontrar en su mano el calor más amigo. Conmigo. Temblar, porque el inviero es frío. Su risa que vuelve, me abraza, me ahoga cual río.


Porque dentro de ti brilla el sol. El invierno murió cuando cerramos la puerta. Entra, pasa, déjalo fuera, él no lo llegará a entender. Nunca podrá adivinar que la llama al encontrarnos, bajo el frío también será capaz de arder. Tu reías y, en tu risa, yo me veía caer.




11 feb 2010

Marianne

Han pasado más de treinta años, pero aún la recuerda. No era el suyo un pueblo muy conocido y estaba medio perdido entre las verdes y frías regiones de Alemania. Cinco calles y un par de plazas. Su casa era antigua, pequeña, muy similar a las demás. Sin embargo, ella le dejaba siempre abierta la ventana. En la puerta, descansaba día y noche la bicicleta, aquel artilugio oxidado y azul...


La bicicleta. La primera vez que la vio andaba subida en ese trasto. Levantaba las manos del manillar y gritaba mientras el viento revolvía aquella melena larga, indómita, salvaje. El sombrero tapaba medianamente sus ojos y sobre sus ropas caían cientos de cuentas de colores en forma de collar. Era un mujer muy extraña, pero su intensa mirada le arrastró... La contempló, sin miedo, como quien descubre por primera vez el mar ante sus pies. Su belleza desconocida y aterradora la hacía aún más atractiva. La recuerda así, como la encontró aquel primer día, mientras acaricia la trenza que ella misma se cortó y le regaló varias décadas atrás. Ese mechón de pelo hábilmente retorcido y adornado era su mejor recuerdo.


Volvió a verla. El verano aún no había terminado cuando se decidió a dar un paseo hasta la colina. Los girasoles le guiaban en un camino cálido y sublime, rebosante de mariposas, pájaros y sensaciones. De repente, sus ojos se detuvieron ante una antigua caravana pintada con colores estridentes y un pequeño grupo de gente alegre que cantaba y tocaba la guitarra sentada en el suelo. Eran muy jóvenes. Su voz le golpeó. La joven de pelo cobrizo y sombrero de paja, la misma que había visto un par de días atrás, le invitaba a sentarse. Vaciló, dudó... pero en ese instante uno de los melenudos entonaba las primeras palabras de Let it be. Conocía bien aquella canción, la conocía y se moría de ganas por conocer también a esa chica.


Y la conoció. La tuvo, intentó reternerla y la perdió. Ella, la criatura más hermosa pero a la vez más caprichosa y escurridiza del planeta, le prometió un amor sincero, un amor eterno condenado a ser libre. Él la quería, no había en el mundo nada más enigmático y deseable que ella. Desapareció, aunque nunca dejó de escribirle. Hasta cinco veces dicen que cambió de nombre, pero aquel verano no le falló ni una sola noche a la cita en la ventana. Cantaba para él, cantaba a susurros mientras él la adoraba. Se fue, antes de que él regresara a casa de sus vacaciones y pudiera despedirse de ella. Se fue, pero en la ventana de tantas lunas, un sobre y una trenza le devolvieron la ilusión. Su vida era ella. Se fue, desapareció sin regalarle ni siquiera un tenue adiós. Su espíritu libre se la arrebató, pero en noches como ésta, él le canta en soledad aquella secreta canción...


5 feb 2010

Horas contadas






Por primera vez en mi vida, sé adónde quiero llegar. La soledad es una ventana que puedes abrir y puedes cerrar.

Quedan tras las aceras unos cuantos rescoldos de la noche. La luna gira, gira sin sentido entre anhelos y reproches. La vida se vuelve simple, fría, cómoda, apacible. La taberna sigue abierta y, a mi paso, se detienen los coches.

Beben los que engañaron su alma con vino, perfumes baratos y amores. La música suena y resuena a través de los viejos altavoces. Luces de neón, luces amarillas, verdes y eternas. Mujeres mal maquilladas, mujeres solitarias enseñando sin gracia las piernas.

No sé dónde me he metido. No me importa, parece divertido. No necesito beber más de una cerveza esta noche, me digo. No necesito pedirle nada a nadie, tengo lo suficiente, no tengo complejo de mendigo.

Ahí llega. Una chaqueta marrón, una sonrisa ardiente y una camisa de paño. Se presenta, me levanto y, vehemente, con una mueca le regaño (he tenido que esperar cinco minutos). Disfruto. No sabe bailar, ni se empeña, le gusta dejarse llevar mientras la loca de mí, entre risas, le enseña.

Bailaremos, bailaremos hasta el amanecer. No esperamos a nadie, no pertenecemos al mundo, no necesitamos volver. Sólo unas cuantas sonrisas más, cuatro canciones y nos vamos. Me hacen daño los zapatos, salimos fuera y, mientras me calzo, sostienes mi bolso entre tus manos.

Qué utópica parece la calle mientras nos perdemos, qué lejos y qué cerca el día en que nos reencontraremos. Apagamos las farolas mientras, mirando al cielo, los transeúntes solitarios derraman su aliento. Nos metemos en un cine y, con las luces apagadas buscamos un par de asientos.

No necesito más. No hay que completar lo incompleto. Tu chaqueta como abrigo, entre tú y yo no hay secretos. Hemos dejado el club de las horas contadas. Lo perdimos y lo olvidaremos. Hemos dejado los cuentos de hadas, ya no nos los creemos. Nos tenemos los dos y, sin palabras, siempre nos entenderemos.

Por primera vez en mi vida, sé adónde quiero llegar.






(A David)