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29 sept 2012

Y llueve

Llueve, y las ventanas están dormidas. Su luz refleja las melodías de mil gotitas que ya resbalan. Llueve, y los cristales están cerrados. Tienen miedo tras un verano que derritió aquellos tejados donde hoy duermen los secretos. Las gotas se agolpan, se estrellan, se fusionan. Las calles se ahogan, el viento destroza en cada estanque mi reflejo.

 Miro por mi ventana. Veo llover sobre los charcos y me estremecen los relámpagos. Entonces pienso que hubo otro tiempo donde creímos ser eternos. Lo fuimos, lo fueron aquellos segundos apresurados. Veo la playa de arena gris, los jardines mojados y los tristes tejados de París. Torres enfermas, hombres de traje, nubes muy negras, hambre de viajes.


Miro por mi ventana. Alguien corre, las farolas se apagan y caen, dobladas, las antenas. Vuelve un rumor conocido. Una sensación dentro del jersey. Un olor a pan recién hecho y a mermelada de fresa. Oigo crujir en mi boca las castañas. Vuelvo a mirar y, ¿qué veo? Otro otoño que se acerca, que se advierte, que se espera. Otro otoño para ahogar las lágrimas y las palabras que nunca dijimos. Esas palabras que ya nadie dirá, pues como las hojas caducas, todo lo que no se dijo y lo que ya se hizo en el otoño morirá. Entonces sólo habrá sombras. Sólo recuerdos.





1 may 2010

Ausencia

Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado. El verdadero y firme enamorado está, cuando está ausente, más perdido. (Juan Boscán)


AUSENCIA

El reloj marca las once y su prisa y esta cama me recuerdan que no estás. Podría salir y ver cómo se esparce la noche entre las cenizas de unas aceras mediocres y un silencio sin final.

Cierro la puerta y mi cárcel me secuestra para escapar de esos gritos y esas voces que me amenazan tras el umbral.

Acaricio mi pelo, húmedo todavía, y me pregunto con tristeza si encontraré la certeza de saber cuándo vendrás.

Tu ausencia es la culpable de que deshoje cada recuerdo y, mientras me vence este sueño, te necesite más, siempre más.

Podría abrir la ventana y perderme, como otra sombra, en la basura que alguien se deja abandonada tras el cristal.

Me acerco al portal donde nos despedimos anoche y siento tus labios cuando acogen los míos sin vacilar. Acaricio mi pelo, húmedo todavía, y me pregunto con tristeza si encontraré al fin la certeza de saber que volverás.

El reloj marca las once y su prisa y esta cama me recuerdan que hoy no estás.

11 feb 2010

Marianne

Han pasado más de treinta años, pero aún la recuerda. No era el suyo un pueblo muy conocido y estaba medio perdido entre las verdes y frías regiones de Alemania. Cinco calles y un par de plazas. Su casa era antigua, pequeña, muy similar a las demás. Sin embargo, ella le dejaba siempre abierta la ventana. En la puerta, descansaba día y noche la bicicleta, aquel artilugio oxidado y azul...


La bicicleta. La primera vez que la vio andaba subida en ese trasto. Levantaba las manos del manillar y gritaba mientras el viento revolvía aquella melena larga, indómita, salvaje. El sombrero tapaba medianamente sus ojos y sobre sus ropas caían cientos de cuentas de colores en forma de collar. Era un mujer muy extraña, pero su intensa mirada le arrastró... La contempló, sin miedo, como quien descubre por primera vez el mar ante sus pies. Su belleza desconocida y aterradora la hacía aún más atractiva. La recuerda así, como la encontró aquel primer día, mientras acaricia la trenza que ella misma se cortó y le regaló varias décadas atrás. Ese mechón de pelo hábilmente retorcido y adornado era su mejor recuerdo.


Volvió a verla. El verano aún no había terminado cuando se decidió a dar un paseo hasta la colina. Los girasoles le guiaban en un camino cálido y sublime, rebosante de mariposas, pájaros y sensaciones. De repente, sus ojos se detuvieron ante una antigua caravana pintada con colores estridentes y un pequeño grupo de gente alegre que cantaba y tocaba la guitarra sentada en el suelo. Eran muy jóvenes. Su voz le golpeó. La joven de pelo cobrizo y sombrero de paja, la misma que había visto un par de días atrás, le invitaba a sentarse. Vaciló, dudó... pero en ese instante uno de los melenudos entonaba las primeras palabras de Let it be. Conocía bien aquella canción, la conocía y se moría de ganas por conocer también a esa chica.


Y la conoció. La tuvo, intentó reternerla y la perdió. Ella, la criatura más hermosa pero a la vez más caprichosa y escurridiza del planeta, le prometió un amor sincero, un amor eterno condenado a ser libre. Él la quería, no había en el mundo nada más enigmático y deseable que ella. Desapareció, aunque nunca dejó de escribirle. Hasta cinco veces dicen que cambió de nombre, pero aquel verano no le falló ni una sola noche a la cita en la ventana. Cantaba para él, cantaba a susurros mientras él la adoraba. Se fue, antes de que él regresara a casa de sus vacaciones y pudiera despedirse de ella. Se fue, pero en la ventana de tantas lunas, un sobre y una trenza le devolvieron la ilusión. Su vida era ella. Se fue, desapareció sin regalarle ni siquiera un tenue adiós. Su espíritu libre se la arrebató, pero en noches como ésta, él le canta en soledad aquella secreta canción...