14 abr 2020
Abrazos en nevera
Me siento arrastrada por un vendaval
atrapado dentro de la cáscara de nuez.
Sube y baja la montaña rusa emocional
mientras en mi cabeza nada un pez.
La realidad se ha detenido en mi reloj.
Vuelan los pájaros en el cielo de València.
Se adivina cada día más lejana tu voz,
pierdo la cordura en este estado de latencia.
Ya no hay fiestas en el sofá de los besos.
Ya nadie arranca los frutos de la morera.
Solo observo sombras de ciudadanos presos.
Solo hay recuerdos de abrazos en mi nevera.
¿Quién nos rescatará de esta primavera ausente?
Por mi ventana he visto pasar, tal vez, un ángel.
¿Cúando volverán nuestros días de plazas y gente?
Los ojos de mi casa me miran con tristeza de cárcel.
3 abr 2020
"Stand-by"
En tiempos de coronavirus
la limpieza de la casa
hay que extremar.
Y hacer ejercicio (en el suelo).
Y comer sano (y no engordar).
Y aplaudir a las ocho.
Y teletrabajar.
Mi mente se embarulla
intentando armar
el puzzle de quehaceres
para que los días no pasen,
aciagos,
sin pena ni gloria,
así sin más.
Hoy he tomado el sol
en la azotea.
He respirado el aire
(mucho más limpio)
que desprende mi ciudad.
Sacudo el edredón.
Cae una foto en blanco y negro.
Antes del toque de queda, tú y yo.
Guardo la polaroid.
Nuestro verano queda aplazado
en el cajón.
2 abr 2020
Abriles robados
Veo pasar, a cuentagotas, los segundos
tras mi triste ventanal.
Un perro. Dos hombres con mascarilla.
El coche de la Policía Nacional.
Cruzan las vías unas señoras que hacían cola
en la puerta del supermercado.
Termina la lavadora. Salgo al patio.
Llora el bebé de mi vecina de al lado.
Recuerdo abriles llenos de vida.
Recuerdo el pueblo.
Recuerdo tus guantes mojados.
Cierro los ojos y saboreo aquellas tardes de campo,
la cal de la pared en la casita de los tres tejados.
Como decía el cantante,
alguien me ha robado el mes de abril.
Subo a la terraza.
Tiendo entre las cuerdas ardientes dibujos de ti.
Hoy he pensado en aquella tormenta
entre olivos centenarios
(tú trajiste la lluvia, yo no me puse a cubierto).
La televisión me distrae
de sonidos de ambulancia y desconcierto.
Respiro el oxígeno que necesito
acariciando, a distancia,
la línea fina de tus labios.
10 mar 2019
La última y nos vamos
Suenas a blues bajo la luna llena.
Desde lo alto, Barcelona late para nosotros intermitente y en calma, a lo lejos.
Te acercas a mi cuello, y me susurras: "la útlima lata de cerveza, y nos vamos".
Solo tú y yo sabemos toda la intensidad que puede esconder esa sencilla promesa.
Cae la última estrella fugaz.
En el eco de tu voz a mí ya se me eriza la piel.
Para K.
5 ene 2019
Noche de Reyes
Poder escribir solo cuando los planetas se alinean y de repente, como una estrella fugaz en mitad de la cabalgata, el tiempo nos regala un momento que nada cual pez, nervioso e inquieto, en una taza caliente.
Ver reflejada tu sonrisa en el fondo del agua y escuchar, tras tantos meses de invierno detenido, ese tictac de mi esencia encenderse y hervir de nuevo en mi congelado corazón.
Porque en mis manos heladas tus dedos largos vuelven a reavivar aquella brasa que muerta dormía mientras se apagaba, junto con mis fuerzas, a cada golpe de la vida mi sangre.
Yo no pido regalos, porque hoy, después de meses tan eternos que parecen siglos, solo me hace falta mirarte unos segundos para levantarme del suelo y verme renacer en ti.
24 abr 2018
La vida imposible
Hay noches que duran años.
Aunque tengan cuatro horas,
dos minutos,
o un segundo,
en un vaso de ginebra
me he bebido el mes de abril.
Amarnos sin amarrarnos,
besarnos sin escondernos,
leernos sin acabarnos,
mirarnos para escribir.
Qué primavera sin flores.
No te rías si hoy te digo
que he cambiado mi destino
para no escapar de ti.
Secretos, dinero, piernas.
No sé qué tendrán las otras,
pero esta broma macabra
no me deja ni dormir.
Mi cama, esa sala de espera
por donde la sombra de tus ecos
pasa a tientas y mi boca
mastica dibujos de ti.
Esta ha sido nuestra historia.
29 mar 2018
Donde todo empieza
Creo que los bares
se deben abrir
para cerrar las heridas.
(Fito)
Hoy volveré al lugar donde todo empieza.
Mi mente se ha despertado con un enredo de pájaros.
Solo trato de sobrevivir a esta locura que es la vida.
Quiero dejarme llevar.
Hoy volveré al lugar donde todo empieza.
Aparecerás, imprevisible, por cualquier calle.
Llevarás en las manos unas redes de pescar
para sortear este mar contaminado de recuerdos.
Sentada en la barra del bar donde soñamos
mientras me aguanten los huesos y el alcohol
te quiero seguir mirando.
Acabaré buscando versos
en el fondo de mi vaso.
¿Qué más da si estoy así?
Déjame sangrar despacio.
Cojo una servilleta para intentar escribir, pero el papel es débil.
Todas las palabras que te quiero decir se me rompen enseguida.
17 ene 2017
La maravilla de tu cuerpo
Ay, amor mío,
qué terriblemente absurdo
es estar vivo
sin el alma de tu cuerpo,
sin tu latido.
(Aute)
No guardo recuerdos más claros que tu cuerpo.
Cuidadosamente lo dibujo, con los ojos llenos de lágrimas,
con una maraña de cristales en mis ojos.
De ti no sé nada. ¿Dónde estará ese templo perfecto?
No es una persona ni una cara lo que amo.
Es la imagen de un cuerpo (tu cuerpo) en la que entre sueños me veo arder.
Recorro el parque de la música. Rebusco en los rincones.
Vuelvo a leer nuestras mil y una noches.
Rozo las viejas paredes de cal, tan frías, tan familiares.
Dos iniciales con pintalabios granate. Dos idénticas iniciales.
Como un niño en día de feria, entre gitanas y luces,
como quien descubre la teoría heliocéntrica,
subías con prisa hasta la plaza.
La piel blanca, las marcas del acné pueril.
La carne temblorosa como un aleteo de esperanza.
Muchos años después te invoco joven y enigmático sobre tus piernas.
Sonaban los ecos de los ladridos nocturnos.
Nos sorprendía la brisa de la madrugada de agosto.
Se enfriaba el agua en la piscina.
El césped se convertía en el colchón más blando.
No lloro recuerdos más exactos que tu cuerpo.
Venías sigiloso por la esquina, desde la carretera.
Bailábamos felices en mitad de la verbena.
Inútilmente llenaría mil hojas describiendo la belleza de tus manos.
¡Ay, aquellos dedos creados por la locura! ¡Oh, la solemnidad del mármol en tu estómago tallado!
¡Oh, la exactitud de tu perfil de estatua griega!
Por los jardines y solares adivinaba tu olor.
Los gatos nos miraban salir a tientas del garaje.
Las cajas de botellines en la puerta del bar.
Millones de estrellitas chocando en la lluvia estival.
¡Ay, la fugacidad de aquellos encuentros torpes!
¡Oh, la sal de tu cuerpo adorable sobre mi boca suave!
No sufro recuerdos más vivos que tu cuerpo.
Trato de enterrar su cadáver, pero regresa a paso lento.
Etrusco de piedra y sin vello. Brazos donde quedarse a dormir.
En las raíces de tus venas toda la sangre de mi corazón adolescente.
Pero yo te necesitaba así, te quería así:
fui allí para encontrarte, para recuperarme en tu mirada.
Escondidos todavía nos observo y nos escucho reír.
Hay personas que se aferran a un nombre (Fernando, Eduardo, Manuel).
Yo recuerdo un pajarillo inquieto en tus rodillas al que también quería.
Tú nunca supiste (o eso decías) conocerme.
Hay quien se enamora de palabras.
Nuestras promesas sólo fueron carne de papel.
Yo vivo encadenada a un cuerpo sin dueño, sin cara, sin él.
Es la imagen de un desnudo digno, venerable, exquisito.
Un recuerdo precioso, intocable y, por qué no, cruel.
Cada noche a altas horas se despiertan mis labios.
Cada mañana se rasgan y se queman por la misma sed.
Entonces me levanto de la cama.
Me persigue todo el día un enfado insoportable.
12 ene 2017
So long, Leonard
Like a bird on the wire,
Like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be free.
Esta noche hay una fiesta sorpresa en la azotea del Chelsea Hotel.
Una larga mesa en la que cuelgan manteles bohemios se extiende entre cojines bordados, ceniceros, botellas de vino tinto y guitarras.
A un lado, Suzzane con su famoso chubasquero azul. Al otro, la cautivadora y siempre rubia Marianne. La electricidad es cada vez más tensa en su duelo de miradas.
El horno emite un chillido y el reloj de cuerda marca las nueve. Llaman a la puerta. El melancólico señor del sombrero negro y aire gipsy está a punto de entrar. Algo le dice que le estaban esperando.
Bowie, Prince, Lorca, Joplin, Michael y otros enigmáticos invitados se frotan las manos ante la emoción de tal esperado reencuentro. Quedaron muchas preguntas por responder.
Los dos ángeles que hace décadas protagonizaban aquella polémica portada vuelan desnudos sobre la terraza y, mientras levantan sus trompetas con alegría, pasean sus sexos con entusiasmo y sin pudor.
En el cielo no hay censura.
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13 abr 2016
Ítaca
Emprendió su viaje (llevaba años preparando su maleta, aunque yo aún no lo sabía) una noche de abril. La cena se quedó fría en la fiambrera que dejó en la cocina. Su smartphone fue testigo de aquella larga, traicionera (y quizás definitiva) conversación. Tras los cristales, en el aire de Barcelona se respiraba la tragedia. La una, las dos, las tres. Con aquel salto al vacío la mañana nos despertó como un temblor.
La partida fue tan impredecible como ella. No pudimos despedirnos. No dejó notas, no puso un trocito de papel en la nevera, nada. Siempre fue un pajarillo impulsivo y volátil. Por eso y, pese a todo, la perdoné.
Cuando salió el sol a mí con la noticia se me apagaron las estrellas. Pero ella, aparentemente tan fría y tan quieta tras el cristal, ya había llegado. Sabía que en su isla alguien la estaba esperando. Partió con una margarita blanca en el pelo, con Neferititi tatuada y un ramo de violetas en las manos. Cuando la vieron llegar, ante su faro las sirenas la recibieron con su canto.
En su casa, Ulises, Homero, Martina, Nerón, Maya y sus princesas lloraron huérfanos. Yo me quedé en blanco y negro al colgar aquel teléfono.
Desde el día en que nació su destino estaba claro. Era la calma disfrazada de tormenta, era el invierno y el verano. Todavía la busco y creo que la veo con los ojos cerrados.
Sonríe en la pista, baila y mueve el negro pelo. La miro con nostalgia y una palabra resuena sempiterna en sus labios. Ella me seca las lágrimas y la repite una y otra vez: Ítaca, Ítaca, Ítaca.
Yo, para cerrar esta herida, le pido que me devuelva aquellas canciones felices.
Ahora escribo poco y casi siempre letras tristes.
La partida fue tan impredecible como ella. No pudimos despedirnos. No dejó notas, no puso un trocito de papel en la nevera, nada. Siempre fue un pajarillo impulsivo y volátil. Por eso y, pese a todo, la perdoné.
Cuando salió el sol a mí con la noticia se me apagaron las estrellas. Pero ella, aparentemente tan fría y tan quieta tras el cristal, ya había llegado. Sabía que en su isla alguien la estaba esperando. Partió con una margarita blanca en el pelo, con Neferititi tatuada y un ramo de violetas en las manos. Cuando la vieron llegar, ante su faro las sirenas la recibieron con su canto.
En su casa, Ulises, Homero, Martina, Nerón, Maya y sus princesas lloraron huérfanos. Yo me quedé en blanco y negro al colgar aquel teléfono.
Desde el día en que nació su destino estaba claro. Era la calma disfrazada de tormenta, era el invierno y el verano. Todavía la busco y creo que la veo con los ojos cerrados.
Sonríe en la pista, baila y mueve el negro pelo. La miro con nostalgia y una palabra resuena sempiterna en sus labios. Ella me seca las lágrimas y la repite una y otra vez: Ítaca, Ítaca, Ítaca.
Yo, para cerrar esta herida, le pido que me devuelva aquellas canciones felices.
Ahora escribo poco y casi siempre letras tristes.
Futuro presente
Me da pena pensar que algún día querré ver
Ahora que el presente es difuso y el futuro me aterra,
busco la vida que al dejarte perdí y contradigo al poeta.
¡Ay de mi niñez! Ya no es fábula de fuentes.
Las noches son oscuras y escucho crujir mis dientes.
Ahora que mis pasos se tropiezan con la niebla
busco tu risa en su boca, busco tu calor en su piedra.
La alegría la pensé en un recuerdo que se aleja.
El destino lo advertí en otros ojos y en tus tierras.
Serás la mujer de la casa y los hijos te quitarán la pena.
Lo importante ─decían─ es la estabilidad, ganar dinero.
Serás una mujer resignada, madura, serena.
Cierro las ventanas de mi día y aún me creo que te espero.
¡Ay de mi niñez! Ya no es fábula de fuentes.
¡Ay de mi verano! Hoy te busco entre estas gentes.
1 dic 2015
A un billete de ti
La sonrisa ancha,
la lluvia en el pelo.
No importaba nada,
ibas a encontrarte con él.
Con él, con él, con él.
Son cinco minutos.
La vida es eterna
en cinco minutos.
(Víctor Jara)
Ya no somos los mismos. Hemos tratado de convencernos, de reencarnarnos, de copiar vagamente lo que fuimos. Pero, aunque ciegos, las cosas ya no las vemos igual. Han pasado nueve años y el cuerpo no es lo único que cambia.
Mi corazón era un volcán a punto de estallar con furia. Pasaban unos minutos de las cinco de la tarde. Oh, las cinco de la tarde. La hora de mi muerte en vida. El momento de la embestida. Un reencuentro. La pasión. Me temblaban las piernas y me escondí tras la pared. ¿Estaba preparada para volver a verle?
Llegó con una chaqueta de pana negra, con un jersey mostaza, con una cartera y el ardor en la piel. El rostro que tantas veces había besado sentía los estragos de los años, y eso lo embellecía. El chico tenía menos pelo y muchas más canas. Sin embargo, conservaba el atractivo de entonces: sus labios finos, sus dedos largos, su perfecta nariz, No pude evitar mi sonrisa de niña. Volví a aquel tiempo en que todo era posible y, casi siempre, amargamente feliz.
Nuestro abrazo duró más que nuestra historia. Más que un milenio, más. Más que todas las promesas. Me emborraché de aquel olor que tanto había echado de menos. Aquel olor que me arrastraba y en el que me sentía arder. Los ojos se reencontraron. Nos sentimos piel a piel. Regresamos al infierno del dolor y del placer.
Ya no somos los mismos. Hemos tratado de escondernos en los rincones de un Madrid que se estremece, que nos acoge y sabe a metros, jardines, restaurantes y hotel. Un Madrid testigo de recuerdos. Un Madrid de silencios, de besos prohibidos y sueños robados. Un Madrid de noviembre que huele a Navidad anticipada. Un Madrid a veces claro y a veces gris. Un Madrid que se enternece y que recoge los trozos del futuro que perdimos.
Hay días en que no necesitamos más de cinco minutos para volver a vivir. A menudo la muerte se instala en nuestros huesos en forma de insípida rutina. Allí, entre luces, gentes y calles, el tiempo se detiene y, con sudor y sangre, los amores pelean por volver a nacer. Las personas se aferran al paisaje, a las hojas caídas, a los monumentos, a los escaparates. Sus deseos se visten de gala y salen en busca de suerte por última vez. Aunque lo pierdan todo.
El niño de campo ahora es un hombre. La niña de ciudad ahora es mujer. La memoria puede ser una amiga pero también una amante cruel. El sexo ya no sabe a castañas con chocolate. Los celos son pistolas cargadas para matar. El pasado pone las balas, y ahora el rencor las dispara.
Había una vez un parque con un lago y unos patos salvajes. Había también unas manos que heladas se entrelazaban. Él se declaró con ansiedad y de rodillas. Ella tenía que subir a un tren. La vida a menudo es amarga. Pero en su noria de sentimientos lo efímero puede ser maravilloso también.
9 abr 2015
Sirena varada
Nunca me iría sin ti a las profundidades.
En el olvido jamás te dejaría.
Eres la sirena por la que cambiaría
mis pies por escamas contra las soledades.
Nunca me iría sin ti a las profundidades
porque sin tu recuerdo estoy perdida.
Necesito encontrar la oscura salida
hacia la que buceamos tantas tardes.
Sirena, princesa, prima.
Hoy tan mía y tan de nadie.
Sirena, princesa, amiga.
Mi nostalgia sabe a sangre.
Nunca me iría sin ti a las profundidades.
Me quedé con ganas de más, de tanto.
Quisiera vender por risas el llanto
que ahoga de pena todas mis felicidades.
Maldito teléfono el de aquel día.
Sin saberlo y de repente te perdía.
(Para Miss Carrusel en su odisea hacia Ítaca)
9 mar 2015
Rayuela
Todo dura siempre un poco más de lo que debería.
(Julio Cortázar)
Déjame acariciar las trenzas de tus lágrimas.
Déjame ser la hoja que, afilada, rasga tu piel.
Como una luciérnaga que brilla sobre la cima
déjame subir al Sol para verme otra vez caer.
Abre las piernas, un salto limpio.
Del suelo al cielo y tira otra vez.
Tu destino sigue vivo mientras sueñes.
En mis cristales de marzo nada un pez.
Déjame secar la lluvia de tus ojos.
Déjame ser la tinta que inunda el papel.
Como la primavera que hoy se avecina
déjame morir para renacer después.
Tu latido sigue vivo mientras duermes.
Tras mis cristales de marzo sale el tren.
Es tu gran salto el final decisivo.
El diez es tu cielo. Tira otra vez.
27 oct 2014
El otoño se acerca
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
(Ángel González)
(Ángel González)
29 ago 2014
Dolor
es a veces un lamento de huesos.
Los años vuelan densos, espesos
en mitad del horror y del destierro.
Sólo las palabras, y el recuerdo,
pueden llenar estas horas vacías
cuando mata el dolor, lluvia fría,
y los días de alegría quedan lejos.
Escribiré para poder ayudar
a la triste figura que ahora veo.
Se fue el calor, se fue el deseo
y el tiempo más bello vi marchar.
Los minutos muertos bailan tristes
mientras la cama es hoy el puerto
donde un atormentado cuerpo
batalla por volver a volar libre.
Dejad a esta tinta a mí venir
porque si no escribo, duermo.
No quiero ser como ese enfermo
que resignado se ve morir.
28 ago 2014
Lija y terciopelo
Entre el cielo y el suelo
sigue vivo un recuerdo
de historias de dos,
de pereza y desvelo.
Lija y terciopelo.
Un amor temporero
entre olivos y besos.
Un lamento severo
y un ardor en los huesos.
El cuerpo se me revuelve
cuando regresa tu voz.
Revolcón y patera,
una guitarra sin cuerdas,
eso somos tú y yo.
Un colchón remendado
en un octubre de luz.
Una boca sedienta
en un jardín desolado.
Una habitación y una cruz.
Tus palabras son acero.
Mi corazón es de mimbre.
Tu chaqueta es de cuero.
Si te alejas me muero.
Ojalá me quieras libre
entre promesas y celos.
Es nuestro amor temporero.
Somos lija y terciopelo.
26 ago 2014
Aquel amor
Y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor...
(G. G. Márquez)
Los años han pasado como las páginas de un libro que no pudo terminar de escribir. Ya no encuentra un motivo, no logra el modo de empezar un nuevo capítulo. Sus días son grises y opacos, han perdido su color y hoy nada la inspira. Ha buscado esa pequeña luz en cada rincón de su mundo, ha viajado y ha tratado de congelar en su retina cualquier imagen bella y llena de vida. Ha coleccionado atardeceres, sonrisas, paisajes, sonidos, miradas, momentos... pero no es suficiente. Sentada frente al espejo de la cómoda de su dormitorio de matrimonio no se reconoce. Aún conserva la belleza de entonces, aunque en sus ojos se ha instalado una mirada nueva. Es una mujer más pacífica, más serena. En su mano izquierda brilla delicado un anillo de diamantes. Lleva puesto un camisón rosa que contrasta con su negro pelo. Todo en ella ha madurado, pero en su corazón hay una herida que sangra y que ya ni quiere ni sabe ocultar. Una inexplicable tristeza (que dicen que se irá si tiene hijos) se ha detenido en sus ojos y en su corazón. Sólo el olor de las castañas asadas y la luz triste del faro, cada doce segundos, parecen aliviarla.
Hubo un tiempo en que su irónica vida no era mejor, pero sí más fácil. Nada la preocupaba, nada la detenía y cada segundo merecía ser saboreado como el último. Los días tenían un brillo especial. Estaba viva, bailaba y sonreía. En aquella intensidad era feliz. Cerraba los ojos y se dejaba llevar por el cuerpo de su amante mientras la voz de Billie Holiday llenaba la habitación. Bailaban durante horas y sus noches se alargaban entre secretos y besos. Aquel dolor era el más intenso y agradable que había experimentado. Sangraba orgullosa y soñaba despierta disfrutando del sabor más dulce, el cual se había detenido para siempre en sus labios desde que lo conoció. Lo veía en el cielo de la mañana, en la brisa de la noche, en todas las caras de la Luna. Como una pareja eclipsada por su propia tragedia, disfrutaban de aquella enfermedad dichosamente compartida. No pensaban en las consecuencias de su extraña locura porque les embriagaba la pasión, el deseo y melancolía. Los tres elementos se necesitaban, se entrelazaban como sus labios y sus dedos hambrientos de amor.
Entonces no le molestaba arrugarse el vestido, ni acostarse en la hierba. Era una joven guapa, divertida y despreocupada. Era la dueña de su vida y su día a día estaba teñido de éxito y sonrisas. Coleccionaba escondites y las paredes se convertían en testigos de lo que a nadie contó. Todo le iba bien, era una buena estudiante y sólo perdía la cabeza por los hombres. En especial por uno, por su gran amor. Eran jóvenes y la inexperiencia les mantenía siempre vivos, deseando agradar, sorprender, imaginar. Eran dos almas libres y opuestas pero no sabían separarse y cualquier excusa era buena para volverse a encontrar. Ni el paso de los años ha evitado que tiemblen cuando se escuchan, que le tengan pánico al teléfono, que se deseen cuando se miran, que se acaricien sin llegarse a tocar.
Pero todo lo que empieza, le dijeron, tiene que terminar. ¿Terminó algún día? Nunca lo creyó. Conoció a otras personas, viajó por muchos países y vivió aventuras tan grandes como peligrosas. Se vistió de novia, creyó haberlo encontrado todo pero se dirigía al abismo más oscuro. Por las noches una roca pesada amenaza con destrozarle el pecho. El dolor regresa y no puede dormir. Un fantasma la persigue, salta de la cama y solloza a escondidas porque se siente sola, desdichada y vacía. Dicen de ella que lo tiene todo, al menos lo que cualquier mujer que conserve un poco de cordura podría desear: una casa grande, un marido trabajador y atento, un armario lleno, una agitada vida social. Por las madrugadas abre su cajita y vuelve a rozar con cariño un mechón de pelo castaño. Observa las fotos en sepia, las abraza y rompe a llorar.
Sucedió de repente. Una noche, mientras su marido dormía, sentada en la cama lo comenzó a observar. El hombre, que respiraba tranquilo tras el acto sexual, descansaba plácidamente ajeno a la terrible batalla que se estaba librando en el corazón de su mujer. Para ella la convivencia se había vuelto insatisfactoria e insípida. El sexo, soso y aburrido. Las noches, amargas y destructivas. Ya no lo ama. Tal vez nunca lo amó. Se había entregado a él hambrienta de unos brazos que le diesen, por una vez en su vida, seguridad. Toda mujer ansía en algún momento compartir la cama con un hombre que la proteja, que le dé estabilidad. Para ella, no obstante, la estabilidad tiene un coste demasiado grande y encontrar el equilibrio es imposible. Su compañero huele bien, le transmite calma y la complementa con su racionalidad. Pero su día a día es frío y repetitivo. La rutina se ha convertido en una losa que no la deja respirar.
Hay noches que se tiñen de rojo, de cuchillos y silencios. Ella recuerda aquellos días en los que se sentía volar. Su vida era agridulce, pero la intensidad de su locura la mantenía despierta. Lloraba y reía con el mismo placer. Se sentía deseada y poderosa. Era una guerrera radiante, dueña de su caminar.
Sucedió de repente. Se apagó una voz. Su sonrisa se borró y las manos se separaron. No recuerda las razones, no hay responsables ni hay culpa. Sólo hay un deseo que se reaviva, noche tras noche, como las cenizas de su amor. Sigue cayendo, tropezando e intentando salir de su absurdo laberinto. Hay amores que se vuelven resistentes a los años. Parece que se acaban y florecen, pero en las noches del otoño reverdecen acompañados por una magia y una tristeza necesarias.
Dicen que a los muertos sólo los mata el olvido. Si algo es recordado es que nunca terminó.
(Para Fermina y Florentino)
Dicen que a los muertos sólo los mata el olvido. Si algo es recordado es que nunca terminó.
(Para Fermina y Florentino)
20 ago 2014
Volar
A veces no es necesario perder el tiempo intentando contener entre nuestras manos la complicada madeja de la vida controlándola, protegiéndola. A veces simplemente es mejor cerrar los ojos y sentir con los pies descalzos el contacto de la tierra. Escuchar el reloj que nos late en el pecho. Oler el jersey de esa persona que nos hace sentir bien. Encontrarse lejos pero en casa. Encontrarse en casa pero distinto. Volver a esos lugares conocidos, pisar de nuevo las calles y ver que todo sigue, que nada es diferente menos tú mismo. El vértigo es tan natural como puro. Los atardeceres más bellos sólo se observan a tres metros sobre el cielo, por encima de las nubes desde la ventanilla de un avión.
Las mismas caras, pero un nuevo sentido. Te miran y algo de ti ha cambiado para siempre. No volverás a ser la misma persona. Todo cambio te engrandece y toda muerte te renueva. Te abrazas a esa fuerza, al valor para marcharse y al miedo a llegar. Sientes las cosquillas recorrer tu cuerpo. Sonríes sin motivo y no te avergüenza llorar. Ya no es necesario comprenderlo todo. La belleza de la vida también se encuentra en esos instantes inciertos, en el impredecible azar.
A veces no es necesario buscar razones. Sólo debemos abrazarnos a lo nuevo, al sueño y al despertar. Siempre hay algo bueno en lo malo, y a veces lo bueno no quiere decir lo mejor. Todo depende del vidrio con que lo mires. El camino está lleno de sombras, porque allá donde vamos encontramos espejismos. Tú eliges la imagen que mejor define cada uno de tus pasos. Ya no importan los porqués, ahora todo lo entiendes. Y te das cuenta de que has cambiado cuando comprendes que ya no es necesario buscar respuestas a lo que jamás las tuvo. Ya no buscas comprender lo incomprensible, porque sabes sentirte lleno reconociendo estar vacío. Ahí está: la sabiduría se esconde tras cada piedra. Los tropiezos son necesarios para perder el miedo al camino. Sólo sigues esa luz interna que te hace avanzar. Eres firme como una montaña, delicado como una rosa, fuerte como las raíces, libre como las corrientes del mar.
Uno sabe que le pertenece todo cuando no se aferra a nada. Uno aprende a valorar lo que tiene cuando se desprende de sus cosas, cuando parte hacia lo incierto y se va. Todo cuanto amamos tiene que sentirse libre: si regresa, es nuestro; si no, nunca lo será. Todo hombre anhela ser como un pájaro: elegir el momento de partir y el instante para llegar. Pero la libertad es el tesoro más precioso, la fruta prohibida y la piedra filosofal. No se consigue fácilmente. Es una meta por la que luchar. La libertad, tan hermosa como necesaria, tiene un precio muy alto. Algunos por ella dan la vida. Otros simplemente se contentan con aprender, a base de golpes, a volar. Todos llevamos dentro un pequeño pájaro. Más aún, uno puede ser libre aunque esté en una celda rodeado de cadenas si conoce la grandeza de su mente. La mente no tiene límites, su límite siempre tiende al infinito. Y entonces sucede la magia: cuando el hombre comprende que es libre para pensar, entonces se da cuenta de que siempre ha tenido el precioso derecho a volar. De hecho, siempre supo hacerlo.
Para mi sirena, un ave melancólica que dio su vida por volar libre.
12 jun 2014
Lejos
La vida se ha detenido en mitad de una carretera perdida y solitaria. Pasan los coches lentos como los recuerdos y las luces frías iluminan el asfalto cubierto de nieve. Solo. Totalmente solo. Es una ciudad que no conoce, llena de personas que caminan con rapidez. Nadie se detiene. Nadie lo ve. Es una tarde extraña y fría, es un lugar triste para pensar. La casa está muy lejos, ya no lo abraza el calor de ninguna chimenea y sabe que, a pesar de todo, nunca volverá...
En silencio contempla las últimas imágenes que se han registrado en su memoria. Pasan sin pena ni gloria los segundos y, entre la maraña de sus pensamientos, son pocos instantes agradables los que logra rescatar: la risa de los niños, alguna canción, los abrazos de los visitantes, la pelota verde. Aunque ha decidido huir y sabe que a veces lo mejor es alejarse, su vida no siempre fue tan gris. Hubo un tiempo en que la casa estaba llena de mariposas y los rayos del Sol se colaban por las ventanas. Los niños jugaban, la música llenaba las estancias de ilusión y color. No entiende cómo, no sabe cuándo, pero un día llegó la tormenta y todo su universo se quebró.
No ha podido llevarse nada, sólo viajan con él un collar, unas galletitas y su pequeño corazón. Se siente abandonado, decepcionado, maltratado. Siempre fue ese amigo fiel que soñó con hacer de aquella casa un lugar feliz y soleado. Fue el mejor compañero, y también un gran hijo. Nadie supo darse cuenta, nadie pudo valorarlo hasta que sin previo aviso los dejó.
Sabe que no debe mirar atrás, que los recuerdos son muy traicioneros. La calle está sucia, los coches lo amenazan y tiene hambre. Sin embargo, hoy se siente libre. Se sienta porque sabe que tiene derecho a descansar, a esperar algo mejor. Sabe que hoy está solo, pero ha encontrado su camino. Un nuevo camino. El miedo y las dudas ya no son una opción. El mundo le pertenece, es el dueño de los sueños que guarda bajo llave dentro de su corazón.
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