2 jun 2010

La veillée (la velada)

Tras una puesta de sol tan rápida como cálida, la noche ha tendido su manto de estrellas sobre los últimos tejados. Sentada frente a su taza de porcelana, esa que tiene espirales dibujadas en negro, no puede evitar rendirse a la llamada de esa ciudad, su ciudad. La cocina permanece silenciosa después de fregar las últimas baldosas de colores, guardar los platos y beber el último trago de agua de la vieja jarra. Ha cenado pasta y luego ha probado unas cuantas cerezas, esas que ha comprado esta mañana en la frutería de abajo. Nipho, el pobre pez, decide dormir satisfecho porque la luz, al fin, está apagada. Enciende la lamparilla roja y un pequeño mechero desata la efímera vida de un par de velas blancas junto a una foto en blanco y negro. La brisa nocturna parece anunciar la inminencia de un verano suave y ella deja entreabierto el balcón. Al otro lado, laten sigilosos los grises edificios de París...

No ha podido evitarlo. Abrir los ojos le duele, le arrebata los latidos de su soñador corazón. Otra vez. Todo vuelve a ser frío y decepcionante si los ojos están abiertos. Tendría que haber continuado allí, sentada en su sofá de rayas abrigada por las paredes rojas y verdes de un pequeño salón y un antiguo piso en la calle Quincampoix de la capital francesa. Qué se le va a hacer. La realidad es tan poco convincente que esta noche nadie apostaría por ella. Todo es tan sombrío y vacío aquí... El conocido precipicio, las voces, la incipiente tregua que trae la madrugada cuando los vecinos callan al fin... Nada, lo de siempre. Mientras observa sus uñas pintadas de rojo, como las paredes de su casa imaginaria, la extraña mujer se da cuenta de que no necesita cerrar los ojos para ver lo que quiere. Sabe lo que quiere, por eso puede verlo sin manchas ni dilaciones. Lo sabe, le duele saberlo y quiere irse. No puede esperar.

Con la mirada fija en la tenue luz del estudio, regresa al pensamiento original y se recrea en el sabor de sus deseos, de esa sensación tan conocida cuando se roza con nostalgia algo que nunca se ha tenido pero que se conoce desde antaño. Con la mirada perdida, siente caer sobre su hombro el peso de un mechón desordenado y vuelve al punto de partida. Un pequeño armario guarda tarros de mermelada de fresa y manteles de cuadros blancos y rojos. El pan más tierno del mundo espera en una cesta de mimbre partido en grandes rebanadas. La tetera grita y tiembla mientras en una jarra de cristal blancas margaritas llenan de vida la sala. La radio, como siempre, amenaza con destruir el sosiego de la mañana con noticias asesinas... pero todo se calma cuando se escucha por toda la casa rien de rien de Edith Piaf. Ella, divertida, tararea la canción mientras se dirige al balcón para tender la ropa recién lavada. Nipho gira con velocidad en su pequeña burbuja de cristal. Todo es tan sencillo y parece tan dulce...



Llaman al timbre. Una sonrisa generosa que da luz a esos mechones negros inunda la casa con un buenos días lleno de energía. Él sigue sonriendo mientras deja unas cuantas bolsas en el suelo y se descalza. Le ha traído Le Monde y, como cada día, el planeta sigue igual de desalentador. Sin embargo, hay tanta vida contenida entre esas paredes que ni las más decepcionantes noticias del diario pueden alterar tanta felicidad.

Ella le muestra una crítica literaria que acaba de imprimir mientras la ropa tendida se deja acariciar por un sol radiante y deseado. Se besan, se revuelven el pelo mientras deciden divertidos qué van a preparar para comer. Tienen hambre, pero la luz que comparten es ahora el mejor alimento: su alimento.

Con la mirada fija en la tenue luz del estudio, ella sabe que París le aguarda, París les aguarda. Nació para conocer ese mundo y sabe que volverá a él. Adivina el camino y su corazón, fiel a sus sueños, se lo recuerda. Sólo necesita una maleta. Sólo un tren, un avión, una cigüeña que quiera llevarle en sus alas. Sólo necesita la llave de esa casa; sólo necesita unas cuantas velas y un poco de pintura roja. La ropa bohemia y el carmín de sus labios esperan que abra esa puerta. Lo que más quiere está ahora cerca, muy cerca... y seguro que puede caber entre esos sueños y viajar con ella en su maleta.





14 may 2010

Una nueva historia



Y los últimos pasos del día se escuchan, sigilosos, entre los rincones de la casa. La noche sabe a medicina y a huracanes de viento y azúcar. Ellos, juntos desde hace tantos años, besan su frente mientras dejan que el silencio entre la cama. Ella, al fin sola, desnuda sus pensamientos y desata el corriente que la arrastra más allá de los sueños que guardaban.

Esta tarde le vio. La vida es pura metamorfosis. Bajó las escaleras para reencontrarse, como con un relámpago inesperado, con los ojos de aquella noche y aquel amante equivocado. Las alas del barrio, abiertas a la tarde, recogían los últimos soplos de un recuerdo olvidado cuando desde lejos despedía a su amiga y las nubes sonreían.

Susurran las calles y laten las estrellas mientras ella observa las líneas de sus manos y suspira. Vuelve esa maleta, la roja mermelada, París y su aeropuerto y las plazas encantadas. Su cantautor favorito insiste en que en la vida todo está más cerca de lo que parece; todo se entremezcla y se diluye en la misma marea donde un día nadaron tantos peces.

Regresan acantilados y lunas de julio y mayo, cuando el planeta aceituna se desbordaba apasionado entre las bocas de aquellas sombras en un huerto deshabitado. Pétalos, canciones y un hada ingrata a la que un tuno le cantaba y le pedía amor eterno emergen del otro lado como cenizas en el invierno.


Viajes que nunca hizo, viajes que siempre repitió; viajes sin destino ni salida, reencuentros que prometió y no cumplió. Pudo haberse quedado en la isla, perderse en el castillo de Jaén, recoger rosas en Barcelona o tener un bar francés. Cartas, vuelos, despedidas; voces, ruidos, un balcón. Bailes y piedras esparcidas en un Estambul en flor. Noches frías de Alemania, luces tenues en Nueva York; California y sus mentiras o el Caribe y su color. Rompe aquellas promesas vacías, las rompe sin miedo y las pierde como perdió el avión.

Mientras espera su momento, el mundo parece más hundido y, como dijo un viejo amigo... Nadie parece hoy contento. Le observa dormir y es brutalmente hermoso el camino que trazan los pliegues de sus labios. Acaricia sin prisa su negrísimo pelo, mientras se pregunta dónde se encuentran el destino y su misterio. Mientras se vuelve pequeño y frágil entre sus manos, ella se esconde en su pecho y sus latidos se disparan cuando él sonríe, al fin, despierto.

Teme equivocarse otra vez y llegar tarde a ese tren de las cinco. Imaginando una nueva historia, acaricia las paredes de una casa y huele a café, a lavanda y amapola. La habitación es roja y un libro de Pío Baroja descansa en un sillón verde. Suenan risas, grifos y colchones cuando su amor entra en casa y, mientras acunan a un niño, la esperanza llena de luz sus corazones.


10 may 2010

Ladrones y fantasmas



Vuelvo al lugar en el que el reo echa las horas, mientras sueño y mi coartada se desmonta.

Sentada bajo la estatua en la que aquellos ojos me encontraron, trazo con mi mirada las líneas de un viejo edificio. Los tejados son azules, infinitos; las ventanas son negras y bordeadas en sus filos. La ciudad no piensa en detenerse y me pierdo con los caminantes entre el humo de un cigarro. Un hombre de pelo cano espera, quizás a alguien o tal vez a la nada. Mientras los minutos pasan, los coches se incendian siguiendo un camino ajeno a la primavera, a los pájaros y a sus trinos. La calma por la tempestad vuelve a ser amenazada.

Sentada bajo el metal que un día me vio soñar, cuento una a una las lágrimas que amanecen en mi cara mientras un fantasma acaba con mi utópica alegría. Vuelve otro ladrón, me roba lo que más quiero y de mis manos lo arranca para ahogarlo en algodón.

Me pregunto qué es vivir, mientras fracasa mi huida y me roban aquella risa en la que antes creía encontrarnos a ti y a mí. Los viajeros, aburridos, miran con calma por la ventana mientras un sol y mi alma se apagan y nada pasa. De repente, un ruido. El estruendo de la tristeza invade el vagón y me recuerda que el viaje acaba. Los muertos, y los recuerdos, parecen habernos vencido.

Se deshace la piel cuando mi todo se derrumba y entro en casa. La esperanza en los tiempos difíciles, dicen, es buena cuando la vida mata. Entre las paredes y los muebles deambula la sombra de una duda resignada. Lleno el vaso y pienso en las fotografías, en los viajes y las promesas que un día hice. La noche quiere dictarme sentencia, pero aprieto los puños para no perder el rumbo y que mis pies se deslicen.


Sentada en la mesa que un día me vio brindar como siempre quisiste, cuento una a una las lágrimas que amanecen en mi cara mientras un fantasma acaba con mi utópica alegría. Vuelve otro ladrón, me roba lo que más quiero y de mis manos lo arranca para ahogarlo en algodón.



Los muertos, y los recuerdos, parecen habernos vencido.

9 may 2010

"A pesar del vértigo, seguimos soñando"


Esta entrada no pretende describir una noche especial. Esta entrada no pretende sólo hablar bien de alguien que es conocido y admirado por varias generaciones en un país. Esta entrada es más que eso, es una historia. Esta entrada es el reencuentro con alguien a quien, sin verle, siempre guardé dentro de mí.

No tenía ni diez años la primera vez que dejé de lado el juego para dejarme llevar por su voz. A mi padre siempre le gustó escuchar a sus cantautores favoritos cuando íbamos de viaje rumbo a Andalucía. Era pequeña y, aunque no me había enfrentado todavía al amor y a sus trampas -ni tampoco a la nostalgia o a la melancolía-, me sentía extrañamente atraída por esas canciones que, según creía, me llegaban de parte de unos hombres especiales pero muy tristes. Sí, aquellos cantautores dejaron huella en mi memoria y sus notas regresaron a mí, inmensas y plenas, cuando llegó el momento de dotar mi día a día adolescente de sentido. Aute, Pedro Guerra, Serrat, Sabina... Eran todos grandes genios, todos reyes de la música y su arte. Sin embargo, hubo una voz que tal vez por su profundidad, por su cadencia o por su color azul poesía, llamó a la puerta de mi corazón para quedarse dentro de por vida. Era él, Ismael Serrano, el dueño de una poesía que empezó a formar parte cada vez con más intensidad de mis noches y mis días.

Mi mundo -ese mundo que creía ideal y pequeño- comenzó a desangrarse y a expandirse entre los golpes y las victorias de la vida. El amor, la política y la rebeldía hicieron de mí una soñadora con bellos ideales que la música de Ismael, en cada viaje en tren, me repetía. Empecé la facultad y me creí en medio de aquel mayo del 68 , o escapando de la guerra y el fascismo. Otras veces, acompañaba en Buenos Aires a las Abuelas de pañuelo blanco y vivía encuentros con Ernesto Che Guevara y otros luchadores vencidos. El metro dejó de ser un sinsabor para convertirse en ese escenario idealizado de mis mañanas, cuando antes de ir a clase de sociología escuchaba a Ismael susurrando en mi oído su tema "Recuerdo". Y así me sentía, como la protagonista de su canción... la chica más triste de la ciudad que escapaba de la lluvia cobijada en una cazadora de cuero.
El amor imposible dejó de ser para mí una utopía; Ismael me recordaba que, entre un diputado y una niña, la historia más enigmática podía ser posible entre sus acordes. La tristeza, la soledad, la rutina, un amante perdido... Cerrara mi puerta o abriera mi ventana, en secreto y con voz baja Ismael me abrazaba y, con lágrimas bailando entre sus letras, yo me perdía con los ojos cerrados.
Así han pasado los años, los meses, mi vida. Así, y de muchas otras formas, Ismael ha sido testigo de mis hallazgos, de mis pasiones y heridas: tardes lluviosas dentro de un coche negro junto a un príncipe, besos y vuelos que traspasan las paredes y las camas... Ismael estaba allí, espiándome como un silencioso testigo tras los secretos que se esconden bajo las aceras y las sábanas. Ismael conocía mi ánimo y compartía conmigo cada etapa -alegre o triste-, cada caricia, cada recuerdo, cada mirada nostálgica o enamorada...

Mi corazón bombeaba intentado contenerse. La suerte es costosa y efímera porque la esperas por mucho tiempo y, al final, cuando aparece se escapa rápido... Sin embargo sucede que, a veces, sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio. Se abrió una puerta oculta y, ante mis ojos, aquella parte de mi vida preservada tanto tiempo como un tesoro cobraba forma e inundaba mis pupilas.
Unos ojos castaños y profundos me conmovieron hasta estremecerme. Una sonrisa tímida, teñida de calor y humildad, me hablaba con esa voz inconfundible de tantos años: "Azahara, a pesar del vértigo, seguimos soñando". Mis brazos intentaron congelar el maldito tiempo cuando los suyos me abrazaban. Unos años reducidos a ese instante; una historia que, al fin, ponía cara a cara a dos cómplices que sin necesidad de presentaciones ya se conocían. Y, en aquel primer abrazo, mi corazón le daba la gracias.
No necesitamos más palabras que una lista de frases simples y sencillas, cargadas sin embargo de luz y de esperanza. Eran más que canciones, más que música o poesía. La noche debilita los corazones, pero con una mirada brindamos por nuestros sueños y nuestras derrotas. La tinta de un rotulador que, educadamente, pidió: "Alguien tiene un boli?". Sentía mil pájaros anidando en mi cabeza cuando, mientras se derramaba mi miedo a la despedida, su mirada volvió enigmática y tranquila. Volví a sentirle cerca, muy cerca, mientras volvía a deshacerme en aquel abrazo. Soñando con mundos mejores y luces de faros que nunca se apagan, mis ojos retuvieron la última imagen de ese hombre triste (no me equivocaba de pequeña) antes de volver a emprender mi camino.

Juntos, entre aplausos y lágrimas, nos acordamos de vivir. Vino a recordarme que no es tan malo crecer, aunque puede doler vivir, porque cada día el mundo amanece en él y por tanto también en mí. Vendrá el futuro a vernos, alguien escribirá un saludo de paz y los pájaros volarán con las alas más abiertas que nunca. Nos miramos y supimos que, cuando sintamos miedo al futuro, alguien nos estará buscando para que el mañana incierto sea más real, más igual, más limpio y justo. La cita terminó como empezaba, entre el sabor de la emoción y la alegría desatada. El vértigo nos recordó que nuestros sueños son ese alimento de vida cuando el mundo sólo es ruido y la injusticia una amenaza.

No tenía ni diez años la primera vez que dejé de lado el juego en el que estaba inmersa para dejarme llevar por su voz. Sucede que, a veces, sin saber cómo ni cuándo, algo te eriza la piel y te rescata del naufragio. Se abrió una puerta oculta y, ante mis ojos, aquella parte de mi vida preservada tanto tiempo como un tesoro, cobraba forma e inundaba mis pupilas. Unos ojos castaños y profundos me conmovieron hasta estremecerme. Una sonrisa tímida teñida de calor y humildad me hablaba con esa estrella inconfundible de tantos años: "Azahara, a pesar del vértigo, seguimos soñando".
Mi corazón te dio las gracias.


1 may 2010

Ausencia

Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado. El verdadero y firme enamorado está, cuando está ausente, más perdido. (Juan Boscán)


AUSENCIA

El reloj marca las once y su prisa y esta cama me recuerdan que no estás. Podría salir y ver cómo se esparce la noche entre las cenizas de unas aceras mediocres y un silencio sin final.

Cierro la puerta y mi cárcel me secuestra para escapar de esos gritos y esas voces que me amenazan tras el umbral.

Acaricio mi pelo, húmedo todavía, y me pregunto con tristeza si encontraré la certeza de saber cuándo vendrás.

Tu ausencia es la culpable de que deshoje cada recuerdo y, mientras me vence este sueño, te necesite más, siempre más.

Podría abrir la ventana y perderme, como otra sombra, en la basura que alguien se deja abandonada tras el cristal.

Me acerco al portal donde nos despedimos anoche y siento tus labios cuando acogen los míos sin vacilar. Acaricio mi pelo, húmedo todavía, y me pregunto con tristeza si encontraré al fin la certeza de saber que volverás.

El reloj marca las once y su prisa y esta cama me recuerdan que hoy no estás.

27 abr 2010

La noria


No sabe por qué, ni cómo, pero de nuevo su pequeño mundo se hace añicos y se tambalea bajo sus pies. La banda sonora de Amélie traspasa los altavoces. Cierra la puerta con prisa y se sumerge en el refugio de una habitación solitaria. Quizás entre esas cuatro paredes una extraña fuerza la convierta en invisible para que nadie pueda verla ni advertir su presencia. Quizás las lágrimas puedan caer y liberarse, al fin, frente a los libros del estudio. Vuelve a tener miedo. ¿Otra vez?

Mientras siente cómo sus ojos almendrados se humedecen hasta llorar, regresan a su mente días grises de su infancia en los que, ajena a la realidad que ahora conoce, escuchaba portazos, golpes en las paredes y voces fuertes, al menos demasiado fuertes para los oídos de una niña de 8 años. Con rabia, incomprensión e indiferencia, aquella niña convertida hoy en mujer nota cómo su corazón se exprime y sus piernas flaquean y tiemblan todavía. Debería estar estudiando, o viendo ese programa de televisión que tanto le gusta en el que hablan de viajes y de lugares sorprendentes. Ojalá fuese tan fácil cambiar de país, de residencia o de vida. Ojalá la vida fuese más fácil. Sin embargo, la única salida la ha encontrado aquí, en una pequeña habitación de paredes suaves y moradas. A veces cerrar los ojos es suficiente, al menos por un momento, para poder escapar. La música de Yann Tiersen es tan bonita...

Por fin algo tranquilo. Por fin un sonido agradable en plena noche. Ya ha escuchado demasiado ruido, sobre todo demasiado ruido procedente de gritos hirientes como cuchillos. Suena el acordeón de fondo mientras una inmensa sensación de solitud recorre su cuerpo y se instala en sus ojos, los cuales se derriten en pequeñas gotitas transparentes que ahora bajan por su perfilada nariz hasta los labios. Se abraza a la indiferencia, a las ganas de acabar con todo o de acabar con ella misma. ¿Dormir, volar, morir? ¿Por qué tienen que poblar su absorta mente pensamientos tan horribles?

Sigue pensando y se encuentra sola y perdida como aquella niña callada y temerosa de la canción de Suzanne Vega que se escondía en los rincones de un viejo edificio para hablar consigo misma, o para inventar cuentos imposibles para así vencer a la pesadilla que tanto la entristecía. De pronto, suena un vals francés en su cabeza y todo su universo deambula de un lado a otro al compás de unas suaves olas de mar. Nunca se preguntó si quería estar sola, pero a veces tuvo que estarlo por propia necesidad. Nunca se preguntó por qué prefería leer o pasear sin rumbo por la calle, o ir a la escuela... antes de estar en casa. Nunca se preguntó por qué los otros niños hacían cosas tan estúpidas e infantiles mientras ella acariciaba las hojas del otoño con la mirada ausente, tan cerca pero tan lejos de sus compañeros. La vida le enseñó que la crueldad posee mil caras diferentes y, antes de tiempo, aquella revelación la hizo madurar.

La vida le gusta, algunas veces al menos. Le gusta amar y que la amen, le gusta reír y bailar, le gusta pensar y perder el tiempo tumbada en la hierba con sus amigos en la puerta de la universidad. Todo y nada le gusta ahora. Le gustan las canciones de Tiersen, pero odia encontrarse a sí misma así, tan insignificante y pálida, tan cansada de llorar. Se siente pequeña, tan pequeña que incluso teme que la tristeza pueda tragársela sin vacilar.

Muchas noches le gritan. En la cocina todo son fríos cristales de una incomprensión ilógica y asesina. Prepara su cena mientras su pecho se deshace en un charco húmedo de amargura. Se asoma para ver esa noticia importante de la que habla la televisión. Afuera, el mundo anda tan perdido y herido como ella. No comprende nada, no entiende por qué muchas noches le gritan. La noria gira, gira como las ruedecitas de ese pesado carro de supermercado. La noria de su vida realiza ahora el giro más peligroso. La ansiedad, el miedo y la tensión amenazan con destrozar los hierros que la mantienen erguida.

Es así, entre gritos y otros sonidos similares, cuando una nube negra, más negra que la muerte más oscura, cubre los rincones de la casa y de su alma. Una nube pesada como la piedra más grande se instala sobre sus hombros y quiebra los huesos de su espalda. A su alrededor, todo se estremece, hasta las ventanas más altas. Todo se convierte en un ir y venir de heridas, de frases vacías pero llenas de odio, de amenazas y de mentiras. Muchas noches alguien grita.

Suena un piano, un piano tenue como la luz de la lamparilla. Las notas, sutiles, hacen vibrar cada centímetro de su piel, de una piel ensombrecida por la presión y las lágrimas. Ella se resigna a ver pasar por sus ojos el desfile de la realidad. No tiene por qué cerrarlos. Todo parece claro y evidente. Con el semblante serio y los labios firmes, no le importa estar esta noche sentada cara a cara con el dolor. Nada duele más que el engaño, nada duele más que no querer ver lo que le hace tanto daño. Remueve con languidez una taza de café invisible. El dolor ha cambiado su cara, pero sigue siendo reconocible.

Esta canción que suena ahora le recuerda a la feria, a un torbellino de colores y sabores que suben y bajan. Quizás esta canción sea capaz de recuperar un tiempo feliz aunque efímero, un tiempo que recrea la estampa más dulce de cualquier rincón en cualquier ciudad o plaza: algodón de azúcar, caballitos de madera, luces de colores, viejos que conversan y ríen, niños que saltan y aplauden, parejas que se abrazan y de la mano pasean...

La felicidad es así, inexistente sin el dolor, necesaria para respirar. Y es ahora, cuando todo más le duele, que ella sabe con certeza que existen los días naranjas, esos días que se desdibujan tras las canciones de Yann Tiersen. Sabe que existen esos acordeones que cantan al amor, sabe que el amor y la alegría aún existen.

Sin embargo, mientras recorre con el pensamiento esa estampa tan idílica se siente otra vez pequeña, tan pequeña que incluso teme que la tristeza pueda tragársela sin vacilar. Todo se convierte en un ir y venir de heridas, de frases vacías pero llenas de odio, de amenazas y de mentiras. La noria de la vida le da vértigo, la noria no obedece a sus ejes y ahora con violencia sus diámetros helados giran. No comprende nada, es incapaz de entender por qué muchas las noches le gritan.


23 abr 2010

La poesía sí es futuro



Han pasado tres décadas desde que se instaló la Democracia en España, pero la poesía se ha convertido en un vehículo capaz de expresar un mundo inexpresable que crece y se transforma a un ritmo vertiginoso. Treinta años dan para mucha poesía, pero los poetas de la nueva generación, nacidos entre 1979 y 1990, coinciden en que son un colectivo que ha perdido el miedo a hacer lo que les gusta.

Muchos de ellos acaban de publicar su primer poemario y afirman que escriben porque leen, para pensar, para conocerse y relacionarse consigo mismos. Pablo López, Erika Martínez, Alba González, Cristian Alcaraz y Laura Rosal, entre otros, han participado estos días en diversos talleres del festival Cosmopoética de Córdoba. Deudores de los poetas nacidos en la década de los setenta y reinventores de la generación del 27, se preocupan por los problemas sociales de hoy, por las nuevas tecnologías y por ofrecer una visión crítica del mundo, pero no desde una militancia poética. Quieren conocer la historia y expresarla desde una perspectiva íntima: "Son problemas que nos interesan, pero desde el individuo", afirma Pablo. Son jóvenes, sinceros y a la hora de escribir tratan temas como el consumismo, la violencia de género o la homosexualidad.

Estigmatizados por ser la primera generación nacida en la democracia, creen en la necesidad de cambiar la sociedad y sus poemas se tiñen de pesimismo y cinismo: "Creo que no va a haber grandes transformaciones. Y no creo para nada en el progreso", dice Erika.

Fueron los primeros en poder utilizar un ordenador para escribir, pero prefrieren hacerlo a mano. Asombrados ante la emergencia de los cibermedios y las redes sociales, se unen para reivindicar la necesidad de que en España la poesía se valore más y se fomente más sin olvidar a los clásicos, pero confiando en las nuevas corrientes.


Esta generación de nuevos poetas no son los únicos en reinventar la poesía. Desde la calle y recordando a los genios de la lírica española, poemas de Lorca, Lope de Vega o Machado se dan a conocer mediante el rap y el hip-hop. Ignorada por la mayoría, la relación entre música y poesía se está consolidando asimismo a través de nuevos caminos, los cuales tratan de recordar que, ahora más que nunca, la poesía es el futuro.