28 sept 2010

Instante de adiós



Y tu amor le dice adiós a edificios que se besan...



Azota el viento las finas ramas,

el verano acaba en melancolía.

Gritan niños y corren en la plaza,

cuando las horas pasan vacías.


Dos hombres observan el cielo,

tiemblan, y el frío les abraza.

Un pájaro descansa en el suelo

y se rompe en el bar otra taza.


Los edificios se acarician tristes,

la belleza en ellos se transforma

cuando vuelven las tardes grises

y la vida en muerte se torna.


Morena y con labios rojos,

una mujer dibuja un camino

tras las miradas y los ojos

que saben a vino tinto.


Un extraño músico se derrite,

se marcha solo con su guitarra

cuando los amantes se despiden

en la plaza de la Alfalfa.

(A Mikel)

8 sept 2010

Polka triste de septiembre


Me imagino como tú, Diego Vasallo, temerosa ante el vuelo de un avión y ahogada en recuerdos rotos. Paseo como tú, por la orilla de una playa sin nombre bajo un cielo gris y un paraguas negro como mi abrigo. Sonrisas vacías, espíritus que salen al frío de la noche y esta canción para tratar de entender qué sucede dentro de mí... ¿Lo entenderías tú? Dime que sí.


Paso a paso, mis pies se confunden con las profundas pisadas de otros solitarios paseantes que dejaron una huella junto al mar de un febrero en el que todo acabó y se convirtió en una polka triste. Todo se redujo a cenizas que cubrieron la ciudad inundando sus tejados.


La espuma de mar se entremezcla con mis lágrimas y el blanco de los callados edificios. La noche azul de este septiembre me duele... La quietud de este silencio hace temblar a los periódicos que he convertido en pequeños barcos de papel. Las cortinas de la habitación tiemblan otra vez.


Déjame sentarme contigo junto al viejo piano, Vasallo. Vamos a inventar versos que consigan acortar los días y alargar los sueños. Hablemos de antiguos otoños, o de nuevos, en los que los árboles griten más que nunca al perder sus hojas y el viento nos devuelva las húmedas tardes que sin darnos cuenta perdimos.


Juegan, tan nostálgicos, los niños. Los parques les recuerdan que su largo verano termina y mañana vuelven a sus colegios. Los padres parecen felices y, en esta casa, la familia celebra un cumpleaños. Se abren los regalos que para la ocasión se habían comprado y todos sonríen, menos mi corazón amordazado. Cierro la puerta, me oculto entre las notas de las canciones que un día hiciste. Alguien entra en la cocina en busca de algo que calme la sed en una noche de celebraciones. Cierro la puerta, me dejo llevar por la soledad de este momento y de tus canciones.


Quisiera ser como tú, Vasallo, para que mientras me habla tan rota tu voz pueda entender qué se esconde entre las trampas de tanta gente que no conozco. Los padres dejan de ser padres y se convierten sólo en un instrumento; cierro los ojos y pienso cómo sería mi vida lejos de aquí. Todo lo conocido de repente se desconoce, las calles se confunden y se entremezclan las voces.


Más que nunca, Vasallo, necesito que me devuelvas ese otoño que tan bien conocemos. Devuélveme la lluvia que bailaba tras los cristales, devuélveme la suerte de la que hablan tantas postales. En el palpitante valle de espinas, de nubes y teclas dulces... Bebamos de ese vaso en el que el licor, su hielo y los faros, como hacen nuestras miradas, se apagan mientras nos envuelve otra polka triste.

Dime que sí...

2 sept 2010

Pluja i margarides



I la vida, com el temps, té dies grisos. Camine sense direcció ni sentit per un corredor tan llarg com el silenci que envaeix l'estança fins arribar al fons de la meua ànima. He perdut la identitat de la meua veu, no puc parlar. No arribe a entendre com em costa tant trobar un punt i final que tanque per a sempre aquesta lluita tan ridícula.


No puc mirar amb claredat, els meus ulls tenen por de veure més fantasmes que tracten d'assassinar l'envoltori amb el qual vaig protegir tots els meus records des d'aquella vesprada de febrer. Pensava que havia deixat enrere les meues vivències més obscures, les derrotes i el sabor acre dels desaires de l'amor. Pensava que confiar en algú amb els cinc sentits no seria mai més una experiència tan dolenta com fou la primera. Pensava que mai més em sentiria ofegada en les aigües d'un bassal ple d'inseguretat, por i zels. Però he caigut, i amb la punta del meus peus puc tocar el més absurd dels fons. Caic, caic i torne a caure amb la pluja dels meus dies.


El sentiment que recorre tots els racons de la meua ment és molt abstrús, no el puc entendre. La sensació de solitud que s'estén al meu voltant m'aïlla de la resta del món i el meu cos no és capaç de fer-se amb la força suficient per retrobar-se amb qualsevol indici d'humanitat. No sé on es troba l'eixida, sols demane que aquestes llàgrimes siguen les últimes i em trobe a les acaballes d'aquest dolor que em colpeja i m'allunya de tu. No puc tornar enrere, ja no, la vaig vore a ella i vaig vore també a les altres... ¿Com ha sigut, que del meu cel d'amor ha tombat una estrela?


La vaig vore a ella. Vaig obligar el meu cor a restar quiet i imparcial, però no va voler. M'agradaria esborrar per a sempre eixe capítol del meu llibre de la tristesa. L'angoixa em va deixar sense alé, de colp i volta al meu interior va començar un hivern. La ràbia va prendre forma de poema, forma de nits i de vivències que vas tindre que compartir amb ella.


No puc passar més temps obligant els meus llavis a somriure sense ganes ni raó. L'alegria es torna mort quan els núvols se m'emporten cap al vent de la tempesta.


Ja no vull cura, ni un abraç que m'envolte. Tota dona es somnia sent estimada sense ferides ni crits i m'agradaria que fóra així. Ara no vull menjar, no puc riure ni dormir.


Ja no vull cura, ni abraç que m'envolte. A les meues mans sols guarde uns pètals que algun caminant va recollir un matí. Voldria estar amb tu, però no, ja no vull margarides per desfullar "nos" i "sis". Ha acabat el temps d'aquesta espera tan llarga... Dis-me que, amb tot, el meu somni és vertader; dis-me que serà possible sota un arc de Sant Martí.


No, ja no vull margarides per desfullar "nos" i "sis".


30 ago 2010

Taza gris



Apago el televisor. Este estúpido aparato cada vez me ofrece menos cosas de las que puedo sacar algo bueno. Menudo mundo estamos construyendo... ¿Quién puede ser el guionista de tanta atrocidad, de tanto drama encerrado en una caja metálica?

Me siento en el sillón verde y paso mis dedos por los libros que se amontonan sobre la mesa. Este planeta está necesitado, cada día más, de verdaderas caricias. Qué desesperación...


Quiero ordenar las habitaciones de mi mente, pero no sé por dónde empezar. Echo de menos el otoño, el viento nostálgico, la lluvia, la calma tras los días tristes de noviembre. El verano, aunque sea en esta ciudad en la que todos presumen del frío, acaba con mi paciencia y mi esperanza.


Me levanto y me dirijo a la cocina a ver si preparo algo que pueda sofocar esta sed. Cojo un par de cubitos de hielo y dejo enfriarse una taza de té. Los imanes de mi nevera roja me traen tantos recuerdos... A veces mi vida se entristece de golpe, como aquellos viajes agridulces en blanco y negro. Un poco de azúcar y ya puedo llevarme la taza.


Vuelvo al sillón. Me dejo llevar por la voz de Leonard Cohen y un Le chant des partisans que versionó el grupo Noir Desir. Tomo el primer sorbo... El té de manzana es una de las mejores cosas que uno puede encontrar en Turquía. Alzo la vista y me detengo en la antigua Polaroid que duerme en la estantería. Querría volver atrás, o quizás corregir los sinsabores que aún tiene que traer este futuro. En fin.


Un trago más, dos, tres. Cierro los ojos y saboreo la voz de un desconocido cantante francés. A menudo pienso que sin los violines nada sería lo mismo. Al fin encuentro algo que puede aliviar mi por momentos tenue corazón. Dejo caer mi cabeza y me pregunto qué hubiera dicho Él, Jesús, al encontrarse perdido en un escenario lleno de escombros como estos. Recuerdo ahora las palabras de mi padre cuando le enseñé una cartulina que hice hace poco para unos niños, en la que decía algo así como que todos debemos de amarnos... Cuánta razón tenía mi padre cuando al verla, me dijo: "Ojalá que esa frase estuviese escrita en cada rincón de la Tierra, en cada farola. Hay demasiados desalmados sueltos por ahí."


Enciendo, desafiante, la televisión con rapidez. Nada cambia: mujeres con un maquillaje ridículo enseñando casi hasta la garganta, hombres insolentes que pretenden ser reyes, niños envueltos en miseria, incendios, hambre, muerte. Me rindo y castigo al pobre televisor que, a fin de cuentas, no tiene la culpa de nada. Nadie le preguntó si quería ser un instrumento para lavar los cerebros y acallar las conciencias.


Un trago más, dos, tres. La brisa de la tarde inunda el salón y de repente la radio se calla. El silencio me abraza y tomo el último sorbo de la taza de té. Suena el teléfono, no sé si responderé... A veces mi vida está toda en blanco y negro.






24 ago 2010

La sexta carta





Estambul, 21 de un agosto en el que el año exacto poco importa




Son las cuatro de la madrugada y no puedo dormir. La noche se encierra en sí misma y me atraganto entre este olor a especias y carne asada. La habitación es pequeña y, a pesar de estar en un sexto piso, abro la ventana y me falta el aire. Mi piel se estremece al invadirme las voces que invitan a la oración desde los minaretes cercanos. Esos gritos indescifrables hacen que tiemble y me asombre a la vez. Es algo inexplicable, digno de ser escuchado. La gente duerme, aparentemente. Algunos dejan de lado el sueño y se arrodillan mirando a la Meca.


En la calle, poco pasa. Los cubos de basura descansan medio abiertos y algunos gatos deambulan sigilosos en busca de comida. Saben que, en esta ciudad, tienen suerte... probablemente más suerte que yo. He vuelto al hotel cansada, vencida, sin ganas de pensar. He encendido la lámpara y he empezado esta carta. La policía escribe y comprende tan despacio...


La vida aquí es una ilusión. De poco sirve frotar con insistencia la vieja lámpara de un inocente Aladino. De poco sirve echarle la culpa al destino o a los sueños. La princesa del velo rosa no bailará en el palacio esta noche. El miedo se ha incrustado en su mirada y ya no es capaz de confiar en nadie. Y es así la vida, cuando crees que lo has perdido todo te das cuenta de que no has perdido mucho, pues sigues viva. Mi pelo baila bajo las estrellas y, desde lejos, el Bósforo me acuna en su canción mientras pienso en ti y en tu olor a canela. A veces, lo más seguro para aferrarse a alguien y amarle con sentido es decirle adiós, al menos por un tiempo, para saber qué significa ese ser que has tenido contigo.



Sin embargo, la tristeza te invade al sentirte sola y perdida en medio de una ciudad tan peligrosa como soñada. Bellos hombres de ojos negros te amenazan con sus hambrientas miradas y una sed tan incomprensible como incontenida. Silenciosas mujeres ocultan su cuerpo y casi su rostro detrás de largas faldas y coloridas pashminas. Los taxistas deboran las avenidas engañando a los turistas y, bajo la luna llena, las mezquitas reinan ajenas al mundo que se extiende ante sus pies. Todo parece estar del revés.




Al fin se escucha el silencio en el cuarto y cierro los ojos. Entonces, imagino tu risa y veo caer sobre tu tostada frente unos mechones negros. Preciosas alfombras nos rodean en una sala con paredes claras de mármol. Alguien, desde fuera, hace sonar la más hermosa de las guitarras y nos eclipsa una enigmática melodía. No hay nadie más, sólo los dos, sólo la luna en plenitud y los aromas que nos acerca un sutil viento desde el jardín. Te miro, caigo en tus brazos y empezamos a bailar. Sigues con alegría, divertido, el baile de mis caderas. Me besas, apartas el velo y recorres mi mejilla despacio con la mano. Tapas mis ojos y, de repente, me sorprendes con una taza de té de manzana. Nos abrazamos, la guitarra sigue sonando y el Bósforo nos regala una soleada mañana.




Una lágrima resbala ya en mi cara. A veces, la realidad es capaz de superar a la ficción. A veces, el hilo se vuelve demasiado débil y se confunde, como yo. Me gustaría poder cerrar la ventana y salir de aquí, pero no puedo. Los barrotes de mi cárcel son fruto de una decisión. Quisiera ser como ese tango árabe que le gusta tanto a los turcos: libre, alegre, poderosa y resbaladiza. Mi maleta, frente a mí, espera abierta. Te prometo que haré lo posible por volver. Te prometo que guardaré las pocas liras que me quedan y volveré. No me conformo con soñar contigo.


Deshago las horas y los minutos que me quedan, si es que no logro detener el maldito reloj esta noche. Nunca me habían aterrado de esta forma los aeropuertos, a veces la espera se hace interminable. Odio los trámites, las colas, las preguntas sin respuesta. Esperar, tendré que esperar. Hace unos minutos te escuchaba en el teléfono y daría cualquier cosa por recuperar esa voz, esas palabras que me devolvían la esperanza. Este lugar es así, cuanto más intensamente estás disfrutando de algo, te lo rompe.


Dormido, imagino que ya te habrás dormido. Mañana trabajas y te levantas temprano. Espero que tengas más suerte que yo. Voy a intentar arreglar las cosas para llegar al autobús, sólo de esa manera veo la salida un poco más cercana. Descansaré un par de horas y veré qué me ofrece este hoy que ya es mañana.


Tengo que empezar a despedirme, el sueño y los nervios han acabado conmigo. Si todo sale bien, te prometo que en pocos días estaré contigo. Eres todo lo que tengo. Tengo que ser fuerte, sé que apuestas por mí y supongo que verme así te desharía. Intentaré volver, ahora sé que la cárcel de mi casa no es nada comparada con la que me ha tenido encerrada entre delincuentes esta madrugada. La cárcel de mi casa, si es que existe, tiene los barrotes dibujados y podemos romperlos. El egoísmo y la incomprensión los mantienen erguidos, pero sé que me ayudarás y acabaremos con ellos. Tengo que salir de esto.


Nunca sé cómo terminar las cartas desde que aterrizó mi avión en este país. Aquí tienes mi sexta, la sexta carta. Hoy sé que el número seis es para mí algo más que esperanza. Seis lágrimas que mojan el papel, seis estrellas sobre mi cabeza, seis besos que te daría, seis canciones que te susurraría, seis vidas que a tu lado pasaría... y sé que nunca tendría bastante.


No olvides que esta carta, la número seis, es la más importante de todas. Quizás no sea la más alegre, ni la más bonita, pero sin duda es testigo de que hoy, más que nunca, quiero dibujar una espiral con sabor a canela en el fondo de tu corazón.


Hasta pronto, si las cosas salen bien. No me olvides, si puedo te llamo. Sabes que el Bósforo está también de nuestra parte. Pensaré en ti a cada instante, aunque no consiga hacer otra llamada.


Volveré, yo no me conformo con un seis... ¿Te conformarías tú?






Espérame...




20 jul 2010

Cínicos no, gracias.


En cuanto a la segunda parte de su pregunta, nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo, no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria.
Naturalmente, aquí estamos hablando sólo del gran periodismo, que es el único del que vale l apena ocuparse, y no de esa forma detestable de interpretarlo que con frecuencia encontramos.


En mi vida, me he encontrado con centenares de grandes, maravillosos periodistas, de distintos países y épocas distintas. Ninguno de ellos era un cínico. Al contrario, eran personas que valoraban mucho lo que estaban haciendo, muy serias; en general, personas muy humanas.


Como sabéis, cada año más de cien periodistas son asesinados y varios centenares más son encarcelados o torturados. En distintas partes del mundo se trata de una profesión muy peligrosa. Quien decide hacer este trabajo y está dispuesto a dejarse la piel en ello, con riesgo y sufrimiento, no puede ser un cínico.




R. Kapuscinski, Los cínicos no sirven para este oficio

7 jul 2010

Olvidada Amélie


Suena una antigua canción francesa e invade el salón, mientras su cuerpo yace inmóvil en el suelo: Si tu n'etais pas la, comment pourrais-je vivre... Je ne connai trais pas ce bonheur qui m'enivre. Quand je suis dans tes bras, mon coeur joyeux se livre. Comment pourrais-je vivre, si tu n'etais pas la...
Suena el girar de un viejo carrusel bajo el Sacré Coeur de París. Unos niños gritan y empieza a llover. Suena lentamente el gemir de unas gotas sin alma que golpean una y otra vez un cristal tan triste como su silencio. La feria teme derretirse ante la tormenta y llegar al suelo en forma de mermelada.
Muere. Se triza, se quiebra, se pierde entre un olor a chocolate caliente y las notas que traspasan la mítica radio de los cincuenta. Muere mientras la ciudad, ajena a su pena, palpita entre la lluvia y los charcos de la calle. Su gato la mira e intenta ayudarla, pero sabe que ya es tarde. Sigue lloviendo y, tras la ventana, la capital francesa olvida a una mujer y entre nubes se deshace.

Él era alto y rubio. Su piel se confundía con el color del mejor pan y sus ojos eran marrones estrellas bajo los árboles de julio. La encontró, la tuvo, la deseó. Era sensible y taciturno y todo en él temblaba cuando la tenía cerca. Ella era joven y hermosa. Sus labios rojos se confundían con las más intensas rosas de los balcones de Montmartre. Su melena corta y oscura bailaba con el viento del verano y él, con sus lánguidos dedos, se recreaba acariciándola todas las noches de luna llena. La amaba y se lo repetía cada vez que ella lo abrazaba con sus piernas. Era una mujer tan dulce, tan imprevisible y tierna...

Sin embargo, la asesinó. De nada sirvieron los largos paseos por las intrínsecas avenidas. No pudo ayudarle el camarero, ni la señora rubia del metro. Nada hicieron el nostálgico músico ni su acordeón. De nada valieron las velas ni los violines. Los árboles de aquella montaña no pudieron sostenerla. No ayudó aquella piscina, ni el canal, ni mucho menos la torre. Los bombones de las panaderías y las enigmáticas tiendas del barrio no fueron capaces de advertir lo que sin previo aviso sucedería. La asesinó.

Cuando salieron del gris apartamento nada parecía alterado. La temperatura era perfecta, el tren llegó a su hora y encontraron dos asientos. La gente les sonreía a su paso, felices como en un cuento. Sostenía su mano en la de ella y cerraba los ojos mientras el vagón bailaba de un lado a otro y un par de excursionistas miraban por última vez un mapa. A lo lejos, tras el plano de la inmensa ciudad, las teclas de un piano susurraban libres versos de amor acariciando el último cielo.

Llegaron. Un hombre amable les indicó cuál era su fila. Entraron y se sentaron. Se miraron y, al mismo tiempo, cuatro ojos oscuros amanecían entre lágrimas. Se abrazó a él, pero el joven ya sostenía escondida su daga. La acompañó hasta la última puerta y se embarcaron en el más largo y apasionado de los besos. Fue el último. En ese mismo instante, cuando los labios de ella aún permanecían con los de él sellados, éste hundió el arma en su corazón. El mundo que compartían empezó a girar violentamente bajo sus pies. Todo se desvanecía y no se comprendían las palabras de los viajeros. Todo se detenía, se ahogaba, se despedía.

Mientras su corazón se apagaba de golpe, vio como él se dio la vuelta y salió con prisa del aquel trágico escenario. Retuvo aquella última imagen, retuvo el sabor de sus venenosos labios fijos. Se abandonó al olvido y se derrumbó en un suelo manchado de sangre. Eran más de las cinco.

Alguien se apiadó de ella y la llevó en brazos hasta el taxi que la dejaría en la entrada de su edificio. Un vecino abrió su puerta y la dejó tumbada en el sofá verde. El pequeño piso la recibía enlutado y desde la pecera observaban el espectáculo unos peces.

La taparon con una chaqueta de lana negra. La dejaron descansar entre sus libros y salieron. Sola, con la mirada perdida en la postal más cenicienta de un lluvioso París, deja caer sus brazos al suelo y apaga su última inocencia una olvidada Amélie.