13 mar 2012

El miedo de los perros






(Para Ítaca)




Sentado en el filo de una hoja seca
observo el cielo fúnebre de la tarde.

El viento agita las páginas de mi vida
y se acerca lentamente la tormenta.
Las piedras ruedan, la tierra arde.

Como una fiera moribunda,
con mi alma sola espero el futuro
que me deparan los relámpagos.

Silencio oscuro dentro de mí.
Escribo mientras siento el frío
invierno pegado a mis zapatos.

El campo, vacío, es un inmenso
lago verde. Los árboles tiemblan,
los espantapájaros se divierten.

Llueve, y los truenos agonizan.
Las gotas de lluvia salpican mi frente
y busco refugio en mi tenue corazón.

Disparan las nubes fuertes rayos de ceniza.

Pero yo no tengo prisa.
Soy como un perro hambriento,
esperando un nuevo golpe de la vida.

Vigilando el día por detrás
yo no espero nada más.
Quiero que caiga la lluvia
para que muera la tarde.

La tormenta vuela como
un fin de semana agitado.
Mis ropas se empapan,
yo me hundo en el barro.

Los perros viajan solos
en busca de algo nuevo.
La hierba verde guarda
regalos que escupe el cielo.

Me siento en mi hoja seca
y ha parado de llover.
Dar amor es bueno
pero no funciona.

Soy un perro triste
bailando bajo la lluvia.
Ya no tengo a nadie
y nadie me abandona.



Violencia y medios de comunicación







La violencia forma parte de nuestra vida y nuestra naturaleza humana. Sin embargo, vivimos en una sociedad donde los medios de comunicación y el Estado se empeñan en legitimar algunos tipos de violencia y repudiar e incluso silenciar otros. También confundimos los conflictos con la violencia, y no entendemos un término sin el otro. Es cierto que la conflictividad en sí misma no es perjudicial, de hecho los conflictos son el punto de partida de grandes cambios sociales en muchos países. Los medios de comunicación, en especial la televisión, desempeñan un papel crucial en este sentido. Con frecuencia defienden que la violencia es el único modo efectivo para resolver cualquier conflicto, y eso conlleva tanto la imposición justificada por el Gobierno de la fuerza, como la manipulación de la información que se nos ofrece.
De nuestra pantalla de televisión emana cada día una infinidad de tipos de violencia. A la hora de comer, después de cenar... Cualquier momento del día es bueno para darnos cuenta de lo perversos que son los otros, esos violadores, asesinos y terroristas que parecen formar parte de otro mundo lejano. Niños heridos, hombres ensangrentados, cadáveres, pedazos de carne esparcidos por la arena... Estas imágenes, repetidas a diario en los informativos, ya no nos conmueven. Forman parte de nuestra vida cotidiana. Encendemos la televisión, nos sentamos en el sofá y nos reencontramos con una realidad que aceptamos y creemos. Los gobernantes intentan justificar tanta atrocidad haciéndonos ver que, si no es con armas, torturas, tanques, tiros y muerte, un conflicto no se gana y a los culpables no se les castiga como es debido. Los telespectadores, por nuestra parte, no nos conformamos con las imágenes manipuladas que ocultan lo que en realidad nadie quiere que veamos. Pedimos más espectáculo, más sangre y más emoción como si se tratara de un circo romano. No nos basta con saber que el líder más violento ha muerto: queremos ver su cabeza colgando y asistir a su ejecución en directo y sin interrupciones.

Por otro lado, solemos olvidar que la exposición a la violencia puede generar más violencia. Muchos estudios demuestran que los niños expuestos a contenidos donde la violencia verbal o física predomina experimentan cambios en su comportamiento. Otros programas generan satisfacción y, aquella persona que necesita un empuje para maltratar a su pareja, halla la fuerza gracias a la televisión. No obstante, programas como Sálvame o Gran Hermano, en los que abunda la violencia verbal y la vulgaridad, tienen elevadísimas audiencias. Entonces, ¿es el gusto del público el que determina el material de los medios, o es el material de los medios el que acaba determinando el gusto del público? Quizá las dos cosas. A los medios de comunicación, por objetivos económicos y empresariales, les interesa obtener beneficios y atraer al público. Al Gobierno le interesa manipular nuestra forma de pensar y reforzar el status quo. Muchos intereses se entremezclan y se confunden pero, a fin de cuentas, los más perjudicados somos los ciudadanos. Los medios de comunicación no nos muestran la verdad, aunque crean que lo hacen. Y eso también podría considerarse como otro tipo de violencia: la de ocultar, engañar, controlar y herir sensibilidades.
Aunque a menudo la violencia que emana de las pantallas nos provoca indiferencia, también puede despertar un sentimiento de solidaridad ante el sufrimiento ajeno. El dolor del otro nos ayuda a desarrollar una actitud más crítica, porque nos afecta la situación en la que malviven millones de personas. Los medios de comunicación, si ejercen su papel correctamente, pueden despertar nuestras conciencias y convertirnos en seres más libres y humanos. Si además comprendemos que la violencia no es una cualidad del comportamiento, sino un atributo que alguien que cree estar legitimado para ello le aplica a diversas conductas para controlarlas, nuestro mundo será un lugar mejor. Debemos ser objetivos y entender que la “violencidad” se asigna muchas veces indiscriminadamente, para que el poderoso refuerce su poder y el condenado sea considerado un monstruo al que hay que aniquilar.

20 feb 2012

La fidelidad, brumosa palabra






Evolucionar constituye una infidelidad: a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Cada día debería tener al menos una infidelidad esencial, una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador. Garantizaría la fe en el futuro, una afirmación de que las cosas no sólo pueden ser diferentes, sino mejores.


A lo largo de nuestra vida, todos nos enfrentamos a alguna clase de infidelidad, ya sea con uno mismo, con los demás, con nuestros ideales o con nuestra forma de ser. La infidelidad, esa falta de fidelidad que muchas veces experimentamos, no es perjudicial en sí misma. En ocasiones, ser infieles con nosotros mismos (o con la sociedad, o con lo que los demás quieren que seamos) no es malo. Romper con una antigua manera de pensar, de vivir o de actuar puede ayudarnos a crecer, a evolucionar y a conocernos mejor. Cada ser humano posee una libertad que nada ni nadie debería cuestionar nunca. Querer avanzar demuestra que somos valientes, que pese a los problemas tenemos la capacidad de mirar hacia el futuro con optimismo. A menudo, nos conformamos con la vida, el trabajo, la rutina y las relaciones que tenemos. El mundo cambia tan deprisa que no nos paramos a pensar en nuestra felicidad, y en si podemos hacer alguna cosa para aumentarla. Nos conformamos con estar vivos y no nos miramos al espejo con ojos críticos. Romper con la comodidad es complicado, pero la mayoría de las veces, tomar decisiones con valentía según aquello que el corazón nos dicta puede ayudarnos a tener una vida mejor y con sentido.


No podemos olvidar que la palabra infidelidad suele provocarnos miedo y prejuicios. Lo primero que pensamos es que si nuestra pareja nos abandonara, el mundo se nos rompería a pedazos. ¿Por qué nunca pensamos que, si nuestra pareja decidiera dejarnos, esto nos haría más fuertes y nos permitiría conocer a alguien mucho mejor? Tenemos miedo. Mucho.

Hay personas cuya naturaleza les perjudica en este sentido. Muchos hombres y muchas mujeres confiesan que necesitan ser infieles a sus parejas porque así obtienen la emoción y la motivación para seguir adelante. Otros afirman que el éxito en las relaciones se consigue cambiando de pareja con frecuencia para no caer en la rutina, en el desánimo o en el aburrimiento. Existen personas infieles que no tienen reparo en admitir su problema, pero otras lo niegan sin cesar.


Caminamos por la ciudad y nos cruzamos con miles de historias anónimas, con miles de individuos de los que no sabemos nada. La infidelidad, hasta en su expresión más inocente, es un elemento más del aire que se respira. En un mismo vagón de metro, una chica rubia de unos 20 años, soltera, mira con disimulo al joven de 25 que tiene delante, guapo y moreno, sin novia desde hace dos meses. Él posa su mirada en la chica castaña de pelo rizado (con pareja desde hace un año) que acaba de subir, de 30 y pico, con gafas de pasta. Un hombre casado, de unos 50, mira a una mujer elegante que se retoca el maquillaje con un espejito. La mujer se fija en un padre de 42 años que está jugando con su hijo pequeño, y piensa en su marido, del cual se separó hace poco.

En la universidad, la tensión se concentra en un minúsculo ascensor. Un profesor catalán, de 39 años, observa con malicia a una estudiante alta y risueña de 22. Ella ha subido con su amiga, de 24, que mira con timidez al chico pelirrojo que bajará en el tercer piso. El chico pelirrojo mira a una compañera belga, con pecas y ojos verdes, que cada día le gusta más. La chica belga recorre con sus ojos verdes la cara del atractivo profesor, que ahora disimula. Nadie dice nada, sólo se escucha una voz automática que les anuncia que han llegado. Se abre la puerta. Todos se van.


En un parque del centro de la ciudad una pareja discute. Empezaron a salir hace un par de años, y hasta el momento han sido más o menos felices. Ella se seca la cara, mojada por las lágrimas, y acusa a su novio de mirar con frecuencia a otras mujeres. La joven, que nunca fue celosa, está enfadada porque cree que a su novio le gusta una de sus amigas, más joven, morena y provocadora. El chico, molesto, se esfuerza en darle explicaciones y se contradice, nervioso. Ella le grita, le dice que no valora lo que tiene, le amenaza con dejarle. Él no se atreve a confesar que su novia está en lo cierto, y que esa amiga le gusta hasta el punto de no atreverse a pasar ni un minuto a solas con ella. Se pone nervioso, muy nervioso... ¿Cómo decirle la verdad? Siente pánico al pensar en otra ruptura, en otra relación fallida más. No podría superarlo, o eso cree.

Amar es una aventura difícil. Crecer también lo es. El problema es que no sabemos estar solos. Somos cada vez más individualistas y egoístas, pero necesitamos tener a alguien que nos apoye o que, simplemente, esté ahí, en cuerpo y alma, para nosotros. Los cambios conllevan dudas, inseguridad y temor. Pero también aportan esperanza, optimismo y fuerza. Evolucionar, día a día y en todos los aspectos, es necesario. Ser felices, y libres, también lo es. Amar a una persona no quiere decir que tengamos que atarla a nuestros deseos contra su voluntad. Amar significa respetar, cuidar, dejar volar lo que más queremos en ocasiones (aunque nos duela). Amar es desear que el otro sea feliz, quizá lejos de nosotros. La resignación es un suicidio diario, y mirar hacia el futuro nos obliga a recapacitar, valorar, a hacernos preguntas.

¿Eres feliz con la vida que estás viviendo? Espero que sí. He tratado de convencerme de que abandonar a una persona (o ser abandonados), o romper con una vieja forma de vivir no es lo peor que podemos hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene que ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada, ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo. Y lo nuevo, si es para bien, será mejor.




29 dic 2011

La feria medieval





Hay algo de vida en esas lámparas que parecen casas. Hay humo en esas casas que parecen lámparas. Uno, dos, tres... Cuelgan los amuletos adornados con conchas y cristal. Huele a queso, a incienso, a castañas y a carnaval. Hay jabones de flores, juguetes de madera, arcos, flechas. Las piedras del suelo acarician nuestros pies. Te compraría uno de esos platos para que siempre comas conmigo. Te regalaría uno de esos colgantes para estar cerca de ti. Jugaría contigo al ajedrez, si me acordara. Me convertiría en ese deseo si lo pudiera cumplir por ti. Me metería en tu cartera, si es que así eres más feliz.

Podemos ser artesanos, duendes, arqueros o cetreros; podemos bailar una antigua danza agarrados de la mano con coronas de flores alrededor de nuestra cabeza. Saltaremos y brindaremos cuando caiga la noche y, en la feria, los malabaristas hagan volar sus bolas de fuego. Yo seré tu princesa, tú serás el trovador. Canta, canta conmigo. Ven a perderte en la feria del amor. Ven, alza tu copa, la Luna vuelve.







28 dic 2011

Días sucios






Mil heridas remuevo con una cucharilla en la taza de café. Me miro en el espejo y mis ojos son dos faros tenues, víctimas de la emoción. Los escaparates, las compras navideñas, el frío... Todo es artificial. Tu amor también lo fue, como la nieve que se deja ver tras el cristal.

Día a día las mismas personas ocupan el autobús. "Buenos días, qué frío hace", dicen. Amanece y una esfera roja se eleva poco a poco sobre la albufera. La observo, lentamente, a través de la ventanilla. La carretera se alarga, el humo nos invade, la gente corre. Todo sigue su curso en esta estúpida normalidad. En la calle los fantasmas se saludan, se analizan con una sonrisa cosida en la boca y comparten con prisa un mismo despertar. Se pierden las miradas en las luces del semáforo. Todos llegan al trabajo.

Somos dos imposibles encerrados en una jaula de temores. Somos estatuas que alguien debe corregir. Andamos, corremos, llegamos, comemos sin pararnos a pensar que algún día morirán nuestros relojes. La plaza está adornada como el cantante adorna una canción de amor. Todo es tan artificial... Los días están sucios, como la boca del metro; como la boca del lobo.

Pondré unas velas a ver si así ahogo mi pena y olvido. La Navidad es así, llega cargada de recuerdos unidos con imperdibles. La Navidad llega cargada de deseos falsos, postizos, imposibles. Las manos se enlazan, las mismas frases se rescatan del cajón y, con la sonrisa enlatada, abrimos una pasta de turrón. La tormenta sabe a calma si se adorna.

Camino hacia la estación, poco a poco, y cientos de ojos plateados me saludan. Han puesto un tren para niños en la plaza, unos renos falsos, un puesto de regalos caros. Los transeúntes, con los huesos pesados, intentan llenar su vacío comprando algunas cosas que pondrán como parches para curar el dolor de sus familias. Alguien mira al cielo, alguien come helado. El McDonald's está a punto de reventar. Yo te busco entre las luces de los taxis, entre un montón de vidas rotas por la maldita crisis. Todo sigue su curso en esta estúpida normalidad y un niño, sobre el bordillo, se abrocha el zapato.

Llego a la estación. La gente espera, la gente se despide, la gente sueña. Sigo el camino de las sucias palomas que vuelan como fragmentos de estrellas. Sonrío y miro el cielo invernal vestido con esa intensa luz azul artificial. Los corazones se vuelven de goma, la ciudad, como la sociedad, está en coma. Llega el autobús y me muero de sueño. Todos suben. Centro mi atención en la radio del vehículo y, mientras observo las aburridas fachadas de Valencia, llega a mi mente el recuerdo de una habitación roja con ventanas a ras del suelo. Quizá hay un pastel en el horno. Quizá los sillones son verdes. Quizá un hombre sonríe mientras un gato se sienta en la ventana. Quizá un bebé llora. Quizá una cuna se mece. Dejo de pensar. El autobús frena. Todo es tan artificial...



5 dic 2011

Volver atrás



No puedes volver atrás,
no tienes más que seguir.
Que no te aturda el engaño,
sigue, sigue hasta el final.

Víctor Jara



Déjame volver atrás,
donde sé que todo empieza.
Quiero pisar esa senda
que me lleve hacia el inicio.

Sabré que alegrías esperan
y las tristezas que viviré.
Querré a los que me quieran,
correré y no pararé.

No puedo seguir despierta.
Soy anhelos de mi ayer.
El amor es un fantasma
al que no puedo morder.

Déjame volver atrás,
hasta el patio del colegio.
Volverán las golondrinas
pero yo estaré muy lejos.

Este hoy ya no lo quiero.
Soy la sed en el desierto.

Dile a esos niños
que no me llamen
"profe". Quiero
ser pequeña
y que lo noten.

Cantaré, dibujaré,
estaré fuera de
este saco de penas
que yo no compré.

Mi retrato es simple,
lo borraré.

¿Dónde ha ido mi alma?
Iré tras ella.
Volveré a pisar la senda
que mis pasos crearon.

Se escapa el gato,
sale ya por la ventana.
Lo retengo entre mis brazos.
La rutina nos atrapa.

Huye, gato, tú que puedes
con la luz de la mañana.
Vuelve al mundo del que vienes.
Vuela ya, como mi alma...

pequeño por ti y por mí.
Sé pequeño por última vez.



9 nov 2011

Abrázame





Es tarde y tengo frío. Este mundo que se me atraganta no ha dejado de girar. Tengo sueño y tengo miedo. La noche es larga, mis ojos son tristes. No te marches, vuélveme a abrazar.

Vamos navegando por el mar de la vida en un barco que a veces pierde el rumbo. Creemos que hemos avistado tierra firme, pero las olas renacen de golpe y el viento agita hasta nuestros huesos. Hoy la tormenta perfecta amenaza con hundirnos y, como dos niños pequeños, lloramos. Lloramos porque el corazón nos duele y porque en esta sociedad es muy fácil perder el sentido. Lloramos porque ya no nos quieren y ya no queremos. Lloramos porque el dolor es injusto e inevitable a la vez. Tus ojos me lloran, mis ojos los miran. Tus manos me rozan y una pequeña luz parece que brilla.

Quizá el mundo nos resulta demasiado grande o quizá le resultamos demasiado pequeños al mundo. Tú y yo, dos personas cualquiera, nos abrazamos y compartimos un sufrimiento mutuo, una desazón que nos impide caminar. Cuando queremos expresar lo que sentimos, resulta imposible. Entonces, de una manera mágica, nuestro abrazo en su esencia habla por nosotros. Durante esos instantes que nuestro abrazo nos regala, nuestros brazos se convierten en el calor de nuestras almas. Por unos segundos la ansiedad se esfuma, el dolor se reduce y el afecto se convierte en nuestra mejor medicina. No hay fronteras, no hay paredes, el cariño ahora es libre. Un abrazo cura las heridas más abiertas. Un abrazo une y renueva las fuerzas.

Puede que el cielo se haya oscurecido tanto que no encuentres el camino por el que debes andar. Puede que te sientas perdido y que alguien te haya robado ese valioso tesoro que hasta ahora guardabas. Puede que la vida nos haya juntado en un mismo golpe, en una misma sangre, en un mismo círculo vicioso del que no sabemos escapar. Sin embargo, existe un lugar donde siempre estaremos seguros, protegidos y aliviados: ese hueco que se forma en medio de nuestros brazos.

La noche es larga, y mi llanto amargo. La noche es agridulce y ha cerrado nuestros labios. Tengo frío y tengo miedo. Me acerco a ti muy despacio. El dolor es profundo, nuestros ojos se derraman sin descanso... Aún así, cuando te miro, tengo la certeza de que algún día la luz inundará nuestro cielo. Ese día, como dos niños pequeños que renacen, resurgiremos de las cenizas que apagamos esta tarde en el hueco de nuestros brazos.

Tus ojos me lloran, yo los seco en los míos. Nos dormimos cansados de tanto llorar.



Para Carlos